La serpiente ha abandonado el hacha, se ha desenroscado sin estrangular la libertad. A las 12.30 horas saltó el notición por Radio Euskadi; 10 minutos antes, Zapatero hablaba con Miguel Angel Fernández Ordóñez sobre temas económicos de la próxima cumbre europea; el CNI le informó del alto el fuego permanente. Después de 40 años de la costumbre de la sangre, la noticia le supo a aceite nuevo y, aunque no es creyente, se acordó de Isaías: «Busca la paz y síguela».
La primera llamada fue para Mariano Rajoy, que estaba presentando un libro con Fraga (Los orígenes y la evolución del PP). A las 13.30 horas, por fin, dialogó con el presidente popular. En todo momento, un Rajoy firme le ofreció apoyo sin pagar precio político y con el pleno funcionamiento del Estado de Derecho, sin retorcer las leyes.
La conversación entre el líder de la oposición y el presidente del Gobierno pudo desarrollarse así:
- Rajoy: «Esto no es lo que esperábamos».
- Zapatero: «No será lo que esperábamos, pero no podemos quedarnos sentados, tenemos que seguir el camino. Esto es por lo que hemos luchado».
Era una traducción libre del mandato de Gandhi: «No hay camino para la paz, la paz es el camino». Los dirigentes del PP relacionaron el anuncio de ETA con el Estatuto de Cataluña.
El ministro de Justicia me explicó: «Blair tuvo el coraje de prometer en una campaña electoral la paz en Irlanda y la logró».Cuando le pregunté si ha estudiado la solución de los presos en los Acuerdos de Viernes Santo, me contestó: «Lo hemos estudiado con mucha atención». (Los presos del IRA cumplen condena en sus casas). Aunque Zapatero ha dado la orden de cautela, humildad y prudencia, el fiscal del Estado ya ha anunciando que el proceso de Otegi ya no tiene sentido.
En el jazz y en el teatro, y hasta en la poesía, es buena la improvisación, pero en política la improvisación es letal. El 22 de febrero anunció el presidente en los pasillos del Congreso: «Estamos dando pasos lentos, pero decisivos». Zapatero sabe que lo del IRA lo empezó Major y lo acabó Blair, pero ya soñaba, antes de llegar a La Moncloa, con el día del principio del fin.«Si algún día soy presidente», anunció antes de la campaña electoral, «acabaré con ETA».
Ayer, en el Congreso estalló la distensión, después de dos años de odio de Puerto Hurraco. El presidente habló del PP con respeto, y hasta con admiración. Rajoy dio una lección de prudencia y de firmeza.
Pero el cielo pesaba como una manta mojada sobre la alegría; era el peso de las generaciones muertas que oprime el cerebro de las vivas, como pensó el de Tréveris. Bajo la lluvia, cientos de víctimas, con las banderas mojadas, pedían justicia. Zapatero me convenció de que el proceso va ser largo, difícil e inexorable.El mismo controló y revisó el comunicado del Partido Socialista.
Insisto: el proyecto de distensión se inició hace meses, mucho antes de que José Bono dijera que los etarras estaban con las manos en alto y que fuentes de la lucha antiterrorista informaran a La Moncloa de que ETA era ya un fantasma sin cabeza. Ayer mismo, portavoces del PSOE estaban convencidos de que «ETA es un enfermo agónico, tan infiltrada que sólo se preocupaban por su seguridad».El cóndor del Estado democrático está estrujando el cuello de la serpiente. Pero ahora empieza lo más difícil: el arte de la política.

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