Querido J:
Quizá conozcas un libro de Bernard Williams que acaba de editarse en España. Se titula Verdad y veracidad y el gran filósofo lo escribió poco antes de morir. Esta vez las palabras testamento intelectual no son un mero anzuelo de faja libresca. Es un libro obligatorio y peligroso para cualquiera que se dedique a la política. Hay una cita de Proust en el inicio. Te la leo lentamente: «Siempre he tenido una alta consideración por aquéllos que defienden la gramática o la lógica. Cincuenta años después uno se da cuenta de que han conjurado grandes peligros».

Por lo tanto, te hablaré del Estatuto.

Aunque no temas, porque me limitaré al Preámbulo. Desde el punto de vista de Williams, el Preámbulo es lo más importante. Ya lo era en su primera versión, la del 30 de septiembre, allí donde refulgía la frase «Cataluña ha modelado un paisaje», ahora disuelta, acaso porque insistimos demasiado en ella. Sigue siéndolo, lo más importante, porque es allí donde se concentra la destrucción del sentido. Esta operación semántica es hoy la condición previa de la acción política en España. El acuerdo entre Zapatero y los negociadores catalanes ha sido posible gracias a la operación inversa del make sense del que habla, precisamente, un capítulo del libro de Williams. Me pregunto si en el caso de la negociación con ETA ocurrirá lo mismo. El presidente del Gobierno confía en que así sea. Siempre ha dicho que las palabras no importan. El Adolescente es demasiado joven para ser proustiano.

Me he entretenido en comparar las dos versiones del Preámbulo. Hay poco que hacer por aquí, fuera de estos ejercicios. La comparación da algún resultado divertido. Te gustará, por ejemplo, esta filología sobre la primera frase. Si el texto seminal decía: «La nación catalana ha venido construyéndose», el transgénico sostiene: «Cataluña se ha ido construyendo». Lo de menos es lo de la nación, por supuesto. Mucho más interesante, como habrás visto, es la sustitución del ir por el venir. Interpreto que la causa de este cambio tan significativo es muy paradójica. Parte de un hecho que será durísimo de llevar para los nacionalistas. Y es que la lengua original del nuevo Estatuto de Cataluña es la castellana.¡La lengua original de un texto que relega al castellano a la condición de lengua adherida, de lengua otra! Pues bien: yo soy la otra, como la copla establece: y en esta letra bastarda se ha acabado escribiendo la ley.

La cuestión no me parece ni mucho menos anecdótica. Naturalmente, todas las leyes españolas se promulgan en castellano. Pero mientras que los trabajos del Parlamento catalán se hicieron en catalán y se tradujeron luego al castellano, lo contrario ha sucedido en el Parlamento español. Esto tendría una nula importancia simbólica si los cambios hubiesen sido de detalle. Pero el inmenso baldeo a que ha sido sometido el texto originario hace imposible tenerlo como referencia. El nuevo Estatuto de Cataluña ha sido redactado en Madrid y con la lengua de Madrid. O sea que, en puridad, no es cierto lo que dice el mismo Estatuto al final de su preámbulo.Esta cadencia: «Los parlamentarios catalanes proponen, la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados acuerda, las Cortes Generales aprueban y el pueblo de Cataluña ratifica...». La Comisión Constitucional propone, acuerda y redacta: lo que es de todo punto intolerable. Y motivo suficiente, estarás de acuerdo, para oponerse con vigor a su ratificación plebiscitaria.

Caí en la cuenta de esta abominación entre el ir y el venir.La verba original catalana decía: «...Ha anat construint-se».Así llegó (traducida) a Madrid: «Ha venido construyéndose». Y así sale de Madrid: «...Ha ido construyéndose». O sea, se encontraron en la Comisión con una frase que decía: «Ha venido construyéndose».Les pareció poco castellana. Por aquello de los catalanes, tan común: «Mañana vengo a Madrid». Creerían que se trataba del mismo ir y venir. Acaso les sonaría a traducción literal del ha vingut catalán. Quiá. Olvidaban que el hipotético «ha vingut construint-se» es rechazado en catalán... ¡por castellanismo! Pero olvidaban, sobre todo, lo que ya es completamente imperdonable, que el recorrido lógico de una nación es del antes al después. Una nación lógica, gramatical y proustiana, claro: no estos anacolutos que parten del antes en busca del después, a fin y efecto de ser.

¿Sigues ahí?

Así lo espero, porque no he acabado. La voz ronca de Madrid se escucha en otros momentos. Es evidente que del Preámbulo se han podado los pujos soberanistas. Pero eso no debiera molestar a una conciencia nacionalista tanto como la adulación que se percibe en otros párrafos. Este, por ejemplo, de nuevo cuño: «La aportación de todos los ciudadanos y ciudadanas ha configurado una sociedad integradora, con el esfuerzo como valor y con capacidad innovadora y emprendedora, valores que siguen impulsando su progreso». Quítale la cantinela neoton de ciudadanas y ciudadanos. ¿No oyes la música de la Cataluña fabril y menestral? ¿No te produce un cierto rubor, a ti que eras tan catalán, el emprendedora? ¿No resulta ser un zumbido sospechoso el integradora, innovadora y emprendedora, ora et labora? Mira: si estos párrafos han pasado ha sido porque son obra de un madrileño adulador o de un andaluz tan zalamero como malaje.

Vuelvo al sentido. O a su carencia, si es que me he ido de ella.Ya conocerás el arreglo sobre la zona erógena del Preámbulo.«El Parlamento de Cataluña, recogiendo el sentimiento y la voluntad de la ciudadanía de Cataluña, ha definido, de forma ampliamente mayoritaria, a Cataluña como nación. La Constitución española, en su artículo segundo, reconoce la realidad nacional de Cataluña como una nacionalidad». Que en cinco líneas aparezca cuatro veces la palabra Cataluña sólo indica el número de palmaditas en la espalda. Que todo sea tan falso como esas palmaditas tampoco te sorprenderá.

El Parlamento de Cataluña nunca ha definido a Cataluña como nación.Sólo propuso definirla como tal. ¿Cuándo? El 30 de septiembre de 2005. ¿Dónde? En el papel (ya inservible) que ahora rechaza este acuerdo de la Comisión Constitucional. Falso, igualmente, que la Constitución reconozca la realidad nacional de Cataluña como una nacionalidad. Para empezar la Constitución no reconoce nada. No es su verbo. La ausencia de sentido de la frase «[la Constitución] reconoce la realidad nacional [ ] como una nacionalidad» duele hasta la risa. Y, encima, Cataluña, desde el punto de vista de la Constitución, tanto puede ser nacionalidad como región.A diferencia de nación, por cierto, cuyo referente está perfectamente explícito.

Este cocinado al vacío puede traer malas consecuencias. Cuando las palabras ya no constituyen un lugar de acuerdo adoptan el sentido y la función agresiva de las piedras. La quiebra del sentido que permite hoy al Gobierno Zapatero la consecución de un pacto de supervivencia puede permitir mañana cualquier cosa.¿Recuerdas?: nunca pensamos que el absurdo concepto de lengua propia, vigente desde 1979, pudiera legislar del modo que lo ha hecho. Sobre la ruina de las palabras, cualquier legalidad puede fundarse. Me parece que es la gran lección política de Williams.

Sigue con salud.

A.