Can Tunis, Montjuïc, Camp de la Bota, la Mina... Pertenezco a quienes hará medio siglo jamás pisaron estos enclaves que medraban y se degradaban entre el barraquismo y la precariedad, los entrañables esfuerzos familiares y personales y los múltiples vericuetos de delincuencia. La Barcelona exultante que impulsaba el alcalde Porcioles se basaba metafóricamente en la Roma de Augusto con su vasta paz: trasladaba la guerra, el conflicto, a la periferia. ¿Había otra forma de hacerlo? Sobre el papel, sin duda, pero en la práctica la Roma de 1950-1960, París, Londres, Nueva York, Madrid y desde luego Moscú, con sus gulags, tampoco estaban mejor. Ahora muchas fábricas semejan chalets de lujo y en el siglo XIX semejaban las apocalípticas cárceles de los grabados de Piranesi. La tragedia o al fin gesta de sacrificios, humillaciones, que han sufrido los obreros, ¡y los campesinos acaso más!, ha sido horrible. Ellos son nuestros padres, aunque los monarcas, terratenientes y burgueses sean los padrastros.
De todo eso va la novela El metall impur, de Julià de Jòdar (Proa), último premio Sant Jordi, que he comenzado a leer y que por su magmática intensidad reveladora de soledades e ilusiones me remite -es un decir- a un autor de gran entidad ensimismada, Malcolm Lowry. Pero Jòdar se refiere a Badalona, otro enigma social para los extraños, y a quienes la levantaron y se levantaron de la nada, mientras yo he ido al fin a la Mina, con la radio de Antoni Bassas, y el león no ha sido tan fiero como lo pintaban: es que se le está aplicando un nuevo plan de correcciones culturales y policiales que parece surtir efecto. Desde luego, están sus inhóspitos bloques de pisos de materiales cansados y cuarteados, con su densidad humana a menudo exasperada, pero también hay espacios luminosos y servicios de limpieza, sus pequeñas tiendas tan peripuestas, los chicos que van a la escuela. Aunque aseguran que pululan por ahí ventas de cochazos y televisores de plasma recién robados. Habrá en la Mina cerca de 3.000 familias, de ellas, una cuarta parte sufre la pobreza extrema.
Y, según parece, quienes se llevan la palma en ordenar la colectividad son las mujeres, agrupadas en asociaciones: es lo que ocurre en todas partes y aquí y en India son, por ejemplo, mucho más responsables que los hombres en la devolución de los benéficos microcréditos. El hombre tiende a la imposición social, aunque sea miserable, y esto lo brutaliza. La mujer, al sentimiento y a la comprensión, lo que la humaniza. Y la Mina linda con otro enorme fracaso, aunque actual y no de Porcioles: las volumetrías del Fòrum, desolados gigantismos.

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