En memoria de Miguel Ángel Blanco y las más de mil víctimas de ETA: no puede haber precio para la paz, de Federico Quevedo en El Confidencial
Bien. Me toca a mí ser el pepitogrillo de esta historia. No crean que no me joroba, pero entre tanta orgía de satisfacción alguien tiene que empezar a poner algunas cosas en su sitio. Desde que ETA hiciera público su primer comunicado se han dicho tal cantidad de sandeces que a algunos hay que pararles los pies antes de que acaben dándose abrazos en público con los sanguinarios asesinos de más de mil conciudadanos nuestros que dieron su vida por la Libertad. A Odón Elorza, alcalde de San Sebastián, le faltó poco para acudir al domicilio de Arnaldo Otegi y brindar con él. Es repugnante el modo en que hemos simplificado todo el daño que esa pandilla de asesinos nos ha hecho hasta el punto de perdonárselo cuando ellos ni siquiera han mostrado el más leve resquicio al arrepentimiento.
ETA ha ganado una batalla, ha rendido al Estado cuando supuestamente era ella la que estaba al borde de la derrota. Si como apunta El País el comunicado de la banda estaba ‘pactado’ de antemano con los intermediarios del Gobierno, no puede por menos que preocuparme el hecho de que la terminología utilizada en el mismo corresponda al reconocimiento de un conflicto por ambas partes. Una tregua la declara un bando. Un ‘alto el fuego’ es bilateral. Es decir, que los términos del ‘alto el fuego’ están ya negociados y, por lo tanto, implican una victoria de los terroristas, aunque sólo sea por la vía del reconocimiento del conflicto.
Vaya por delante mi esperanza de que en un futuro ETA desaparezca. Cualquiera que vea en estas palabras una decepción por el hecho de que la banda terrorista haya declarado un alto el fuego, está muy equivocado, y a los que piensen y se atrevan a decir, y más de uno habrá, que a los que discrepamos nos gustaría que ETA siguiese matando para obtener un rédito electoral, sólo puedo manifestarles mi más absoluto desprecio. Yo he sufrido el acoso de los violentos, sé lo que significa tener que abandonar un hogar y una vida para huir del gulag vasco y el odio, y no puedo por menos que sumarme al homenaje eterno que todo hombre de bien debe rendir a quienes pagaron con su vida el precio de nuestra Libertad. Pero sólo ese precio, ningún otro es posible.
Sé que lo fácil hoy es mirar al futuro y pensar que más vale que no haya más muerte y violencia, aunque eso signifique hacer algunas concesiones. A los que así piensan permítanme que les recuerde que es interminable la lista de nombres de los que han caído bajo las balas y las bombas de los asesinos, que es casi infinita la sangre derramada, y que su memoria exige hoy, más que nunca, un gesto de amor a su entrega. No somos nosotros, ciudadanos, políticos, los que tenemos en nuestra mano la facultad del perdón. Son ellos, los que han sufrido en su carne el desgarro de una vida segada por esos canallas, los únicos que pueden hacer extensible su misericordia.
Les voy a ser sincero, porque me cuesta mucho, más que ninguna otra vez, escribir estas líneas sin dejarme llevar por una infinitud de sentimientos contrapuestos, así que perdónenme si parece que escribo a bote pronto, porque así es como lo estoy haciendo. Me vienen a la memoria las imágenes de muchos de los que han caído, sobre todo la de Miguel Ángel, porque su muerte sí que marcó un punto de inflexión en la lucha contra ETA, porque su vil asesinato removió nuestras conciencias y por un tiempo nos volvimos todos más humanos y nos sentimos más cerca unos de otros a pesar de nuestras diferencias. Recuerdo las muchas veces que hemos llorado en silencio a los muertos, a Gregorio, a Fernando, a Pagaza... a las almas blancas de los niños que cayeron bajo las bombas, y las de aquellos a los que las bombas dejaron huérfanos de padres... y huérfanos de fe y de esperanza. ¿Qué paz queremos? ¿La paz de la claudicación o la paz de la derrota de los terroristas? Yo no puedo pedir otra cosa que su derrota, y exigirle a Rodríguez que los términos del fin de la violencia no sean otros distintos a la entrega incondicional de las armas y la aplicación de la Justicia para que los asesinos paguen por sus crímenes.
