EN agosto de 2001, con motivo de la polémica sobre la ubicación de un centro de arte contemporáneo en Avilés o en Gijón, afirmaba en un artículo que lo que fallaba era la disyuntiva misma de tal polémica, nacida de la pobreza cultural de Asturias, región en la que tenemos que considerar la ubicación de los equipamientos culturales de forma complementaria y no como sustracciones localistas. Para ello quizá necesitemos todos, políticos y ciudadanos, un poco más de esa inteligencia emocional que divulgó Daniel Goleman, con la que nos evitaríamos las restas que quedan tras los enfrentamientos y las polémicas estériles. Como proponía entonces, hoy ya están en marcha dos proyectos culturales para ambas ciudades, aunque la polémica ha vuelto a desatarse esta vez entre Oviedo y Avilés, y ha pillado en medio a la Fundación Príncipe de Asturias.

Si queremos ser críticos y constructivos tendremos que empezar por la propia autocrítica y por la puesta en valor de lo que ya tenemos. En Oviedo, por ejemplo, se ubica el Museo de Bellas Artes de Asturias, considerado como uno de los cinco mejores de España y, sin embargo, el Ayuntamiento le viene negando en la práctica algo tan elemental como una señalización, y también el continuar organizando y albergando la Bienal Nacional de Arte Ciudad de Oviedo.

Los ciudadanos comprendemos el lado humano de las polémicas políticas con las que se enzarzan nuestros gobernantes cuando se aproximan las elecciones, pero algunos quisiéramos que los debates tratasen más del diseño de contenidos, actividades y objetivos que de los equipamientos culturales en sí mismos, que al fin y al cabo no dejan de ser medios instrumentales, ya sea con el arte de la arquitectura aplicado o ensimismado.

Sin duda, el turismo cultural que se persigue resulta importante por su capacidad de dinamización territorial y económica, y Avilés bien merece un impulso para desarrollarse tras las sucesivas reconversiones industriales que ha sufrido, pero el énfasis que se pone en el turismo cultural no es incompatible con el otro calado que corresponde a las artes y a la cultura en todos los lugares y que de forma menos ruidosa va más allá de los movimientos de gente masivos y gregarios. Una visita a la basílica de Aranzazu en un atardecer de verano puede resultar mucho más impactante para la sensibilidad y el espíritu que la espectacularidad del Guggenheim de Bilbao. Pero no se entienda mal, pues no se trata de negar unos beneficios sociales para sustituirlos por otros, sino de que lo espectacular no se utilice como enmascaramiento de otras carencias y retrasos en lo más fundamental.

El pasado día 16 de marzo publicó EL COMERCIO una entrevista que Paché Merayo le hizo a Óscar Niemeyer. En ella, a la pregunta de si estaba más cómodo creando un museo, una universidad o una sede parlamentaria, contestó que «más útil es levantar una universidad» porque «la enseñanza es la base de todo». Los gobernantes, igual que Niemeyer, también saben de la importancia de la enseñanza, por eso llama la atención que mientras encargan edificios de vanguardia muy espectaculares para atraer y mover a las masas, la enseñanza se mantenga a mucha distancia de esa misma vanguardia y de ese otro centro de interés que ligada a ella manifiesta el arquitecto brasileño.

Pudiera parecer esta reflexión un tanto lateral respecto a los titulares que en un sentido o en otro vienen publicitando este y otros equipamientos, pero es justamente lo contrario, pues de lo que se trata es de centrar la atención en aquello que queda en segundo término por efecto del 'marketing' político, que vende más la imagen que las ideas de fondo. Al lado y a la vez que los grandes proyectos no existe un compromiso claro y serio con el que nuestros gobernantes se mojen en una vertiente intelectual y sensible, con los valores que han de llegar y afectar a los ciudadanos individualmente, considerándonos como algo más que meros pobladores de ese parque temático en que están convirtiendo Asturias, según palabras de la consejera de Cultura.

Resulta contradictorio que la puesta en marcha de los macroproyectos culturales asturianos coincida con una política cultural irregular, llena de carencias, que crea expectativas falsas y niega oportunidades, lo que resta credibilidad a sus responsables. Por ello no es de extrañar que el diseño de los contenidos de un centro cultural como el de Avilés o cualquier otro los encargue el Gobierno del Principado a una empresa especializada en este tipo de 'marketing', igual que encargó el uso de una discoteca en Madrid coincidiendo con la feria de Arco para publicitar el proyecto de La Laboral. Lo que necesitamos no son fiestas ni publicidad para satisfacer intereses de imagen, sino eficacia y seriedad mantenidas en el tiempo, con otros resultados y credibilidad sobre los que construir mejor los proyectos que apuntan al futuro.

Lo grande no se sostiene al lado de la inercia política y la falta de ideas razonadas, divulgadas y comprometidas, por ello el Gobierno del Principado necesita enmascarar ese hueco con encargos a empresas especializadas. Los objetivos y los contenidos han de ir en primer lugar, explicados inicialmente a la ciudadanía destinataria con textos que sobrepasen una frase o dos, pues son ellos los que justifican las infraestructuras y no al revés, ya que de otro modo los contenidos se quedarían en meros pretextos de relleno. Nuestro tiempo, más rápido y complejo, exige creatividad política y amplitud de miras para poner también en vanguardia lo más prioritario: lo que deriva de ese otro centro de gravedad que, según Niemeyer, es la base de todo para el desarrollo y el progreso colectivo, como la enseñanza y la investigación, que bien se podrían dar la mano con lo cultural si hubiera un diseño para interrelacionarlo en la consejería que se llama Cultura.

FRANCISCO FRESNO/ARTISTA PLÁSTICO