UNOS CUANTOS cantantes supieron traducir el sentimiento colectivo en himnos pequeños. De ésos ya no quedan. Y los políticos los van a echar en falta. Se va el cantante Llach y llega el músico.
Lluís Llach se nos va de los escenarios y ha elegido un lugar íntimo --la sala Apolo-- para despedirse. Ni entradas numeradas ni nada que se le parezca. La gente se sienta en unas sillas de quita y pon y, a la hora prevista, empiezan los aplausos que reclaman ídolo, médium, cantante, gurú, músico, conciencia, amigo de la infancia. Todo esto es Llach en las postrimerías de su despedida. De ahí que haya elegido un local pequeño y su piano sea como un altar tras el cual se sienta Llach para murmurar sus apostillas a las canciones. Jamás he conocido a un cantante al que se le entienda tanto cuando canta y tan poco cuando habla. Llach parece que habla para su propia nuca pero que canta para el universo. En sus canciones nos recuerda, sin decirlo, que le hubiera gustado ser un negro cultivador de algodón en el Misisipí. De vez en cuando se nos pone en plan blues y, desde su piano-cátedra, parece un cantante sin piernas. No las necesita para emocionar.
La emoción de Llach se basa en su profundo conocimiento de las claves musicales. Llach dirige con la barbilla y se lo pasa en grande. No delega, manda. No ha elegido sus instrumentos al azar: sabe cómo combinarlos. Su piano es, en realidad, una caja de ritmos para que los solistas que le acompañan se luzcan. Si Llach no cantara oiríamos a Llach, porque su voz es un instrumento más al servicio de la obra. Dice que se va de los escenarios. Pero tendremos Llach por muchos años. Su versión de Verges 50 nos augura un músico como Nino Rota, el de Fellini, o como Kurt Weill, el de Brecht. Aunque deje de actuar, nunca podrá dejar de cantar. Ha compuesto una buena parte de la banda sonora de nuestras vidas y el pasado sábado la gente, cuando aplaudía, en realidad estaba aplaudiendo a un espejo. ¿Qué hubiera sido de ellos sin las músicas oídas de Llach y sus letras, por supuesto leídas?
Un concierto de esas características tiene mucho de ritual. Y cualquier cosa que se aparte de él distrae pero también entretiene. A mi lado se sientan dos hombres. Uno de ellos, a la mitad de la primera canción, una espléndida Geografía, se pone a hablar por teléfono. "Te digo que yo no quería venir", dice en voz baja. Pero su interlocutor debe de estar de mal humor por haber sido traicionado/a por Llach. A su lado, el otro hombre le pide que no grite por el teléfono. La gente va a los conciertos sin ganas para acompañar a los que sí tienen ganas. Los que estamos cerca del telefoneador le miramos de soslayo. El fan de Llach le implora que continúe su conversación en el exterior. El amigo que no quería ir se va por el pasillo central mientras Llach arranca aquello de Si em dius adéu... Libre de llamadas, el fan se mueve, levanta los brazos, aplaude fuera de tiempo. Estamos en un concierto a la catalana, pero el incondicional de Llach, libre ya del amigo díscolo, se deja llevar por el ritmo de un conjunto espléndido. Toda la vida pasa por delante de demasiadas cabezas casi canosas. Una mujer grita "¡guapo!" y Llach nos recuerda por dos veces una canción sobre el Estatut. Tossudament alçats. Se va, pero se queda. Habla de la ternura, pero nos llama al orgullo de país. No es un final. Es otro principio.

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