"Para nosotros esto está acabado. Asunto cerrado". Con esta rotundidad se manifiestan los jefazos de La Caixa al referirse al polémico, viejo, agotador proceso de la OPA de Gas Natural (GN) sobre Endesa. Se nota tal cansancio, tal sensación de hastío, tantas ganas de pasar página, que en la Avenida de la Diagonal darían cualquier cosa por olvidar la pesadilla, dispuestos a imaginar que todo fue un mal sueño que acabó al rayar el alba. Portazo, pues, al problema: "se acabó, ese asunto está liquidado".

Lo que no quiere decir que la entidad vaya a hacer dejación de sus obligaciones, no. "En el momento procesal oportuno, los de Gas presentarán su nueva oferta, y si los accionistas de Endesa quieren, nos la quedaremos, y si no quieren, pues que se la quede E.ON, pero ése ya no es problema nuestro". Cansancio, hartazgo.

De puertas adentro, se piensa más que nunca en la conveniencia de arrojar la toalla, una decisión que implicaría la elección del momento más adecuado. "Ahora no se podría hacer algo así. No es tal fácil decir 'me planto'; hay unos compromisos, unos plazos, y abandonar sin razón de peso que lo justifique podría suponer tener que hacer frente a un aluvión de demandas". Se trata de poder salir del trance con el menor desgaste de imagen y al menor coste posible, pero ésa, de momento, es una posibilidad que hay que negar en público, por necesidades del guión. ¿Podría servir la decisión de Endesa de presentar el aval exigido por la titular del Juzgado nº 3 de lo Mercantil de Madrid, con la consiguiente paralización del proceso, de excusa suficiente para decir públicamente basta?

El campo de batalla

Mucha gente en Madrid y Barcelona cree que el problema no está en La Caixa, sino en ese Gobierno Amigo que muy difícilmente permitiría a la entidad recoger a sus heridos y abandonar el campo de batalla. "El problema es saber quién convence a estas alturas a Rodríguez Zapatero de que retirarnos de la OPA no significaría servir en bandeja una victoria al Partido Popular, porque eso es lo que le han contado a Zapatero, que si la OPA no sale, el Gobierno pierde y el PP gana..." ¿Habrá variado en algo la percepción del problema por parte de ZP, tras su encuentro con Merkel de este fin de semana?

Así de aberrante es la situación, y así de peligrosa la posición de La Caixa, convertida en un emparedado, un sándwich entre el PSOE y el tripartito, por un lado, y un PP que tampoco quiere ceder un ápice, convencido de que en este asunto ha mordido cacho y no está dispuesto a soltar sin hacerle pagar un precio al Ejecutivo.

En La Diagonal son más conscientes que nunca de haberse convertido en víctimas propiciatorias de la pelea entre el Gobierno del PSOE y la oposición de derechas, de ser, en definitiva, un frente más de los abiertos en una guerra que incluye, entre otros, el Estatuto de Cataluña y la cuestión vasca (final del terrorismo etarra incluido), lo que habla de la dificultad, en estas circunstancias, de pedir consenso para abordar temas estratégicos tan importantes como la reordenación del sector energético.

Viaje a Itaca

Pintan bastos. No hay más remedio que resistir, plantear esa mejora de la OPA cuando llegue el momento, esperar a que E.ON la supere y que se quede con Endesa si así lo deciden los accionistas, para poder entonces decir adiós y regresar a los cuarteles de invierno de los que La Caixa jamás debió salir, dejándose embaucar por los cantos de sirenas de un tormentoso viaje a Itaca que Zapatero y sus cuates describieron como un paseo militar.

Y no será porque la caja catalana no lo ha intentado. En plena batalla de las Ardenas, ha tratado de lograr un armisticio con el PP, sacar al PP del problema para integrarlo en la solución. La aparición de E.ON en escena facilitó la apoyatura teórica necesaria para intentar el acercamiento: "pactemos entre todos una solución global al problema energético español, no seamos quijotes, imitemos a los franchutes e impidamos que el control de algo tan estratégico como la energía pase a manos extranjeras.

"Porque este es un tema muy serio", enfatizan en La Caixa. Y Fainé se fue a merendar a casa de Mariano Rajoy un domingo de febrero, con un papel que le había preparado Brufau para ofrecerle el pacto, pero Rajoy no le ha contestado -lo ha hecho, sí, a través de los medios-, no ha tenido el detalle de llamarle personalmente para decirle que no. Hasta en esto es malo el momento político, porque Rajoy vive una de las etapas más delicadas dentro de su propio partido, en el punto de mira de los halcones que mueve Aznar por control remoto, de modo que un cambio de estrategia en el asunto de la OPA es una quimera. "No puede; lo matarían dentro del propio PP", susurran en Barcelona.

Lo que la oferta de los jefes de La Caixa perseguía era decantar de una vez la actitud pasiva de Caja Madrid y forzarle a tomar postura, "porque, en contra de lo que se dice, nosotros no tenemos la bota del tripartido pisándonos el cuello, pero Caja Madrid sí que es prisionera de Esperanza Aguirre, por mucho que Blesa se llame andana. Lo mismo que Pizarro. Ahora el señor Pizarro ya sólo habla de mercado, que es lo que dijimos nosotros desde el principio, pero si Pizarro se hubiera olvidado de la bandera española desde el principio, todos hubiéramos salido ganando". Toca, pues, seguir sufriendo, mientras "se deja morir la OPA".