Aún estamos en el túnel. Pero se ve la luz. Será largo y complicado, pero es irreversible. Y así podríamos llegar a una situación inédita en nuestra historia: una España en paz. Porque este hoy día placentero país nunca ha vivido en paz, sin muertos de la política. A menos que se contabilice la paz de los cementerios de los años cincuenta. Hay una tal ansia de paz en Euskadi y en España que la fuerza de la gente y la determinación de algunos políticos sinceramente pacifistas parecen capaces de desactivar las minas que ya empiezan a sembrarse en los senderos que llevan a la convivencia pacífica de ideologías encontradas.
Como en todo proceso similar, el principal obstáculo proviene de la mezcla explosiva entre los intereses beneficiados por la existencia del terrorismo y los sentimientos de indignación y venganza (aunque se reivindique como justicia) de quienes lo han sufrido en su carne o en la de los suyos. Por un lado, el entramado de ETA incluye múltiples negocios sucios y cuenta con cientos o miles de personas para quienes el activismo y la violencia eran el centro de la vida e incluso su medio de vida. La experiencia del IRA muestra la complejidad del proceso de reinserción tras décadas de lucha a través de al menos dos generaciones. Por otro lado, los intereses políticos de quienes hacen de la defensa a ultranza del orden intransigente su fuente de apoyo y votos, sean del partido que sean, se benefician de la estrategia de la tensión, como demuestra, en el ámbito internacional, la experiencia de los neoconservadores estadounidenses. A algunos líderes les importa menos la paz que la victoria. Más aun cuando coinciden con el más rancio nacionalismo español, sea el de Aznar o el de Bono, y operan mediante la equiparación de nacionalismo vasco con izquierda nacionalista vasca y con el terrorismo de ETA.
En fin, muchos somos quienes hemos tenido muertos y heridos entre nuestros amigos y familiares.
Y hace falta mucha altura de miras para hablar como lo hizo en estos días la hija de Ernest Lluch pidiéndonos mirar hacia el futuro de paz en lugar de priorizar el castigo del crimen que se llevó a su padre. Porque, como dice ella, eso no le devolverá a su padre y lo esencial es que nadie más sufra lo mismo. Pero como la sangre hierve con la indignación del recuerdo y la ley del talión es un síndrome milenario de nuestra especie, no será fácil perdonar a según quienes. Es más, las tres mil personas amenazadas en Euskadi, los cientos de empresarios extorsionados, los propietarios de pequeños comercios destruidos, los profesores que no pudieron enseñar, los concejales que tuvieron que dimitir, los periodistas silenciados a golpe de llamadas nocturnas, toda ese gente, todo ese dolor humano, todas esas vidas rotas o perturbadas, claman al cielo y condenan al infierno a los que se arrogaron el derecho de matar bajo el manto de la ikurriña. Y por otro lado, no será fácil para los militantes del radicalismo abertzale y sus familias abandonar a su suerte a presos y exiliados, ni olvidar a sus propios muertos, algunos de ellos también asesinados por comandos parapoliciales.
Porque lo esencial es partir de un diagnóstico claro de la situación actual. No se ha derrotado a ETA y mucho menos a su ideología y arraigo en Euskadi. Los terroristas han sido seriamente debilitados, en particular por la activa colaboración francesa y por la ilegalización de Batasuna. Pero la solución estrictamente policial era y sigue siendo imposible. Por la sencilla razón de que ETA se ha reproducido continuamente desde hace medio siglo, con cada nueva generación que llegaba a la lucha del nacionalismo abertzale. Recordemos que el voto cercano a las posiciones que defiende ETA ha oscilado a lo largo del tiempo entre un 8% y un 12% y que esa proporción dobla entre los jóvenes. Podemos considerar aberrante el asesinar para defender posiciones independentistas en una situación democrática, en donde las urnas desplazan a las armas. Pero algo hay en la situación social y cultural de Euskadi para que esa aberración haya mantenido un amplio nivel de simpatía política en su entorno, de forma semejante a lo que sucedió con el IRA a lo largo de casi un siglo. Por consiguiente, la paz requiere negociación. Como la negociación discreta y eficaz que los socialistas vascos han mantenido desde que Zapatero llegó al poder con los dirigentes de ETA fuera de España. Pero, sobre todo, requiere negociación de los partidos, de todos los partidos vascos, si se quiere que ETA entregue las armas y se disuelva una vez asegurada la posibilidad democrática de defender la independencia sin cortapisas. Sin embargo, hay algo más fundamental: superar el odio y el enfrentamiento en el seno de la propia sociedad vasca. La reconciliación de las conciencias, la reconstrucción de la convivencia sólo puede conducirse desde la propia sociedad civil, en el tejido asociativo local, en los clubs de fútbol, en las sociedades gastronómicas, en los centros de enseñanza, en los círculos culturales y en los medios de comunicación. La movilización de la sociedad por la paz es ante todo un esfuerzo de sentiral otro, de poder recuperar el privilegio de discutir sin insultar, de debatir sin amenazar. Sólo si la sociedad se reconcilia y los partidos construyen un nuevo espacio político sin exclusiones, podrán ir solucionándose escollos tan difíciles como el de la situación de los presos, la autodisolución de ETA y el control de algunos irreductibles.En los próximos días la sociedad empezará a juzgar quién de verdad quiere la paz, quién acepta que se ponga en cuestión la españolidad de Euskadi si ello se hace democráticamente y quién está dispuesto a renunciar a ganancias electorales a cambio de llegar a la verdadera vivencia de la democracia: aquella, según Robert Escarpit, en que cuando llaman a tu puerta a las cinco de la mañana piensas que es el lechero.

Escribe un comentario