Se comprende que cuando uno se va haciendo viejo, y el entusiasmo activo por ciertos placeres, sobre todo por aquellos más relacionados con la curiosidad y la inconsciencia, se va amortiguando, le dé a uno por centrarse en ése para cuyo disfrute sólo se requiere una boca, un estómago en medianas condiciones y un poco de dinero: la comida. Lo que no se comprende es que todo un país, se supone que habitado por criaturas de todas las edades, se haya vuelto como viejo de pronto y sólo piense en comer, que tal es lo que parece estar sucediendo con esta España convertida en una feria de gastronomía permanente.
Todo lo que de entrañable tiene el relato que nos hacen nuestros mayores de lo que han almorzado, tierna relación incluso pese a su minuciosidad no pocas veces enervante, tiene de ominosa la obsesión de cada vez más jóvenes y adultos por los temas culinarios, de la que se colige, por cierto, que no tienen que cocinar todos los días, pues en ese caso procurarían distraerse con otras cosas.Sea esa obsesión más propia de la edad provecta un invento de los medios de comunicación, un efecto del mucho poder de las nuevas estrellas de los fogones, o nacida, sin más, del aburimiento de una sociedad que se cree hedonista cuando en realidad sólo se aburre como una almeja, el caso es que parece que España, la antaño hambrienta España, se ha convertido, como dice Anita Belén, en un gran perolo.
Pero el grado más insoportable del asunto que nos ocupa se registra, sin duda, en la televisión, medio que, por lo demás, registra el grado más insoportable de casi todo. En ella, en todas y cada una de sus setecientas mil cadenas, ora analógicas, ora digitales, ora vía satélite, una patulea de cocineros de la más diversa laya instruyen a la gente, de la mañana a la noche, incesantemente, en la ciencia de la transformación de los alimentos, pero, dejando aparte el hecho de que esa saturación culinaria coincide paradójicamente con un aumento espectacular de las ventas de comida congelada, preparada, fabricada, de esa que se arroja al microondas con plástico y todo antes de arrojarla al interior de las personas, uno duda de que exista alguna relación razonable entre saber conducir locomotoras y el gusto de viajar en tren.
Lo único que se requiere para la comida, aparte de apetito y dinero, es paladar, un paladar sensible, fino y cultivado, y ahí está la trampa que tiende al telespectador el apabullante género culinario, la imposibilicad de probar el condumio con cuya elaboración da la plasta en pantalla ese regimiento de cocineros que, además, se creen en la obligación de ser graciosos. Cualquiera que sepa guisar de veras puede sospechar, a la vista de esas mezclas absurdas, esas cocciones malogradas, esos aliños delirantes y esa ligereza con que se manipulan los alimentos, que la mitad de los platos televisivos no hay cristiano, ni musulmán por supuesto, que se los coma.
Siendo la frugalidad no sólo virtud del alma, sino garantía de una buena salud y de una vida longeva, y siendo la sencillez y la austeridad sus hermanas gemelas, también produce un cierto repelús el aire de grand bouffe, de exceso de nuevos ricos, de moda en el mejor de los casos paleta, que nimba esos espectáculos de comida que, por lo demás, ojalá no se reciban en los mundos del hambre y la miseria, que no andan tan lejos, cruzando el Estrecho apenas. Demasiada comida. Y demasiado poco paladar, muy poco para saborear lo mejor y lo más exquisito de la vida.Ni un programa cultural, ni un concierto de música, ni un personaje de interés hablando quedo de sus incertidumbres, ni un poco de verdad, ni un adarme de belleza en pantalla. Sólo comida. Rara coreografía en torno al perolo descomunal.

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