Se ha sufrido mucho durante más de treinta años. Y ahora, de pronto, cuando ETA dice en un comunicado que va a dejar de matar y que para ello el Estado debe acceder a las exigencias que justificaban su acción violenta –porque eso es lo que dice aunque algunos, deslumbrados por el ‘alto el fuego’, hayan perdido la vista-, ahora, digo, son casi los buenos y hay que darles una oportunidad para que demuestren que quieren la paz. ¿Qué es lo que ha cambiado, que el Congreso ha aprobado que Cataluña es una nación? ¿Que se van cumpliendo los plazos del pacto que Carod-Rovira –que ahora dice que pedirá el ‘sí’ en el referéndum catalán- alcanzó con ETA en Perpignan?
Hace mucho que ETA inició una tregua tácita dirigida a lograr que Rodríguez rindiera al Estado y aceptara sus exigencias. Y a fe mía que lo ha logrado. Pero, dicho eso, nadie entendería –salvo algunos descerebrados- que el PP no ofreciera su colaboración para lograr el fin de ETA y servir de voz de la conciencia colectiva, de altavoz de las víctimas, para evitar que Rodríguez termine de pagar el precio político que ha negociado con la izquierda radical a cambio de lo que tanto ansiaba: la tregua escrita que justifica sus desmanes. Si Rodríguez va a ceder al chantaje, alguien tiene que hacérnoslo saber y, sobre todo, alguien tiene que tratar de evitarlo.
Me consta que las miradas de muchas de las víctimas de ETA están hoy empañadas de lágrimas de tristeza, de infinita melancolía. Si las cosas se suceden como parece, todo el sufrimiento de estos años no habrá servido para nada, toda la sangre se habrá derramado en balde, tanta muerte habrá sido inútil. Ni siquiera tenemos la certeza de que ETA esté definitivamente dispuesta a dejar las armas, a arrepentirse de sus crímenes. Al contrario, todo hace pensar que el camino está perfectamente delimitado para llegar al destino final de la autodeterminación por la vía de la concesión política. Y, sin embargo, cabe un espacio para la esperanza: desde hoy, muchos de los que hasta ahora vivían con el corazón en un puño esperando el momento en que una bala asesina o una bomba arrancara sus vidas y las de los suyos, podrán sentirse un poco más confiados, aunque sin la seguridad de que esa sensación vaya a durar para siempre.
Esa es la razón por la que el PP tiene la obligación moral de contribuir, desde la autoridad que le confiere el haber sido el único partido que de verdad ha luchado con todos los mecanismos que permite el Estado de Derecho contra el terrorismo, a conseguir un final de la violencia sin precios políticos ni concesiones humillantes. La memoria de las víctimas exige dignidad, y exige Justicia.
Rodríguez ha dicho que va a contar con el PP, que quiere contar con el PP. ¿Qué es lo que ha cambiado para que el mismo Rodríguez que durante dos años ha dedicado todos sus esfuerzos y toda su política a la marginación, a la exclusión de diez millones de votantes y quienes los representan, ahora no sólo tienda la mano al PP, sino que además se deshaga en elogios a sus líderes pasados y presentes? Se lo diré: Rodríguez podía conducir la negociación del Estatuto Catalán y sortear los obstáculos, pero no puede controlar a quienes siempre han estado incontrolados y a los que él mismo ha permitido, con su política débil e inconsciente, fortalecerse hasta que han considerado que tienen suficiente poder como para manejar la negociación y al Gobierno a su antojo. Rodríguez es consciente de que ETA se guarda el as en la manga de, en respuesta a cualquier movimiento erróneo por parte del Gobierno, volver a poner muertos sobre la mesa. Por eso no ha dejado las armas. Por eso Rodríguez necesita al PP.
Rodríguez sabe que es prisionero de las deudas que le llevaron al poder y que alimentan sus ansias del mismo. Por esa razón, aunque una orgía de satisfacción recorre estos días el cuerpo mancillado de una izquierda ensimismada, en su mirada del miércoles había un resto de amargura. Si de verdad fuera un político responsable, un hombre de Estado, haría lo que no fue capaz de hacer Aznar el 11-M de 2004: marchar del brazo del líder de la oposición, recorrer juntos el camino del fin de la violencia sin pagar ningún precio político, sin claudicar ante los terroristas. Ese es el gesto que de él esperan las víctimas de ETA, a las que debe muchas explicaciones después de dos años en los que les ha cerrado la puerta y las ha humillado haciendo guiños a quienes acosan, invitando a sus asesinos a negociar. Rodríguez ha tendido la mano al PP, ha suplicado su ayuda. Si es sincero, su gesto habrá demostrado que, como decía Pascal, “la grandeza de un hombre consiste en saber reconocer su propia pequeñez”. Pero, si como me temo, se trata de una estratagema, habrá que aplicarle la máxima de Séneca: “A algunos se les considera grandes porque también se cuenta el pedestal”. Y el pedestal de Rodríguez mide más que él.
