También es casualidad que justo 24 horas después del cierre de los trabajos de la Comisión Constitucional sobre el nuevo Estatuto catalán, la banda terrorista ETA hiciera público ayer su esperado anuncio de tregua (“alto el fuego permanente”) que conmocionó hasta la médula el tejido político y social español. También es casualidad, digo yo, ¿o no se trata de ninguna casualidad?

Los acontecimientos se van desarrollando con puntualidad de reloj suizo tal cual parecen estar diseñados en el misterioso guión que desde el 14-M de 2004 ha vuelto del revés el Régimen surgido de la Constitución de 1978, haciendo bueno aquello de que “a España no la va a conocer ni la madre que la parió”, que dijera en su día Alfonso Guerra: un nuevo Estatuto para Cataluña que difícilmente cabe, siquiera con calzador, en nuestra Carta Magna, a pesar del revocado de fachada de que ha sido objeto, para, inmediatamente, hincarle el diente a la cuestión vasca.

Y aquí es donde se plantean las dudas, aquí es donde surge la inquietud capaz de tornar la esperanza de hoy en la iniquidad del mañana. Porque, admitiendo que estamos obligados a no creer en las casualidades, hemos de convenir que la tregua sigue su curso reglado –el guión invisible-, según el cual el Gobierno Zapatero ha movido ya pieza, ha adelantado al mundo del independentismo abertzale los peones, incluso políticos, que piensa sacrificar en el tablero de la negociación del fin del terrorismo etarra.

Llegamos así a la cuestión clave de un larguísimo proceso que ayer conoció apenas un hito más en el camino: ¿Sigue el Gobierno de la nación animado del mismo espíritu pródigo, despilfarrador incluso, que ha hecho posible, tras siete horas de reunión nocturna entre Artur Mas y el propio Zapatero en Moncloa, la creación de ese Estadito catalán financiado por el verdadero Estado del que trae causa? ¿Qué es lo que ha comprometido ya, si hay algo, el Gobierno Zapatero con el nacionalismo radical vasco?

El acuerdo entre dos es muy fácil cuando una de las partes está dispuesta a ceder lo que sea menester, porque su interés no reside en preservar la herencia recibida de sus mayores, sino en pasar a las páginas de la Historia como el Príncipe de una gran ensoñación o el prisionero de unas infinitas, por más que bien disimuladas, ansias de poder. La cuestión es sencilla: en la negociación para el cese definitivo de la violencia ejercida por una banda terrorista, un Estado democrático no puede realizar concesión política alguna, porque ello equivaldría a reconocer que el uso del terror tiene premio y que los terroristas han conseguido los fines perseguidos gracias al derramamiento de sangre inocente. Porque, en definitiva, eso equivaldría a reconocer que el terrorismo habría vencido.

En esto, la posición ayer del Partido Popular fue muy clara. Igualmente clara, pero también muy cuestionable, fue la declaración institucional realizada por Mariano Rajoy en la sede de Génova. El partido de la derecha española tiene un nuevo problema tras el anuncio etarra de ayer. Y una tentación de alto riesgo: la de cerrarse en banda y aferrarse al “no” por sistema. Estrategia arriesgadísima, porque muchos de sus votantes, que como la inmensa mayoría de los españoles quieren –queremos- la paz, no estarían –estaríamos- dispuestos a acompañarle en ese viaje.

De manera que mucho cuidado, señor Rajoy. No se pierda usted en el laberinto del “no”, por mucho que los halcones graznen en derredor. Su explicación vespertina de ayer en el Parlamento, con motivo de la habitual sesión de control de los miércoles, mejoró notablemente el fondo y la forma de su declaración matinal en Génova. Esa es la línea, en mi modesta opinión, que la derecha democrática debe propugnar y defender: sí a la paz, incluso a cambio de la generosidad con los presos; no a las cesiones políticas. De modo que si el Gobierno Zapatero está sincera y honestamente en esa línea, ahí estaremos todos. Y ya dirán los españoles lo que tengan que decir a la hora de depositar su voto en la urna.