La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

25 Marzo 2006

La balada del Pitbull, de Álvaro Ruiz de la Peña en La Voz de Asturias

Con este afortunado título publicó un joven narrador gijonés, Pablo Rivero, una excelente novela, que urdía su trama alrededor de la juventud de un barrio suburbial en una ciudad que, indicialmente, podía ser Gijón. Entre las bondades de esta novela, ya lo he dicho, no era la menor la elección de su título, La balada del pitbull , que reunía dos sustantivos de marcada entidad semántica, uno de signo positivo (balada) y otro de estirpe más bien inquietante (pitbull).

En efecto, la voz balada remite a una composición poética de carácter lírico, en la que se refieren hechos o sucesos que son ejemplo de belleza moral o física, acerca de alguien o de algo. Por el contrario, la raza de perros pitbull está considerada como una de las más peligrosas del género canino, por su agresividad destructora con los objetos o personas considerados como peligros potenciales para sus dueños (los dueños de los perros, se entiende, claro).

Pues bien, a mí, que no puedo evitar pensar en cantidad de cosas, serias y triviales, que se le va a hacer, a pensar y a relacionar hechos de distinta naturaleza, a enhebrar hipótesis sobre sucesos de rostro oscuro, a escuchar el latido, tantas veces arrítmico, de la realidad, a estar atento a todo lo que pasa, en definitiva, y afecta a nuestras vidas (o, por lo menos, a la mía), a mí, que no puedo evitar ser así (que mejor estaría no enterándome de nada, entrando a formar parte de esa sorprendente secta de los que no saben, no contestan), a mí, repito, cuando me viene a la memoria ese título de La balada del pitbull , me vienen asimismo a la memoria las docenas de anuncios de promotoras inmobiliarias instaladas en Asturias, con la mirada inyectada en el hormigón multimillonario y en el suelo urbanizable, que son como el plasma sanguíneo con el que el conde Vlad sacia su sed de supervivencia y destrucción.

Porque aquí la aparente balada nos habla con su lenguaje lírico, impregnado de ecologismo, respetuoso con el supuesto "desarrollo sostenible", motor de progreso y actividad económica para la comarca de turno, y otras milongas que sólo se creen los que tienen mucho interés en creérselo. Así nos dicen que las urbanizaciones están en un "entorno privilegiado" (esto del entorno privilegiado lo repiten todos los reclamos publicitarios, que se copian unos a otros sin el menor pudor), "entre el mar y la montaña", "a dos pasos de la línea de playa" (lo cual es desgraciadamente cierto), en "un verdadero paraíso natural", en "el corazón de un paisaje de ensueño", y otras cursilerías que se le ocurren al sensible promotor del artefacto.

Y quién es el pitbull en esta historia? Lógicamente, el que muerde, obedeciendo las órdenes del dueño. El que después de morder no suelta la presa, hasta que ésta pasa no a mejor vida sino a una vida bastante peor. Y quién es la presa?: la costa, que ofrece su tierno cuello, de ocle y arena, a los afilados colmillos del animal. Y quién es el dueño del pitbull?, a ver, quién es el dueño del perrito? Aquí está la madre del cordero.

El dueño de la fiera es el dueño del suelo. El que lo subasta al mejor postor, e incluso, en ocasiones, lo regala al promotor a cambio de algunas gabelas que pueden variar según la voracidad del sujeto. Por ejemplo, en la costa levantina, o en lo que queda de ella, muchos alcaldes han caído irremisiblemente en la golosa tentación del dinero fácil de los promotores. Estos días podemos leer en la prensa las actuaciones del fiscal anticorrupción de Alicante, que se ha decidido a meterle mano al alcalde de Orihuela, por estar incurso en una serie de delitos (malversación, falsedad de documentos, tráfico de influencias, cohecho, prevaricación, y lo que haga falta). El y cinco de sus concejales. El alcalde, el ciudadano José Manuel Medina -que mantiene la casa natal de Miguel Hernández en estado ruinoso, como advertí en esta sección hace casi un año- vive en un lujoso chalet propiedad de un promotor y va a su trabajo en un modesto Rolls Royce (más que nada, por pasar un poco desapercibido) que el mismo promotor, dueño del chalet citado, le cede para sus agotadores desplazamientos desde el chalet repetidamente citado hasta las consistoriales y olé. Quién tiene amigos tiene un tesoro, pensará el discreto regidor de los lúgubres destinos de Orihuela.

No es él solo, porque esto sí que es una pandemia y no la de los pollos resfriados. El presidente de la diputación de Castellón, el ciudadano Carlos Fabra, anda también a ellas (fraude fiscal, prevaricación, tráfico de influencias, etc, etc). El alcalde de Torrevieja viaja en esa misma barca. Y el de Benidorm. En Ibiza, por otra parte, no es el alcalde el que baila al son de la balada del pitbull, es el propio gobierno balear, empeñado en cruzar la isla con una autopista que los ibicencos consideran completamente innecesaria, dadas las dimensiones reducidísimas de aquel espacio. En Toledo, que es patrimonio cultural de la Unesco, el alcalde pretende recalificar todas las vegas adyacentes al Tajo y convertirlas en suelo urbanizable, saltándose a la torera las recomendaciones del organismo europeo, y frente al rechazo radical de colegios profesionales y entidades culturales de la ciudad. Seguimos? La balada del pitbull, lirismo de cemento y comisiones. El verso, desolado.

Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de Literatura en la Universidad de Oviedo.

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