Hubo una época en la que decir Trotsky era referirse a alguien que había sido muy importante para mucha gente. Y en cierta medida, modestamente, también tuvo su importancia en la vida de algunos de nosotros. Debió de ser una tarde de lluvia y sosería en el Oviedo gris de los sesenta cuando una señora antigua - en aquella ciudad húmeda las damas debían esforzarse para evitar el alcanfor-, hija de un escritor en bable, fallecido y muy popular, Pachín de Melás, disponía de una exigua pero llamativa biblioteca en la que estaban en vecindad libros que bebí como sólo se hace cuando se tiene sed de muchas cosas: una historia del arte africano que debía descifrar del francés, una edición con ilustraciones de Opio de Cocteau, y un texto que firmaba Leon Davidovich Trotsky cuyo título quedó fijo en mi recuerdo: Adónde va Inglaterra? Así, como lo escribo, con sólo un signo de interrogación al final.

Luego, ya demasiado adolescente, viví una de aquellas historias de nuestra miseria cultural, como era visitar la impresionante Biblioteca Nacional, en el Madrid hirsuto de mediados los sesenta, donde uno podía sufrir o divertirse - iba en caracteres- al buscar la obra publicada en castellano de Trotski. Como si se tratara de vengarse por todos los desaguisados que un revolucionario como él había hecho en vida, los libros de Trosky estaban clasificados indistintamente por varias entradas. La T de Trotsky, la D de Davidovich y la B de Bronstein, y sin ninguna pretensión de exagerar he de añadir que ese Bronstein admitía un par de redacciones diferentes, con lo cual buscar a Trotsky en la biblioteca más importante de España tenía algo de charada. Sin olvidar aquellos inefables empleados, excedentes del Benemérito Cuerpo de la Guardia Civil, según afirmaban, que sumaban a su ignorancia la chulería que daba el halo del tricornio y que te trataban como a reo de justicia. Ocasión recuerdo que me hicieron bajar al infierno de aquella gran Biblioteca Nacional, allí donde quemaban sus penas los autores desafectos y donde me llevó León Davidovich Bronstein, alias Trotsky, en un par de ocasiones.

Los militantes comunistas de los años sesenta nunca entendimos el odio cainita que sentían nuestros dirigentes hacia Trotsky. Recuerdo que a finales de 1967, cuando Dolores Ibarruri publicó un infumable resumen homenaje en el cincuentenario de la revolución de Octubre, nos sorprendió el tono belicoso y despreciativo que aún mantenía Pasionaria hacia él, e hicimos constar una queja y una exigencia que cursó Miguel Bilbatúa: había que tratar a Trotsky con el respeto que se debía a un revolucionario. Hoy, no sin rubor, me imagino el descojone con el que aquellos gañanes apellidados Romero Marín, Mije, Delicado, Gallego, Álvarez, Melchor, Líster, incluso Santiago Carrillo y Manuel Azcárate - cito al pool de cerebros del Partido Comunista de España entonces- debían observar aquella desfachatez de unos chicos que operaban en el interior. Para nosotros Trotsky era entonces el indiscutible número dos de la revolución que había cambiado la faz del mundo. Había una distancia en nuestra apreciación del Trotsky escritor, frente al Trotsky estratega de la revolución permanente.Sus análisis durante la guerra civil española son de una inconsistencia absoluta y bastarían sus enfrentamientos con el POUM de Andreu Nin, y su ruptura total con ellos para calificarle de dogmático, intransigente y soberbio.

Pero Trotsky es mucho más que eso. La reaparición en España de su autobiografía, Mi vida,editada por Debate, a partir de la edición mexicana de 1946, es una ocasión magnífica para reencontrarse con uno de los hombres que cambiaron el mundo. Por más que la traducción - del alemán- hecha por Wenceslao Roces, catedrático de Derecho Romano por Salamanca, que tradujo en México, por primera vez completo, El Capital de Marx, no incluya nota alguna que ayude a un lector contemporáneo - ¿alguien sabe hoy la diferencia entre mencheviques y bolcheviques, o quién era Kornilov, o Kamenev, o el implacable Félix Derjinsky, aquel polaco que dirigió el terrorismo de Estado en Rusia en los primeros años de la revolución?-. Se edita mucho y en general con los pies. Es pena que esta oportunidad de ofrecer a cualquier interesado un documento capital en la historia del siglo XX no haya sido corregido de erratas, ni introducido por alguien no pedante que sitúe la obra y el autor, ni salpicado de breves notas a pie de página que ayudarían al lector. Ni siquiera se han molestado por incluir un índice de nombres. ¡Hala, 640 páginas, echadas a las librerías como si fuera alfalfa!

