El mal llamado proceso de paz y sus metáforas, de Roberto L. Blanco Valdés en La Voz de Galicia
POCO ha tardado en confirmarse lo que todo el mundo sospechaba: que el alto el fuego que ETA anunció el miércoles pasado ha sido directa consecuencia de las negociaciones mantenidas durante meses entre sus representantes y los apoderados del Gobierno.
La minuciosa información publicaba en estos días (fechas, interlocutores y lugares) sobre unas conversaciones negadas oficialmente de forma reiterada suscita una inaplazable reflexión que afecta al futuro del mal llamado proceso de paz que tenemos, posiblemente, en perspectiva.
El punto de partida de tal reflexión es evidente: el presidente del Gobierno, su vicepresidenta y el secretario de organización del Partido Socialista no han dicho la verdad cada vez -y han sido muchas- que han negado la existencia de contactos entre ETA y el Gobierno. ¿Cabría exigirles responsabilidades por haberse conducido de ese modo? Probablemente no, pues es difícil imaginar que una tregua pueda negociarse con los periodistas a la puerta.
Ahora bien, el hecho de que ese tipo de conversaciones exijan el secreto no quiere decir que el Gobierno no debiera haber informado al líder de la oposición de su existencia y desarrollo. Haberlo mantenido al margen ha sido, además de un injustificable ventajismo, la mejor forma de abortar la connivencia del PP, que resultará a partir de ahora indispensable. Siempre podrá alegar el Gobierno que la dureza del PP hacía imposible ponerlo al corriente de los hechos, a lo que el PP podría, claro, replicar que la falta de lealtad del presidente Rodríguez Zapatero justifica retrospectivamente su dureza.
Admitiendo que ese es ya un debate del pasado, el del futuro afecta a las condiciones que deberían darse, según le resolución de mayo del 2005 del Congreso, para que el Gobierno abriera conversaciones con ETA militar. Porque si el Gobierno lleva varios meses negociando, la cuestión se plantea en términos radicalmente diferentes: a la vista de lo que vamos conociendo, lo que habrá que verificar no es la voluntad de ETA de pasar de la tregua (pues eso es, al fin y al cabo, el alto el fuego permanente) al abandono definitivo de las armas, sino si lo que ETA exige para hacerlo es negociable.
Pero como lo que ETA exige deben saberlo ya, por activa y por pasiva, quienes llevan hablando con sus representantes muchos meses, la gran decisión que tiene que tomar el presidente es la de cuándo informará a la opinión pública de lo que sólo él y sus enviados saben de momento: qué quiere ETA para convertir el alto en fuego en abandono de las armas. Por más que se utilicen otras metáforas tranquilizadoras, tal es en verdad el crudo fondo del asunto.
