Una imagen dudosa, de Baltasar Porcel en La Vanguardia
No resulta fácil hablar con los miembros destacados del tripartito. Y menos aún con sus entusiastas, auténticos apóstoles de una fe sublime vertida en una admirable dialéctica endogámica en la que la idea del progreso y la ilusión catalana gozan de su culminación histórica. Pero volvamos a los líderes, a los cargos, pues sufren un acusado síndrome de persecución, creyendo ser víctimas de una desorbitada crítica por parte de la ciudadanía interesada en las cuestiones públicas y que no milita en los partidos en el poder. Sobre todo creen recibirla de muchos rivales políticos y de todavía más periodistas y comentaristas.
Y esto será cierto en una u otra medida, pero donde es indiscutible y prolifera, adquiere la crepitación de un incendio, es entre los mismos componentes de la triple alianza, que en público y en privado se dividen, desautorizan, ofenden y amenazan. Para, cuando la crítica les llega de fuera, encresparse contra quien les repite lo que ellos prodigan. Resultando ya aproximadamente falso que la crítica externa obedezca a motivos ideológicos o de facción, pocos son hoy los que sienten un disgusto de principio hacia el Govern, en rigor se extiende el deseo de que cesen en sus trifulcas y se vuelquen en la resolución de las cuestiones prácticas, en la recuperación de una imagen catalana ya demasiado dudosa.
Pero no acaba ahí la cosa, sino que empieza, pues tal situación ha enfatizado todavía más esa dicotomía entre lo oficial y lo real, entre la veracidad y las versiones sesgadas, entre el fariseísmo y la consecuencia, que proliferan en todos los partidos, gobiernos y personas. El problema, sin embargo, no reside en el hecho sino en la cantidad, que en el caso catalán es enorme. Yde la cual se desprende la más desconcertante consecuencia: la irresponsabilidad. Porque peleas también las hay en todos los gobiernos y más en las coaliciones, pero a la vez una causa y efecto de deontología y norma políticas ante los desaguisados que puedan sucederse, ¡hasta en los ejecutivos del vilipendiado Berlusconi se han sucedido los ceses y dimisiones! Pero aquí, no. O sólo alguna muy secundaria.
Con lo que se ha instaurado un sistema ya llamado a la catalana,algo así como una reiteración de aquel humillante la pela és la pela que nos convertía en mercachifles del céntimo ajenos a cualquier opción de altura. Porque, al fin, cuanto más y con menos razón nos aferramos al poder, más lo perdemos moralmente. En el extremo ocurre con las dictaduras, más ilegítimas cuanto más cerradas. El poder es un ritual ético. Imaginar que consiste en tener chófer uniformado no pasa de chorradita.
