Expliqué hace unos años como asistí, sin ser invitado, a la gestación de la nueva ERC. Durante el año 1991, cada noche, entre las once y la una, nos reuníamos el equipo de un programa de radio de Onda Cero, del que era el director y conductor, en el entonces Hotel Ramada, antiguo Manila. El bar, entrando a mano izquierda i allí sigue, tenía una amplia barra, solitaria, como lo estaban las mesas. A veces, algún cliente del hotel pasaba por aquel lugar para retirarse o, para desgracia de todos, un grupo de turistas en bandada tomaba al asalto aquel tranquilo lugar, aunque no por más de media hora. Sobre todo los viernes. El resto de la semana era el lugar perfecto para conspirar.
En la mesa de la esquina, tocando al gran ventanal de la calle Pintor Fortuny, se reunían, sin periodicidad, los quince años más jóvenes hombres de Esquerra. No recuerdo sus caras. Todos se situaban de espaldas a la zona de entrada, menos uno: Angel Colom.

No hablaban alto, pero el tono, según el momento daba como, para con tranquilidad, oír con nitidez sus elucubraciones. El momento era muy importante. ERC no tenía una amplia representación en el Parlament. Salían del desastre político que supuso para ellos respaldar a Jordi Pujol tras las elecciones del 81 y seguir a merced de CiU después de su mayoría absoluta del 84. No tenían discurso propio y a lo sumo, todo se resumía en el elefante que Joan Hortalà paseó por las calles de Barcelona.

De aquellas conversaciones, durante los días que coincidí con sus reuniones, una cosa me quedó clara: su proyecto tenía una estrategia a largo plazo. Aquello me pareció interesante, acostumbrado a dinámicas políticas de muy corto recorrido. La cuestión no era ganar las siguientes elecciones, sino empapar la sociedad de unas ideas que, con posterioridad, tendieran a conducir el voto hacia ERC. Recuerdo una frase de Angel Colom: «Tenim que arribar als Ateneus. Ens tenim que fer amb els Ateneus». Entiendo que cualquier otro local hubiera servido. Y sirvió.

De la misma forma que CiU gobernó Cataluña durante 23 años con una presencia en la sociedad catalana que no era sólo una cuestión de cargo público, ERC forma parte del paisaje político catalán, no por una coincidencia, sino gracias a un trabajo riguroso en el que Carod-Rovira ha participado de forma integral (que por cierto, mejora de su problema vascular). Carod tiene un partido atípico. Se enfrenta a unos problemas que ni tiene Artur Mas, ni Maragall, ni Piqué, ni Saura. Es ese modelo asambleario tan trasnochado, que le hace estar pendiente siempre de su clientela; la misma que comenzó a moldear, junto Colom y otros muchos, en el Hotel Ramada.

Desde el gobierno todos los políticos ven las cosas de forma bien distinta. No sólo porque tienen responsabilidades públicas, sino también porque muchos sueldos dependen de un posible error.Los partidos tienen la necesidad de esos mismos sueldos, como se desprende de la noticia que ayer publicó este diario: cuatro cargos públicos de la Generalitat que se habían negado a destinar el 20% de su sueldo a ERC fueron destituidos hace unas semanas.

Por eso, Carod y compañía son tan cuidadosos con lo que se puede y se debe decir, para que las decisiones tomadas en una mesa política tengan sentido en un local asambleario. Por ello, las tensiones no están en la base, sino que están entre los más cercanos a ella, tal es el caso del conseller Joan Carretero o el del piscinero michelines Joan Puig. (Les aseguro que nunca he visto hacer a un político tanto el ridículo por ganar unos votos).

A pesar de que el nuevo «alto el fuego permanente» anunciado por ETA, le ha ofrecido a Carod-Rovira un nuevo espaldarazo mediático, injusto, por otro lado, ya que su viaje a Perpignan supuso su peor error político, la postura a tomar por parte de su formación respecto al no o al sí del referéndum lo hace emplearse con fuerza en los equilibrios a hacer para no caer de la cuerda floja en la que se ha subido.

Para analizar lo que va a ocurrir en las próximas semanas hay que tener en cuenta básicamente una cuestión. Carod quiere ser president. Hasta ahora esa era una premisa que sólo podían contemplar en Cataluña dos formaciones. Tras las elecciones del 2003, Esquerra se demostró a sí misma que el espíritu del Hotel Ramada era válido.Lento pero seguro. El problema es que no siempre los sueños se cumplen. Y durante dos años, ERC ha perdido el tiempo que había recuperado durante los quince anteriores. Perdió la oportunidad de la centralidad, que CiU permitió que la Historia le pusiera en bandeja. La causa: querer contentar a demasiados. Sobre todo, a los que hacen ruido que, a la vez, son los que con mayor facilidad cambian de opinión cuando se trata de inventarse mucho estruendo.

Las razones de Carod pueden tener coherencia si de lo que se trata es de mirar al partido. Partido que, por cierto, hizo el esfuerzo de olvidarse por unas horas de la independencia para alimentar el federalismo. Pero esa coherencia no sirve para gobernar.El gruix de los votos esta en la estrategia. Los políticos lo saben. Ahora sólo les queda cruzar Pintor Fortuny y reflexionar con serenidad en el nuevo hotel que ocupa la antigua Compañía de Tabacos de Filipinas.

alex.salmon@elmundo.es