Y sin embargo Mi vida es un libro fascinante. Primero porque Trotsky es un escritor de primer orden, con un sentido del ritmo y del detalle que sorprende en un hombre que por lo que sabemos de su vida personal e íntima no se distinguía por su delicadeza. Es verdad que las páginas finales dedicadas al enfrentamiento con Stalin y las sucesivas conspiraciones que le llevarán al destierro no tienen la brillantez de los otros dos tercios del libro. Lo escribió en 1929, durante su primer exilio, en Prinkipo, una isla en el mar de Mármara, junto a Constantinopla, la misma que usaban los sultanes turcos para desterrar a sus parientes ambiciosos tras el pequeño detalle de sacarles los ojos. Hacía por tanto un par de años que Trotsky había perdido el poder, tras acumular una serie de errores tácticos y estratégicos que un depredador profesional como Stalin supo aprovechar, incluida la mala salud; la pasión por la caza y la pesca - Lenin era otro obseso de la caza- a una edad tardía, tras cumplir los 37 años con los que dirigió la revolución, le provocará resfriados continuos y alzas peligrosas de la temperatura que lo tendrán postrado en los momentos claves de la batalla interna, en vísperas de la muerte de Lenin (enero de 1924). Mientras la mayor parte del libro respira una frescura de sinceridad y humildad de un intelectual irónico metido en el mayor lío que conoció la historia moderna, esa última supura por la mayor de las heridas de Trotsky, la soberbia intelectual. Se niega a admitir que un patán, rodeado de miserables, sea capaz de derrotarle y mandarle al exilio a él, el organizador del Ejército

Rojo, el líder que afrontó y triunfó en la guerra civil, el hombre al que Lenin en su testamento señala como el más capaz de todos sus camaradas del Partido Bolchevique. Que un georgiano ex seminarista, que tiene dificultades para pronunciar el ruso culto, le haya mandado al exilio, eso no puede admitirlo ni en su fuero más íntimo. En 1929, cuando escribe Mi vida,aún no está convencido de que van a matarle. Será necesario que llegue a México en 1937 para que cada mañana que se acerque a las jaulas de sus conejos, mientras les da de comer, piense que estar vivo esa madrugada es haberle ganado una pequeña victoria al enemigo que acabará liquidándole. Pero esto aún no pertenece a Mi vida.

He vuelto a leerla ahora y una vez más he comprobado lo que reitero siempre: que nunca releemos, y que para nuestra desgracia siempre estamos leyendo por primera vez. Porque si nos atenemos a las frases subrayadas, nos dejan de un pasmo, preguntándonos cómo fue posible que tal o cual pasaje se nos pasara desapercibido y sin embargo diéramos importancia a cosas tan secundarias. He leído Mi vida de Trotsky con auténtico placer, con la sensación de que no la había leído antes y gozando de pasajes magistrales, como el de la noche de la revolución, o la experiencia de la Primera Gran Guerra, o el recordatorio homenaje a sus padres. Los genios de esta edición española, que deberían ser castigados a la antigua, de cara a la pared y con los brazos en cruz sosteniendo el grueso volumen en cada palma de su mano, han tenido hasta la torpeza de consentir una errata en el histórico relato del encuentro entre Lenin y Trotsky en el exilio de Londres, que desfigura uno de los detalles trascendentales para definir la personalidad de ambos.

Trotsky aseguraba que él quería ser escritor y que durante años ésa fue su ambición, hasta que se le cruzó en el camino la revolución. Basta leer las páginas de su estancia en España - San Sebastián, Madrid, Cádiz, Barcelona- vigilado por la policía hasta su embarque hacia Nueva York, para percibir que estamos ante una pluma con capacidad narrativa. Contaban los hijos de Ortega y Gasset que su padre, un día que estaba solo y sonó el timbre de la puerta, se acercó a la mirilla y no sin sorpresa descubrió que quien llamaba era nada menos que Trotsky; sea porque entonces no era un personaje demasiado conocido - estamos en 1916, a casi un año de la revolución-, sea por el proverbial miedo de don José, lo cierto es que no abrió. ¡Qué retrato hubiera hecho el gran León sobre nuestro filósofo de El Escorial! Nos queda no obstante la trayectoria de un joven, de familia bienestante, que se comprometió con la pluma y con la vida en una lucha en la que acabaría siendo un símbolo. Primero de la revolución, y luego, a partir de la ofensiva calumniosa más potente y eficaz que hizo nunca el estalinismo, en una figura odiada hasta el delirio. Millones de gentes hubieran dado su vida a cambio de poder asesinar a Trotsky y poder entregar a Stalin el presente, como si se tratara de la cabeza del Bautista.

No hablo de las masas, las mismas que hubieran matado a Stalin de estar Trotsky en el poder, me voy a referir a aquellas gentes cultas, inteligentes, buenos analistas, hombres y mujeres conscientes del papel de la Ilustración y el humanismo, que fueron capaces de preparar o aprobar todos los intentos que se hicieron hasta que un español, Ramón Mercader, consiguiera el sueño del sátrapa, matar a Trotsky. ¿Por qué le odiaban tanto? ¿Por qué Pasionaria, Togliatti, Lukacs, Carrillo y todos los que conformaron la mentalidad estaliniana al más alto nivel, ya fuera político o ideológico, le odiaban de ese modo patológico, irracional, asesino? Yo no encuentro otra razón que aquella que hacía al dominico P. Pedro, entonces profesor y luego rector en el colegio de mi adolescencia, literalmente echar espuma por la boca cada vez que se refería a Lutero. Quizá porque Lutero o Trotsky representaban la prueba de la gran mentira. Si era verdad lo que ellos decían, no quedaba más que el descreimiento o el suicidio.