No fue un acto alegre, como aquéllos que vivimos hace décadas.La aprobación ayer del nuevo Estatuto catalán se cerró con unos brevísimos, corteses y fríos aplausos en un clima mustio: todos eran conscientes de que el texto no nacía entre parabienes unánimes, llegaba al mundo denunciado por unos y criticado por otros y no tenía el consenso que tuvo el Estatuto anterior. Tendrá una vida azarosa. Joan Saura confesó que, para él, ésta era la concreción parcial de un sueño. Zaplana dijo que el sueño consistía en la ruptura del Estado servida al nacionalismo por el PSOE en bandeja de plata.
Ayer, el portavoz socialista, López Garrido, reconoció por fin la extraordinaria trascendencia del Preámbulo aprobado. No tenía sentido seguir disimulando una realidad que ellos han insistido en negar durante todo el tiempo que han durado las negociaciones.Pero fueron los representantes de CiU los encargados de dejar definitivamente sentado este punto. Tanto Artur Mas como Jordi Jané, más rotundo, hicieron hincapié con desnudez en lo que el PP viene señalando desde hace meses: que, con el reconocimiento de Cataluña como nación, las Cortes dan un paso político decisivo e histórico. Que luego el texto diga también que se constituye en comunidad autónoma, como subrayó Mas para apaciguar a los asustados, no significa nada porque baza mayor quita menor y porque, cuando las fuerzas políticas catalanas lo quieran, pueden desarrollar el formidable potencial que se encierra en el reconocimiento recogido en el Estatuto con toda la fuerza de un Preámbulo.

Los mejores discursos volvieron a ser, por este orden, los de Zaplana, Artur Mas -un político que está creciendo en su imagen pública conforme pasan los días- y Jordi Jané. Orientados en direcciones opuestas, los tres pusieron el dedo en los puntos verdaderamente relevantes del nuevo estatus jurídico aprobado para Cataluña.

«En este Estatuto se ha pedido lo que no se podía entregar y se ha entregado lo que no se podía ceder», resumió amargamente Zaplana. Luego, Mas le lanzó un dardo certero cuando le preguntó por dos veces si, si le fuera posible, el PP tenía intención de promover a través de las Cortes una rebaja del Estatuto. Esta es la cuestión clave para considerar una hipotética colaboración entre esos dos partidos, caso de que el PSOE no pudiera gobernar.Y, como la pregunta tenía una arriesgada respuesta, Zaplana prefirió decir que promoverían el blindaje en la Constitución de las competencias del Estado. Si todo quedara en eso -y no podrá ser de otra manera, aunque los populares no lo dicen porque no pueden-, la posición del PP quedaría en lo que Mas describió con cierta crueldad como «de la misa, la mitad».

CiU se equivoca, sin embargo, si cree que no más de uno o dos estatutos querrán definir a su comunidad como nación. De eso nada. Ayer lo dijo el portavoz de Coalición Canaria: muchos otros irán detrás. Y no hay que descartar que las comunidades del PP hagan lo propio con objeto de devaluar en lo posible el paso dado ayer. Esta no va a ser, como cree Mas, «una singularidad que va a regir sólo para Cataluña». Ni mucho menos. Y, si esa situación se diera, lo que hay que preguntarse es qué nuevos pasos le quedarían por dar a Cataluña para diferenciarse del resto. Pues uno sólo. No hay más.