Supongo que muchos de ustedes echarían el domingo una ojeadita piadosa a la entrevista que el diario El País concedió al señor presidente del Gobierno de España, tres páginas de apretado texto, más editorial, y lo más florido del parque periodístico del señor Polanco (el director cesante, Jesús Ceberio; el aterrizante, Javier Moreno, y el que pasa por ser médico de cabecera ideológico del presidente, señor Rodríguez Aizpeolea), demasiada gente importante, digo yo, para preguntas con tan poca sustancia y respuestas tan manidas.

Las entrevistas con Rodríguez Zapatero son bonitas a la par que instructivas, porque permiten al lector agrandar su vocabulario de frases tópicas y embellecer su muestrario de palabras cursis. A menudo lo tópico y lo cursi se dan la mano en una misma sentencia, como cuando dice que con el 11-M “el espanto llegó a una magnitud infinita”. Sobrecogedora sentencia, vive Dios, que hizo posible el infinito dislate de colocar en Moncloa, para espanto del respetable, a un aspirante tan verde como él, tan necesitado de hervores varios como él.

Pero vayamos al grano. Dice el señor presidente al diario socialista que de sus muchas conversaciones (¿en qué idioma, Señor?) con Tony Blair y alguna otra con el irlandés Bertie Ahern (con éste seguro que en gaélico), ha sacado tres conclusiones, a saber: que hay que trabajar en un ambiente de discreción; que hay que crear los mínimos vínculos de confianza, y que no hay que pretender resolverlo todo de una vez. Es decir, lo mismo que cuando se acude a una entrevista de trabajo en busca de empleo, o cuando uno intenta echarse novia. Discreción, confianza, y paciencia. Nada del viejo “aquí te pillo, aquí te mato”. ¡Qué hombre tan sabio!

El domingo mis ojos repararon en una pregunta cortita pero con enjundia. Allí me lancé como el halcón.

P. ¿Tiene una hoja de ruta? –pregunta la armada polanquil. R. Sí, claro, por supuesto. R. ¿Podría adelantar algo? –insiste el trío, que ya son ganas de meterle el dedo en el ojo al señor presidente.

Y entonces el señor presidente se adorna con una larga cambiada para decir que ya le contó a El País en no sé qué fecha que lo mejor en estos casos es no contar nada (la discreción en asuntos de novias es, naturalmente, clave), porque “lo importante para ganar una batalla de esta naturaleza es no contar la estrategia”.

P. O sea, que hasta ahora la única hoja de ruta que tenemos es su comparecencia en el Congreso... –remacha el Trío los Panchos de Jesús Polanco. R. ¡Evidente!

De modo que ni hoja de ruta, ni estrategia, ni nada que se le parezca. Isn’t that beautiful...? Lo cual no obsta para que el señor presidente nos regale “tres o cuatro ideas fundamentales” para el proceso de paz. La primera, “comprobar que estamos ante el fin de la violencia”, es decir, la conocida como prueba del algodón. La segunda es más compleja, porque pertenece al acervo que en el campo de la teoría política atesora el señor presidente: “La política sólo se puede hacer desde la política y desde las reglas democráticas y desde las leyes”, y a renglón seguido nos atiza una de sus más conocidas frases bobas, aquella de que “ésa es la grandeza de la democracia”. La tercera y última es que “la tarea a más largo plazo es refundar (¡!) la convivencia social en Euskadi”.

Y aquí uno quiere plantear una humilde objeción: en Euskadi o en el País Vasco, que tanto monta, no hay que refundar (¡!) la convivencia social, sino lisa y llanamente instaurar la democracia, hacer posible la libertad, porque pronto hará 30 años que murió Franco y la inmensa mayoría de los vascos no han conocido la democracia, no han vivido nunca en libertad, de modo que los que no comulgan con la rueda de molino nacionalista viven con el temor –verdadero espanto, esta vez sí- al tiro en la nuca o, como poco, con miedo a decir según qué cosas ante según qué gente.

Y ya puestos, señor presidente, no estaría mal que en su florido vocabulario de penene diletante introdujera usted alguna idea tendente a hacer realidad también en el resto de España esa efectiva democracia que reclamamos para el País Vasco, democracia de verdad y no el sucedáneo en que el juego de intereses y la corrupción ideológica y dineraria de los dos grandes partidos nacionales, PSOE y PP, han convertido a nuestra pobre, doliente democracia.

De modo que acuda hoy el señor Rajoy a Moncloa dispuesto a tomar café con churros con el señor presidente, ayude al señor presidente a tantear la paz, vigilando el precio que está dispuesto a pagar por la paz, y después, si a alguno le queda resuello, siéntense de una vez para acabar con el juego de esta partitocracia enferma y hacer posible una auténtica democracia liberal, estrellando contra el suelo el pestilente jarrón del status quo en que se ha convertido la vida española en los últimos 30 años.