El doctor Frankenstein o el moderno Prometeo es una novela, no demasiado larga, en 24 capítulos, que escribió en 1817 (su primera edición es de 1818) una jovencita introvertida y fatalmente romántica, segunda esposa del poeta Percy Bysshe Shelley e hija de dos pensadores progresistas, William Godwin y Mary Wollstonecraft: Mary Shelley (1797-1851). Como es sabido, el libro celebérrimo nació de un juego o de una apuesta literaria, cierta noche tempestuosa e inhóspita en la Villa Diodati, junto al lago Leman, en Suiza, en 1816. Lord Byron y su secretario y médico William Polidori, Shelley y su esposa Mary, y la hermana de ésta (y amante de Byron) Claire decidieron contar cuentos de terror, que luego escribirían.La velada debió de ser memorable y es un hito en la historia del romanticismo prófugo de Inglaterra, pues casi todos ellos huían del puritanismo de la Isla. Pero, de hecho, sólo dos textos se publicaron al fin: El vampiro de Polidori (se dice que idea de Byron), inmediato antecedente del Drácula de Bram Stoker, y el aludido Doctor Frankenstein, de Mary Shelley. (Por cierto, se perpetúa un error al hablar de esta inicial novela de ciencia ficción: Frankenstein es el nombre del científico creador del hombre artificial, no del ser mismo, al que en la novela se llama siempre «el Monstruo»).
Mary Shelley fue más que la esposa del apasionado poeta romántico, al que sobrevivió casi 30 años. Escribió novelas, poemas y libros de viajes. Pero basta y sobra recordarla como mujer melancólica e inteligente, autora de una espléndida y triste novela futurista, The last man (1826; a mi saber, aún no traducida al español) y de una edición comentada -crítica textual y biográfica- de los poemas del autor de Adonais.

Un raro director de cine (inglés trasterrado a Hollywood), James Whale, rodó en 1931 la mejor adaptación cinematográfica de la novela de Mary Shelley. Y Gonzalo Suárez hizo, a mi gusto, una de sus mejores películas, Remando al viento (1988), revelando, con esmeradísimo arte y en plena atmósfera romántica, esa vida en común, en Suiza e Italia, de aquellos seres extremados, transgresores, apocalípticos y sublimes (perversos para otros) que fueron Byron, Shelley, Mary y el propio Polidori, que concluyó suicidándose.

Quien eche de menos tanta pasión como hoy evidentemente falta, puede leer ahora una nueva versión española de Frankenstein (Mondadori), un libro cada vez más nuevo. Y una excelente biografía de Mary Shelley -con abundantes comentarios sobre sus obras- llamada Mary Shelley. La vida de la creadora de Frankenstein y firmada por Muriel Spark (Lumen).

Cuando la vida se ha vuelto más rutinaria que nunca, cuando el orbe de lo políticamente correcto -ayudado por los males de la masificación- reduce cada vez más la libertad del hombre (por mucho que se invoque a la democracia), ¿cómo no sentir envidia de estos seres extremos que pudieron ser dueños de su destino? ¡Qué cotidiana es la vida!, se quejó Laforgue.