EL 'PROCESO', 30 AÑOS DESPUES. El 24 de marzo de 1976, la junta militar encabezada por el general Jorge Rafael Videla instauró uno de los regímenes más sanguinarios que recuerda la Historia de su país. La «cruzada para restaurar los valores de la moral cristiana y la dignidad del ser argentino» institucionalizó el terror, la tortura y el expolio, y se saldó con la muerte de 30.000 personas en una larga pesadilla de siete años que aún estremece a la sociedad argentina.

Ha tocado la campana y los chicos regresan a las aulas. Hoy es un día especial: en vez de dictar las materias habituales, la maestra les mostrará las fotos en blanco y negro de los tanques que hace 30 años rodearon la Casa Rosada, sede de la Presidencia, y el edificio del Congreso Nacional. Por recomendación de los psicólogos, la profesora no les cuenta -aunque es seguro que algo saben los chicos- que a la mañana siguiente del golpe militar, las paredes de esa misma escuela, donde están colgados el retrato de José de San Martín y sus propios dibujos, se mancharon de sangre; y que los vecinos se tapaban los oídos para no escuchar los gritos de los torturados... La escuelita rural de Famaillá, en la provincia de Tucumán, fue uno de los 350 centros clandestinos de detención que funcionaron durante la larga noche de la dictadura.
El Congreso Nacional ha dispuesto que el 24 de marzo sea no laborable, una jornada para reflexionar acerca de la tragedia que se abatió sobre Argentina cuando los jefes de las Fuerzas Armadas se unieron para «poner fin a la anarquía en que caído la nación por culpa de los subversivos y de la venalidad de los políticos», según rezaba el primer bando militar. Se han programado una serie de actos para recordar este doloroso aniversario. Raúl Alfonsín, el primer presidente de Argentina tras la restauración de la democracia, encabezará una ceremonia frente a la Escuela de Mecánica de la Armada, el agujero negro por donde desaparecieron, previa tortura, centenares de argentinos de todas las edades y condiciones sociales.

Por la tarde, las Madres de la Plaza de Mayo encabezarán una columna que saldrá desde el Congreso hasta la histórica plaza donde aquellas valerosas mujeres se congregaban a protestar por la desaparición de sus seres queridos. Bajo el lema de Memoria, Verdad y Justicia, también marcharán los representantes de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos; la Asociación de ex Detenidos; la Asociación de ex Combatientes de la Guerra de las Malvinas así como los integrantes de organizaciones sindicales, centros de estudiantes y público en general. No estarán los 30.000 argentinos y argentinas asesinados durante el régimen de exterminio.En los últimos días, la prensa ha venido publicando voluminosos documentos sobre el golpe. La profusión de detalles confiere a esos escritos la frescura de un suceso de apremiante actualidad.«Dá susto abrir el diario: uno se confunde en los tiempos y da la sensación de que en cualquier momento los generales van a declarar el estado de emergencia», comenta un vecino del barrio de Olivos. En su evocación, Página 12 recuerda que el despertar de aquel fatídico 24 de marzo, fue de absoluta calma. Como si la brisa que anunciaba la llegada del otoño, hubiese disipado la agitación que fue permanente bajo el mandato de Isabel Martínez de Perón, aquella lastimosa mujer que asumió la Presidencia tras el deceso, en 1974, de su marido: el caudillo Juan Domingo Perón.Alarmados por la inusitada quietud -más tarde se enterarían de que la soldadesca había ocupado los edificios administrativos sin tener que disparar un sólo tiro- los ciudadanos encendieron la radio.

