Bernard-Henri Levy, de niño bonito de Sartre a máquina de poder, de Ruben Amon en El Mundo
«¿Los nuevos filósofos franceses son de izquierdas o de derechas?». La pregunta planeaba hace 30 años, cuando irrumpieron en la Francia giscardiana las espadas de Bernard-Henri Lévy, André Glucksmann y Alain Finkielkraut. Ya no son los nuevos filósofos, pero la cuestión del posicionamiento ideológico todavía no ha encontrado respuesta. Mucho menos cuando Lévy, otrora centurión predilecto de Sartre, ha decidido cortejar al neoliberalismo americano con un libro entusiasta, American vertigo, que aparece en los escaparates franceses después de haber recalado en los salones de la alta política yanqui.
American vertigo rinde culto a la democracia transatlántica y denuncia la obcecación de los franceses antiamericanos, pero su aparición en las librerías coincide con la inoculación de un rotundo antídoto: BHL, una impostura francesa.
Impostura porque los autores del libro, Nicolas Beau y Olivier Toscer, sostienen que Bernard-Henri Lévy (el BHL de su título) no es un filósofo ni un pensador independiente ni un escritor ni un cineasta. Es un personaje construido a sí mismo para amontonar dinero, influencia, notoriedad, egolatría e indulgencia.
Semejante perfil subraya el nacimiento de un nuevo género literario en Francia: la biografía no autorizada de BHL. Ya han aparecido media docena de versiones al respecto, aunque el tratado de Nicolas Beau, plumilla del semanario satírico Le Canard Enchaîné, y de Olivier Toscer, periodista de Le Nouvel Observateur, se ofrece como la más documentada y profunda. Y lo hace partiendo de una premisa: Lévy es una industria que se mantiene fértil y rentabilísima gracias a la obsesiva defensa de su reputación. Le acusan de haber pedido la cabeza de un humorista de Elle por haberle dedicado un chiste ofensivo, como también le culpan de amenazar al director del semanario Express cuando quiso publicar los extractos de la primera biografía no autorizada que le escribieron en Francia.
De la censura al panegírico, BHL, una impostura francesa recuerda que Lévy aprovechó su influencia en Le Point para hacerse una crítica a medida de la película El día y la noche. No la firmaba él, pero el amanuense de la gacetilla, Pierre Billard, escribía que el filósofo equivalía en la gran pantalla a la suma de John Huston y de Luchino Visconti.
Es la introducción de un retrato que abunda en los espacios oscuros de la ejecutoria menos conocida de BHL, empezando por la gestión personal de una industria de maderas preciosas heredada de su padre en Africa y convertida en un negocio de dudosa vocación filantrópica. Al menos, Nicolas Beau y Olivier Toscer publican informes sobre la condición de explotación de sus obreros en Gabón y recuerdan los anómalos avatares financieros que dieron lugar a la venta de la misma compañía a manos de François Pinault, gigante del capitalismo nacional (e internacional).
También nos dicen que BHL figura entre las 100 personas más acaudaladas de Francia, y nos hacen un inventario de sus bienes. Incluidas las acciones en la firma congeladora Piccard (4%), su finca palaciega de Marruecos y los aposentos de Túnez con decenas de empleados.
Una impostura francesa sostiene que los dineros provienen de las buenas relaciones que BHL ha mantenido con el poder a costa de corromper su supuesta independencia intelectual: Mitterrand subvencionó sus películas e iniciativas culturales, Balladur le puso en suerte el canal de televisión Arte y hasta Nicolas Sarkozy le habría concedido toda clase de prebendas en sus tiempos de ministro francés de Finanzas.
Unas y otras acusaciones demuestran que el filósofo francés ha perdido el privilegio de la indulgencia y la condición de santón intocable. Sus guardaespaldas y protectores no han podido evitar que Beau y Toscer hayan recorrido miles de kilómetros siguiendo concienzudamente los pasos del filósofo y la naturaleza de sus grandes reportajes periodísticos.
El ejemplo más sorprendente es el de la aventura de Daniel Pearl, periodista de The Wall Street Journal decapitado en Pakistán y convertido en el protagonista involuntario de un libro de BHL sobre la guerra de Afganistán. ¿Conclusiones? El agente norteamericano encargado de la investigación oficial, Randall Bennett, considera imposible que Lévy, como dice, llegara al lugar donde se produjo el secuestro y el asesinato, mientras que la viuda de Pearl, indignada por el lenguaje abyecto y voyeurista del libro, les confiesa a Beau y Toscer que «el ego había destruido la inteligencia del autor». El veredicto, desde luego, no distrae la carrera del filósofo ni le sustrae de la lista de superventas. Entre otros motivos porque Bernard-Henri Lévy dice haber escrito American vertigo siguiendo la estela de Tocqueville, pionero de una visita de ultramar (1831), que tuvo como resultado el impacto entusiasta de la democracia.
Casi dos siglos después, BHL, como si fuera una mezcla de Warren Beatty y de Susan Sontag, publica su cuaderno de viaje con la experiencia de haber recorrido varios Estados y muchas realidades.Entre ellas, el Hollywood de Sharon Stone (cenaron juntos), el Manhattan de Woody Allen y las tertulias literarias y sociológicas de James Ellroy y Norman Mailer. Son los privilegios de un embajador de buena voluntad que ha sorprendido a la prensa por sus ademanes aristocráticos y por definirse como un personaje baudelairiano.También se le podría confundir con un epígono de Kerouac, pero lleva la camisa demasiado bien planchada y no puede ocultar las ambiciones que se esconden detrás del libro: ¿se imaginan que BHL consigue en Estados Unidos lo que ha logrado en Europa?
Ligero como 'Tintín en América'
El retrato entusiasta de Estados Unidos no ha conseguido granjearse el elogio unánime de la crítica. Varios diarios, incluidos 'The New York Times' y 'The Washington Post', le atribuyen a Lévy el pecado de la superficialidad. Otros medios literarios comparan su libro con una versión de 'Tintín en América', aunque predomina la sensación de agradecimiento porque la gran estrella de la filosofía francesa contradice la aversión yanqui que dicen sentir muchos de sus compatriotas.
'American vertigo' es la obra número 30 de BHL y la primera que publica en Estados Unidos antes de hacerlo en su país. Un gesto estratégico que el autor justifica vindicando una deuda moral con las barras y las estrellas. «No hay nunca razones para odiar un país, y mucho menos un pueblo. Criticar a Estados Unidos se ha convertido en una nueva religión planetaria. Semejante doctrina atrae, imanta, como sucede con las cosas peores», explica el autor de 'American vertigo'.
El libro ha requerido un año de viajes, de entrevistas, de miradas.Suficiente para llegar a la conclusión de que «odiar a Estados Unidos es como odiar a la democracia». «Hemos visto cómo el nacionalismo más chovinista, la visión 'complotista' de la Historia, el antisemitismo y los reflejos de identidad más estrechos se reagrupan bajo la bandera antiamericana», explica con pasión BHL.
