Africa es un excelente ejemplo de cómo, a menudo, no hay peor cura para un enfermo que la supuesta buena voluntad de quien, erigiéndose en doctor sin ser más que curandero, se esfuerza en aplicar sus remedios más para sanear su conciencia que para devolverle la salud a quien se ha puesto en sus manos. Las cifras desmienten la eficacia de esos esfuerzos: Africa es el único continente del mundo que está hoy peor que hace 40 años. También se ha convertido en el disfraz perfecto de aspirantes al Nobel como Bob Geldof. Sus documentales para la BBC -escritos y filmados con una propensión a la cursilería estomagante- presentaban a Africa como una hermosa inválida cuyas enfermedades proceden de la actitud de Occidente. Casi se exige a Occidente que remedie lo que causó. Por supuesto, Geldof decía poco acerca de las barbaridades de los dirigentes africanos, de su incapacidad democrática, de las pérdidas de dinero donado que sólo han servido para hacer más ricos a los ricos.
Para entender por qué Africa, como se decía en los documentales de Geldof, se muere, hay que leer un libro tan impolíticamente correcto y convincente como Negrología, de Stephen Smith, editado por Debate y subtitulado Por qué Africa muere. Smith parte de la convicción de que liberar de su responsabilidad a los africanos, como si el continente tuviera la misma capacidad de decisión que los párvulos de una guardería, es entender que hay una conspiración universal para que Africa no levante cabeza. Los hechos son de una obscenidad apabullante: desde los años 60, cuando cobraron independencia muchos Estados, la mayoría de los países africanos han sido controlados por tiranos abyectos y exuberantes que han llenado volúmenes y volúmenes con sus anécdotas histriónicas y sanguinolentas.
Miles de ministros corruptos y funcionarios sin escrúpulos se enriquecieron hundiendo a sus países, decenas de guerras civiles sembraron la tierra de cadáveres: apenas ha habido un atisbo de constitución de sociedad civil lo suficientemente poderosa como para que en algún lugar de aquella tierra pueda hablarse de la existencia de un Estado. La élite intelectual huye en pos de una vida menos sujeta a la voluntad de un tirano, una mafia o a los encantos salvajes de la absoluta inoperancia.
Identificar el mal que atenaza a Africa con Occidente es liberar a los africanos de la responsabilidad de los pueblos de inventarse un destino. Una circunstancia que aprovecha la religión islámica para ganar territorios (Sudán, por ejemplo).
No es extraño que el libro de Smith haya exasperado a lo que llama negrólogos, blancos y negros, amigos de Africa que la liberan de toda responsabilidad. Sus ejemplos les hará temblar: 400.000 ciudadanos de Sierra Leona viven en Londres y Estados Unidos, mientras el país carece de masa crítica.
La conclusión de Smith es tajante: la élite africana no cree en su continente, pero se instala en la esquizofrenia exacerbada por el racismo del que es víctima en los países de acogida. Estos acaban por ser culpables de las desgracias de sus patrias.
Smith trata de combatir una doble hipocresía: la de los occidentales que no dicen la verdad a los africanos, aunque saben que están condenados a menos que cesen en su colectiva labor de autodestrucción (hitos: el genocidio tutsi, un episodio espeluznantes que puede rastrearse en las obras de Philip Gourevitch y de Jean Hatzfeld); y la de los africanos que, «encaramados en su dignidad de hombre negro» , rechazan cualquier crítica radical para no perder la pensión alimenticia que obtienen del sentimiento de culpa de Occidente.
Lo dijo Jean Paul Ngoupandé en 2002: «Reventemos si ése es nuestro deseo, pero no culpemos a nadie más que a nosotros mismos». Negrología es un libro imprescindible que demuestra que Africa se muere de un suicidio asistido por sus amigos.

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