Los recientes acontecimientos de Oriente Medio contrastan fuertemente con el panorama descrito por la Administración Bush -relativo a una amenaza islamista global y al riesgo de constitución de un califato islamista transcontinental, que abarcaría desde Indonesia hasta Marruecos-, deseoso de justificar su ofensiva geoestratégica. Vienen a exponer a la luz un panorama caracterizado por la existencia de grupos y movimientos panislámicos profundamente escindidos y ciertamente más interesados en sus propios asuntos que en cuestiones geopolíticas más generales. Más aglutinados, si acaso, por la causa común de tratar de humillar e infundir temor a Estados Unidos, sea de forma real o imaginaria...

En Ammán, donde escribo estas líneas, la segunda convención anual del principal partido de la oposición, el Frente de Acción Islámica, reunió a medio millar de delegados que hicieron patente su compromiso nacional y religioso, en primer lugar, con la cuestión de la seguridad y estabilidad del país, proponiendo a un tiempo un incremento de las reformas en el país y una mayor representación femenina en el liderazgo del partido.

A escasa distancia del encuentro, el islamista Hamas, cuya victoria en las urnas ha ejercido un considerable impacto psicológico sobre Jordania, de población mayoritariamente palestina, perfiló su futura agenda internacional, que prevé considerar los acuerdos previamente firmados con Israel.

Hamas y los miembros del citado Frente de Acción Islámica son socios de la organización mundial de los Hermanos Musulmanes, destacado movimiento panislámico del mundo árabe. Sus homólogos egipcios han obtenido recientemente una quinta parte de los escaños en las últimas elecciones parlamentarias. Sus distintos programas comparten no obstante un lenguaje político común que incluye conceptos esenciales como el interés nacional, la democracia, el pluralismo, el buen gobierno y la organización institucional, sin hacer mención de la yihad o del califato islámico.

Tras siete decenios de evolución, los Hermanos Musulmanes han renunciado por sentido realista al califato panislámico como principal objetivo y, a lo largo de los últimos veinte años, han puesto en sordina su exigencia de que los países bajo su influencia adopten la ley islámica, o charia, en su totalidad. La mayoría ha acomodado sus programas a su entorno nacional y ha entrado en la escena política observando unas reglas de hecho pseudodemocráticas del juego, a fin de ensanchar los márgenes de maniobra política y acceder de esta forma a una mayor libertad de acción. En la actualidad, y aun cuando pertenecen teóricamente al mismo movimiento, no son una formación monolítica. Sus preocupaciones en el ámbito de la política de cada país y de sus complejos intereses nacionales han menguado la consistencia y espesor de su red de cooperación y coordinación panislámica, y en ocasiones han llegado a desgarrarla por conflictos de intereses. Los partidos islamistas promueven programas políticos distintos e incluso agendas y calendarios geopolíticos opuestos.

Por ejemplo, la participación del Frente de Acción Islámica jordano en la conferencia de partidos árabes en Damasco provocó recientemente críticas frontales de los prohibidos Hermanos Musulmanes sirios. De modo similar, el primer ministro palestino, Ismail Haniye, de Hamas, ha subrayado la importancia del mantenimiento de sólidas relaciones con gobiernos árabes como los de Arabia Saudí, Jordania, Egipto y Siria, donde los partidos islamistas se hallan prohibidos o en la oposición.

Todo esto no quiere decir que los islamistas no compartan determinados enfoques comunes, tales como su oposición a la ocupación israelí de Palestina o la ocupación norteamericana de Iraq. Por supuesto que sí. Pero en la misma tesitura se encuentra en realidad y sin ir más lejos la abrumadora mayoría de las sociedades árabes, que les proporcionan respaldo y alistamiento de efectivos en las personas de coléricos e irritados árabes...

No obstante, y desde los años noventa, la intervención de las fuerzas armadas estadounidenses contra la ocupación iraquí de Kuwait, los desacuerdos sobre la guerra y la presencia estadounidense en suelo saudí han dividido a los Hermanos Musulmanes.

Los Hermanos Musulmanes de los países del Golfo apoyaron la guerra, en tanto que la mayoría de las ramas restantes se opuso a ella. Desde entonces no se ha cerrado la grieta abierta a causa de la dependencia de unos y otros de las estrechas miras nacionales y las presiones geopolíticas.

El conflicto de intereses en el seno de las diversas tendencias de los Hermanos Musulmanes se convierte en choque abierto y frontal cuando se trata de abordar las relaciones con yihadistas violentos como Al Qaeda o los grupos de Zarqaui. Estallan, entonces, acusaciones cruzadas por el abandono de la fe islámica. Las contrarias a los islamistas se refieren a su adopción de un enfoque tendente a la moderación y el pragmatismo; las contrarias a los yihadistas, en las estrategias de puño cerrado y violento. No es tampoco de extrañar que los atentados de Zarqaui contra hoteles jordanos motivaran las más encolerizadas condenas de los islamistas del reino ni que los líderes de Hamas criticaran al lugarteniente de Al Qaeda en el mando, Ayman Al Zawahiri, por entrometerse en los asuntos palestinos.

Cabe mencionar que, en el Iraq devastado por la guerra, un grupo insurgente suní se infiltró tras las fuerzas estadounidenses para atacar y desbaratar las operaciones de las milicias de Al Zarqaui y de los mercenarios extranjeros de Al Qaeda en la parte occidental del país, acusándolos de mancillar el nombre de la resistencia con su enloquecido terrorismo. Bajo el titular "Los insurgentes suníes fuerzan a Al Zarqaui a ponerse a cubierto", el diario londinense The Daily Telegraph del 11/ III/ 2006 informó de la circunstancia de que la confrontación entre los suníes que se avenían a participar en las elecciones generales y los opuestos a tal actitud explica en parte la notable disminución de atentados suicidas en Iraq en fechas recientes.

Los adeptos de los Hermanos Musulmanes se han sumado ya al Gobierno iraquí y el nuevo Partido Islámico se halla presto para entrar en el Gobierno junto con la coalición chií, pese a la continuación de la ocupación norteamericana.

Todo cuanto antecede demuestra que los islamistas son el producto de su entorno inmediato y se hallan permanente y principalmente más preocupados por atender a las necesidades propias de su pueblo que por perseguir aspiraciones de carácter geopolítico. A ello obedece que su integración en el proceso político constituya un imprescindible antídoto religioso y político contra la violenta yihad.A falta de un verdadero proyecto homogéneo panislámico, Estados Unidos podría estar favoreciendo, con su política, una amenaza panislámica global mientras lucha contra una imaginada...

MARWAN BISHARA, profesor de la Universidad Norteamericana de París y autor de ´Palestine / Israel: peace or apartheid´ (Zed Press)
Traducción: José María Puig de la Bellacasa