No hay demasiadas razones para considerar que el texto del Estatut votado ayer en la Comisión Constitucional (22 votos a favor, 17 en contra, en representación nacional; 28 positivos, 10 negativos, en clave catalana) garantiza un apacible encaje de Cataluña en la España de las Autonomías. En todo caso, no más apacible que el logrado con el Estatuto del 79.
Por muchas razones. Bastaría aplicar la propia plantilla propuesta en su día por Zapatero para dar por buena la reforma. A saber: consenso político, respeto a la Constitución y respaldo de la ciudadanía. Ninguno de esos tres indicadores aparece libre de reparos en el texto aprobado ayer, listo para votación y debate del pleno del Congreso el jueves 30. El frente de apoyo deja fuera al PP y a ERC, hay aspectos de dudosa constitucionalidad en el articulado -discutible, al menos-, y el pasotismo de la ciudadanía ha sido una constante.
Además, mucha política menor y cantidades industriales de demagogia. Tanto en el escenario autonómico como en el nacional. Desde el catastrofismo de Rajoy (España se rompe) hasta la arrogancia conminatoria de Carod-Rovira ("Si no nos aceptan ahora como Nación, tendrán que aceptarnos luego como Estado", de ayer mismo), que son los líderes principales del frente de rechazo al Estatut, PP y ERC, por razones contrapuestas, claro.
Respecto al empobrecido debate estatutario, tampoco pueden tirar la primera piedra ni Rodríguez Zapatero (PSOE) ni Artur Mas (CiU), los dos líderes principales del frente de respaldo. De momento, son igualmente culpables de haber reducido el alcance del Estatut a un pacto de recomposición del tablero político en Barcelona y en Madrid (Moncloa, 21 enero 06).
Por no hablar de las tensiones que el reflotamiento de CiU ha generado en la estabilidad del Gobierno de la Generalitat (el llamado 'tripartito'). El reciente caso del consejero de Gobernación, Joan Carretero (ERC contra Zapatero) no es más que una forma de decir lo mismo que piensa Maragall, apuñalado por Zapatero en el costado de Carod-Rovira con arma prestada por Artur Mas. Así son ellos de florentinos.
Es suficiente para acreditar un alto grado de contaminación en la trastienda del proceso. Me refiero al regate en corto, el pacto por debajo de la mesa, la zancadilla, los celos políticos, la insidia, etc. Lo que en principio pudo haber sido una legítima aspiración de los catalanes a mayores cotas de autogobierno, plasmada en un texto con el que ningún partido se sintiera irremediablemente incómodo, se ha quedado en un texto farragoso, mal redactado, confuso, que dice una cosa y la contraria con muy pocas líneas de distancia. Y en ciertos movimientos de estricta lucha por el poder. A eso también se ve reducido un asunto que genera hartazgo y fatiga en la opinión pública.

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