La voz cortante de Jorge Rafael Videla anunciaba el comienzo de una nueva era en la que se restauraría «la vigencia de los valores de la moral cristiana y la dignidad del ser argentino»; se restablecería «la relación armónica entre el capital y el trabajo con fortalecido desenvolvimiento de las estructuras empresariales y sindicales, ajustadas a sus fines específicos». Esa noche, los argentinos vieron por televisión los rostros del triunvirato que les gobernaría con mano de hierro: el teniente general Videla, de rasgos aquilinos y un brillo fanático en los ojos. El almirante Eduardo Massera, comandante de la Armada, de cejas pobladas y poderosa mandíbula; la mirada huidiza del jefe de la Fuerza Aérea, brigadier Orlando Agosti... «Si no se hubiera decretado el toque de queda mi familia y yo habríamos salido a festejar. Cuesta reconocerlo después de tanta barbarie, pero la verdad es que estábamos convencidos de que la Providencia había convocado a esos generales, para recomponer un país que se caía a pedazos.No olvidemos que en la época de 'Isabelita' la inflación llegó al 300% y que al filo del golpe, cada cinco horas se producía un asesinato político», cuenta Leonardo Vitale, un profesor de Historia, que sin estar afiliado a ningún grupo político, fue detenido y estuvo a punto de ser ejecutado por empeñarse en la búsqueda de uno de sus alumnos.

Los militares no tardaron en quitarse la máscara de santurrones que habían lucido ante las cámaras. La misma noche de su debut, dieron la orden a los grupos de tarea, para que salieran a la caza de los peligrosos insurgentes que amenazaban con desintegrar el país. Nadie estaba libre de sospecha. En la llamada Noche de los Lápices, los encapuchados arrestaron, sometieron a tormento y asesinaron a cinco adolescentes de entre 15 y17 años por haber exigido la rebaja del billete que pagaban al subir al autobús.A principios de 1979 a un joven que quiso alistarse en la Marina le arrancaron los dientes y después lo fusilaron. El pecado de Jorge Stuben fue que sus padres pertenecieran al Partido Comunista.En virtud de su peculiar interpretación de los Evangelios, los apóstoles castrenses organizaron maternidades clandestinas, donde arrebataban sus criaturas a las detenidas que daban a luz en cautiverio. Los bebes eran vendidos a familias sin hijos o repartidos entre los oficiales como botín de guerra. Las redadas eran un lucrativo negocio en que los pistoleros desvalijaban las pertenencias de sus víctimas, y sus superiores se quedaban con los inmuebles.Fue así como Massera amasó su fortuna.

De cuando en cuando, el régimen organizaba grandiosos eventos para distraer a sus ciudadanos rehenes de las inquietantes noticias que sus ojos no veían o no querían ver. En 1978, Argentina organizó el Campeonato Mundial de Fútbol y muchos visitantes se asombraron del orden y la limpieza de las calles... Luego llegaría la Guerra de las Malvinas: la arena donde en abril de 1983, Leopoldo Galtieri lanzó a unos jóvenes e inexpertos gladiadores para distraer la atención de los descalabros de la economía.

La rendición de las tropas argentinas ante las británicos, en septiembre del mismo año, demostró que no basta con el sadismo para enfrentarse a un enemigo de verdad. La rendición de Argentina bajó el telón sobre una de las satrapías más sanguinarias de la Historia universal. Volviendo a Famaillá, la escuela que mencionábamos, sirvió de prisión un año antes de que llegara la dictadura. En 1975, el Gobierno constitucional otorgó a Videla, a la sazón jefe del Estado Mayor, patente de corso para combatir «por todos los medios» a las milicias de los Montoneros y del Ejército Revolucionario del Pueblo. Cuando el mismo general y sus cómplices derrocaron al tambaleante Gobierno de Isabel Perón, sus esbirros ya habían liquidado a 300 de sus principales enemigos; encarcelado a 200 y hecho desaparecer a otros 600.

Al año de tomar el poder, los militares habían liquidado a las guerrillas. Pero la represión continuó hasta el último día ya que, como dijo el comandante Guillermo Suárez Mason: «sería absurdo pensar que ganamos la guerra contra la subversión porque eliminamos su brazo armado».