Frágil. Muy frágil. Como un cuento. Como las hojas de otoño del Retiro. Como una mentira mantenida. Como las alas. Se movía por la vida como si fuera suya, y no lo era. Era de todo el que le proponía vibrar entre las sombras, de todo el que le sonreía entornando los párpados, con un terrón de azúcar entre los dientes y una aventura que contar. El tito Eloy, que se comía los días con tantas ganas que nadie se atrevía a decirle que ya había anochecido, de sol a sol, porque dormir le parecía perder el tiempo y el insomnio era un íntimo amigo con el que compartir barbaridades.
Contaba historias sin pelos en la lengua. Sin excusas. Y las cogía del suelo, de la calle, del mismito corazón de esas cosas que el resto del planeta se empeñaba en barrer debajo de la alfombra, y chutaba su cámara sin preguntar las consecuencias. Como una lupa, le devolvía la imagen multiplicada, enorme, dispuesta a devorar la conciencia que se atreviera a cuestionarle. Un cine libre, irreverente, incómodo. Como su propia vida.
Hasta el último día bromeó sobre su infierno, hasta el último día se acercó a él y le miró sin miedo, recordándolo, en alto, para acercar a aquél que se alejaba sin entender por qué un ser humano es capaz de destruirse consciente y lentamente. Por amor, decía él. Y la sonrisa le marcaba los huesos de la cara. El caballo le robó quince años de su vida para dárselos a la muerte por nada, porque sí. Que arrepentirse sólo le sirve a Dios y Eloy no creía en nada que no tuviera un corazón, un sueño, una mirada. En nada que no pudiera matarle de deseo. Por eso se dejó. Por amor, repetía. Que quince años no es nada, si a cambio hay un instante de locura y un mimo y menos soledad. Pues qué gracia, la vida con sus bromas nos pone a prueba cada vez que las cosas van bien, para que no pierdas de vista el abismo de cargártelo todo y volver a empezar. Otra vez.
Decía que el cine era la única droga de la que jamás pudo desengancharse. Como un novio, también le abandonó y le llenó la almohada de recuerdos y caminos cortados. Mi hermano Fernando le cogió de la mano y sin soltarle le animó a volver, porque vivir rodando le devolvía las ganas de echar a andar cada mañana. Pasos cortos, porque su cuerpo ya estaba roto en mil pedazos y las zancadas le dejaban sin voz, sin aire, sin sentido. Los novios búlgaros (su última película) le abrazaron tan fuerte que no quiso volver a descolgarse, se empeñó en tiritar de ilusión y de miedo y las ideas le llenaron la cabeza de textos y rincones y sueños que trasladar a la pantalla, pero no fue tan fácil. Que quince años no es nada hasta que los demás deciden recordarte quién eres y por qué.

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