El director de Los placeres ocultos fue un hombre que nunca ocultó nada. Y no me refiero sólo a la cuestión homosexual, que también, sino a su compromiso político -siempre evidente y a veces torturado-, a su discurso moral sin concesiones ni veladuras, a su modo de enfrentar sus esclavitudes y sus contradicciones -que era capaz de identificar y analizar con una lucidez que a veces parecía falta de piedad para consigo mismo- y a su concepto aguerrido de la admiración y de la amistad.
La última película que dirigió Eloy de la Iglesia fue una adaptación de mi novela Los novios búlgaros. Que eligiera mi texto para volver al cine, después de 15 años apartado del trabajo por el precio que pagó por sus duras apuestas vitales, era para mí un privilegio, y no me cansaba de repetirlo. Pero acabó reprochándomelo.Pensaba que tanto insistir en eso le perjudicaba. Le dolió el fracaso (sobre todo, crítico) en España de esa película, recibida con entusiasmo en otros países. Trataba de verse a sí mismo como un hombre nuevo -siempre lo fue-, y no quería que su peripecia personal jugara ni a su favor ni en su contra.
Durante años, admiré a Eloy como creador de una obra osada, retadora y rebosante de conciencia crítica, de recia, en ocasiones casi desabrida, sensualidad, siempre del lado de los marginados. Pero sólo le conocía superficialmente. El rodaje y la promoción de Los novios búlgaros -pese a que yo no quise interferir en su trabajo como guionista y director- nos dio la oportunidad de hablar mucho y esa admiración creció, como creció el afecto entre ambos, sin concesiones tramposas. Eloy fue siempre sincero, culto, inteligente, incómodo y combativo, y su humor tenía enjundia.Nos seguimos viendo con frecuencia; él siempre estaba lleno de planes en los que se empeñaba en involucrarme. Se sentía últimamente maltratado por la industria y por los teólogos del cine, pero no lloriqueaba ni se regodeaba en sus bizarras adversidades.Y es que combinaba un asombroso impudor público con un delicadísimo pudor íntimo, casi ásperamente viril.
El cine español se hizo diferente y moderno con Eloy de la Iglesia.Sus películas eran desafiantes, descarnadas y entretenidas como pocas. Sabía combinar como nadie el brochazo rotundo y el virtuosismo técnico. Y la cultura gay le debe un monumento, no sólo por su complicidad, sino también por sus discrepancias.
La última vez que hablé con él, gracias a un aviso de su último ángel de la guarda, Fernando Guillén Cuervo, fue en vísperas de que le operasen. Me queda la pesadumbre de no haber tenido el tiempo ni el coraje de verle después.

Escribe un comentario