Votadicción, de José Ignacio González Faus en La Vanguardia
Nos lo aseguró un parlamentario catalán el 13 de enero de este año a un grupo de amigos que preguntábamos por el Estatut (entonces con porvenir nublado): "No sufráis, seguro que sale, y en febrero comenzará a debatirse en el Congreso". A la pregunta de por qué tanta sensación de incertidumbre si el trámite estaba asegurado, respondió: porque cada partido está calculando qué actitud le rendirá más votos: si manifestar una oposición que les permita luego presentarse como víctimas, o buscar alguna forma de acuerdo que les permita presentarse como salvadores de la patria.
Puedo certificar la anécdota. Y lo más preocupante es que no es única. Hace ya meses don Mariano Rajoy (quizás el mejor orador del momento) declaró ante la prensa que él prefería abordar los problemas por la vía de la racionalidad y la argumentación y no mediante la soflama. Al leerlo pensé que esa vía era coherente con la imagen que tenía yo de don Mariano. Pero luego le hemos visto convertido en nuevo imán talibán, de esos que hacen homilías incitando a la violencia. A propósito de la excarcelación de Henry Parot y otras bestias, que no hacía más que cumplir la ley, afirmó que "es una vergüenza y es intolerable". Don Mariano sabía que no es así porque, cuando su partido gobernaba, tuvo que liberar a etarras por el mismo imperativo legal: pero decirlo quita votos al PSOE y de eso se trata.
No hace mucho, PP y PSPV pactaron una reforma del Estatuto valenciano que tenía como modélico el hecho del consenso. Más tarde los socialistas cayeron en la cuenta de que, si querían llegar al poder, necesitarían votos de otros partidos, y el tope acordado del 5% para entrar en el Parlamento valentino les dificultaba la obtención de esos votos. Ni cortos ni perezosos rompieron lo pactado empeñándose en rebajar ese límite al 3%. Al final, el PP supo ceder dejando la cosa sin definir y para concretar en reglamentos ulteriores. Yo, por principio, estaría a favor del 3%; pero soy mucho más partidario de no romper lo pactado, ni aunque me haga daño.
Zapatero (que sigue siendo el político más valorado por las encuestas) también necesita votos, y eso es bueno porque las mayorías absolutas son peligrosas. Pero parece que los votos de ERC le desgastan, sobre todo vistas las excomuniones tridentinas del PP. Entonces pacta con CiU, que ve en ese pacto una posible fuente de votos para recuperar el Gobierno de la Generalitat (ya dijo Andreotti que "el poder desgasta... sobre todo cuando no lo tienes"). El pacto a nivel estatal se convierte así en amenaza para el tripartito; y más si Zapatero estaba molesto por las llamadas maragalladas (que no son la totalidad de Maragall). ERC grita entonces contra ese pacto, no por defender a Maragall sino porque se ve amenazada (y eso que en los inicios las relaciones PSC-ERC no parecían precisamente idílicas). Total: una historia de amores y desamores digna de la Bovary de Flaubert, o de La comedia humana de Balzac.
Más cosas. ¿Saben ustedes por qué el Gobierno no cumple el protocolo de Kioto? Pues porque eso no da votos. También hemos visto que la obsesión por el voto llega hasta el extremo antidemocrático de politizar la justicia. Un adicto al voto nada temerá tanto como que ETA desaparezca mientras gobiernan los otros: eso le supondría el ostracismo político. Razonable será, pues, impedir ese final suscitando sospechas de bajadas de pantalones, y dejar que ETA perdure hasta que pueda yo acabar con ella.
A un adicto al voto no le importa el país sino los votos. Las dichosas encuestas y el modo como los medios las jalean fomentan esa libido electoral. Parece confirmarse que la patria, a la que decimos amar y querer servir, no es simplemente mi tierra, sino esa tierra gobernada por mí. Y aunque las anécdotas contadas tengan su tanto por ciento de atenuante en la compleja densidad de lo real, y en lo que cada cual considera como falta de ética del enemigo, creo necesario levantar una voz contra esa dinámica corruptora de lo que debería ser uno de los mayores espacios de amor a los seres humanos: la actividad política.
La misión de los partidos democráticos no es conquistar el poder y perpetuarse en él, sino dar poder al pueblo y servirle. Lo primero lleva a la manipulación. Lo segundo es sumamente difícil, pues el pueblo suele estar dividido aun en lo más fundamental; sobre todo cuando las democracias tienen un bajo nivel cultural y educativo que facilita la desinformación y manipulación. Los dos políticos de quienes tengo mejor recuerdo desde que aprobamos la reválida democrática son Tierno Galván y Juan Mari Bandrés. El lógico pragmatismo que llevó al PSP y Euskadiko Ezkerra a unirse al PSOE me ha resultado negativo a la larga. Pues un partido pequeño, con verdadera vocación y rigor político, puede acabar fecundando la vida pública de mil maneras, aunque no llegue al poder y aunque no pueda atribuirse muchas paternidades o pasos adelante que quizás le pertenecían más a él que a quienes los capitalizaron.
Toda captación de votos con juego sucio envenena la democracia. El desprecio que hoy se manifiestan los políticos para ganar votos da náuseas y produce una tendencia irresistible a votar en blanco. Habría que inventar una forma de metadona electoral, para cuando los políticos adictos al voto padezcan síndrome de abstinencia. O algunas casas de tolerancia electorales donde puedan acudir y, previo pago del servicio, recibir una retahíla de aplausos y votos que les permitan volver a casa con la libido apaciguada.
No da gusto decir esas cosas. Uno podría dirigírselas a sí mismo si fuese militante de algún partido: para saber eso basta con conocerse un poco. Si por reconocer esto, me arguye alguien con el refrán "cree el ladrón que todos son de su condición", sepa que ese refrán tiene un estrambote: "y no pocas veces acierta".
J. I. GONZÁLEZ FAUS, responsable de teología de Cristianisme i Justícia.
