Dicho así -«el toro de Lois»- parece una escultura ibérica, como la Dama de Elche, o un primo de los toros de Guisando. Pues no.Es el emblema de la empresa valenciana Lois, conocida sobre todo por sus pantalones vaqueros. El toro de Lois es como el cocodrilo de Lacoste o el jugador de polo de Ralf Lauren, pero en español y apañado. Ahora parece que el grupo textil Sáez Merino, fabricante de la marca Lois, está a punto de tirar la toalla, si es que no la ha tirado ya, por culpa mayormente de la competencia oriental, con China en cabeza, en materia de corte y confección, así que el toro de Lois va camino del museo del toro.
El toro de Lois ha sido para nuestras ciudades como el toro de Osborne para nuestros campos y carreteras: un icono ambulante.Es verdad que el toro de Lois iba de un lado para otro en las nalgas trotonas o cadenciosas, quedonas o enérgicas de nuestros muchachos y muchachas, mientras que el toro de Osborne estaba plantado sobre las lomas o al borde de los caminos, dejándose mirar en medio de nuestros vaivenes automovilísticos o ferroviarios, pero siempre había un momento en el que no se sabía muy bien si nos movíamos nosotros o se movía el toro. Quedan pocos toros de Osborne, o ninguno, y los toros de Lois que todavía pasten por ahí pasarán a mejor vida conforme los viejos vaqueros sucumban definitivamente a la estocada del tiempo.
En mis años jóvenes, cuando llevaba vaqueros -a los 40 años dejé de usarlos, porque nada me resulta más melancólico que un cuarentón o una cuarentona en vaqueros: a partir de esa edad, ya siempre falta o sobra vaquero-, nos comprábamos Lois por falta de presupuesto para comprarnos Levis (nosotros jamás pronunciábamos livais), así que un españolito en Lois era el sucedáneo yeyé y catetillo de un cachorro californiano en Levis. El vaquero Lois era al vaquero Levis lo que el güisqui Dyc al whisky Chivas, lo cual no es de por sí peyorativo, que tengo yo un amigo de paladar exigente que prefiere la reciedumbre segoviana del Dyc a la palidez escocesa del White Label y su parentela. En España, en aquellos tiempos, los vaqueros Lois fueron la modernidad al alcance de todos los bolsillos, y sólo por eso habría que hacerles un monumento.
La primera vez que llegué a Madrid llevaba puestos unos Lois que no me quité - salvo para lavarlos, y durante el tiempo que tardaban en secarse- durante tres meses, y cuando volví a casa por Navidad mi madre los lavó de verdad, pero estaban tan sufridos que hubo que tirarlos. Ahora, no sólo Madrid, sino cualquier pueblo vertebrado o invertebrado está lleno de vaqueros Levis, Diesel, Cavalli, Armani o de cualquier otra casa de lujo, vaqueros que, a pesar de estar recién salidos de las tiendas cool de la calle de Fuencarral, con el color perdido e hilachos y desgarrones por todas partes, cuestan al menos 30 veces más que los Lois que me tiró mi madre. Con el equivalente en pesetas a lo que hoy cuesta un vaquero de marca vivía yo entonces en Madrid el curso entero.
Es verdad que, con el tiempo, también Lois sacó al mercado ropa vaquera de diseño y a precio de capricho, pero nunca dejó de ser el pariente de provincias del vaquero de importación. Ahora, el toro de Lois se va, se ha ido, y se ha llevado un tiempo, una juventud, unas estrecheces, una España. Lo suyo sería que, alguna vez, el toro de Lois pudiera visitarse, como la Dama de Baza o la Bicha de Bazalote, en el Museo Arqueológico de la calle de Serrano.

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