En la corte de los reyes enlutados, los héroes eran los enanos y en la calle, los locos; contar historias de sonacas y ventoleras era una pasión de los españoles del Imperio; de ahí el éxito de Don Quijote; algunos filósofos e historiadores utilizaron la melancolía, una forma de locura, para definir a España, país atormentado, místico, dogmático, donde la añoranza, la tristeza, el desconsuelo..., no se vivieron como dicha o impulso poético, sino como castigo o venganza. España dio grandes melancólicos o zumbados como Don Quijote, Segismundo o Teresa de Avila. «Ser melancólica -escribe Teresa- no lleva a camino ninguno, porque la melancolía no hace y fabrica antojos sino en la imaginación».Este país de ascetas, arbitristas, ciegos, enanos y locos apasionaba a los viajeros; luego fuimos capaces de superar esa anormalidad metafísica con el ejercicio de la democracia, pero con ideas ineptas alojadas en las cabezas; «ineptas y a menudo grotescas» (Ortega).
Tendemos al dogmatismo, a la melancolía, que suele desbordarse en verano, cuando el demonio del mediodía asaltaba a los cenobitas; y también hay brotes en primavera. Ya es primavera en el Corte Inglés y en las ramas de los prunos cuando la mitad del país está preso de un extraño y creciente desconsuelo que no se conjura con prozac.
Tal vez España ya no necesite, como antes, un cirujano de hierro, pero sí precisa un exorcista o, por lo menos, un psiquiatra; aproximadamente, a la mitad de los españoles les vuelve a doler España. Esa depresión está ocasionada, entre otras cosas, porque una parte de los que vivían con nosotros, en las esquinas del mapa, asaltados por una cursilería anacrónica, quieren descender de Marie y de Tubal; mientras, millones de contemporáneos no creen que haya algo útil o aprovechable en el nacionalismo, fruto del resentimiento provinciano, manía de primates, antiigualitario, reaccionario, fatuo, desleal, aldeano; y, además, apoyado por la izquierda.
Volvemos a padecer de melancolía, enfermedad del alma, la que asaltó a Don Quijote, una falta de esperanza, la rara astenia, la acedia, tristeza o calle donde vive Joaquín Sabina, con la cerradura de la llave de los sueños. Es la melancolía que endemoniaba a los exiliados y que ahora ataca a los emigrantes, aunque hayan llegado en patera.
Dicen los psiquiatras que la melancolía primaveral tiene que ver con la nostalgia del atrio de la vagina desde que los egipcios midieron los equinocios con la sombra de las estacas. Aquí creemos que tiene origen en la política, en la traición constante de nuestras clases dirigentes, en la extenuación de nuestro proyecto nacional.
Pero veamos el cielo desde la otra ventana, apostemos por otro demonio, que la primavera saque flor a nuestras entrañas y que el que mueve, esparce y desordena en el cuello los cabellos de las muchachas y de los muchachos, sea bienvenido. Mírenlo al cabrón, viene travestido de botticelli con un piercing de titanio en el ombligo.

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