ENTRE LOS tópicos que manejamos estos días sobresale la idea de que el proceso de extinción de ETA será muy largo, y que nadie debe echar las campanas al vuelo antes de que el cese de la violencia esté certificado. Mi opinión, sin embargo, es que en este problema, como en casi todos los acontecimientos complejos, funcionan dos relojes, y que, si bien puede afirmarse que el tiempo institucional será muy largo -recordemos el caso irlandés-, es posible que el tiempo social sea mucho más corto.

Para que se entienda esta proposición podemos recurrir al ejemplo de la transición democrática, que, aunque en términos formales se prolongó entre 1976 y 1982, fue superada por la inmensa mayoría de los ciudadanos en las elecciones generales de 1977. En pura teoría es cierto que las elecciones del 15-J marcaban poco más que el inicio de la transición, y que muchas leyes y élites del franquismo permanecieron enquistadas en la sociedad española hasta bien entrada la década de los ochenta. Pero el sentimiento práctico de los españoles experimentó el fin del franquismo en la fiesta electoral de 1977, cuando pusimos proa a la libertad, y cuando cambiaron de repente los lenguajes y las formas del poder, las relaciones internas de la sociedad y las actitudes que los propios ciudadanos manteníamos ante los gobernantes.

Ahora, si no me equivoco, pasará lo mismo. Hasta que ETA se disuelva y haya entregado las armas, pasará mucho tiempo, con riesgo, incluso, de freno y marcha atrás. Pero mucho antes de que eso suceda los ciudadanos ya habremos descontado la paz, y ya empezaremos a actuar como si esta pesadilla hubiese terminado. Lo hicieron así los primeros valientes que han prescindido de sus escoltas, para dar a entender que los hechos están mucho más allá de donde ETA quiere ponerlos. Lo harán así los partidos políticos, que pronto dejarán sus posiciones cautelares para embarcarse en un diálogo por el que llevan suspirando desde hace muchos años. Y muy pronto lo vamos a hacer todos los ciudadanos, cuando la convocatoria de las elecciones municipales pueda certificar la normalidad política del País Vasco. Para esa fecha ya sabremos si el proceso es irreversible o no, y ya nos importará muy poco que los elementos formales de la disolución y el desarme se prolonguen durante una o dos legislaturas.

Todos sabemos que el fenómeno de ETA no hubiese sido posible si no contase con fuertes apoyos y complicidades sociales. Pero ese mismo hecho que antes le dio tanta fortaleza se convierte ahora en pura debilidad, cuando todo el pueblo vasco es un clamor a favor de la paz, y cuando ya no queda ambiente ni racionalidad de ningún tipo que pueda prolongar esta agonía.