Es gratamente paradójico que los medios se hayan ocupado de forma masiva de un superviviente de una literatura que es genuinamente minoritaria. Ningún prosista del 27 tuvo ni tiene muchos lectores. Me atrevo a asegurar que Salinas, como crítico y como narrador, ha sido y es mucho menos leído que como poeta, género minoritario por definición. Por lo demás, otros prosistas del 27 como Jarnés, Antonio Espina y Rosa Chacel, de forma escandalosamente injusta, son actualmente unos desconocidos. ¿En la España de hoy se leen los relatos de Ayala, uno de ellos antológico, el que tiene por título «El hechizado»? Barrunto que no.

Pero Ayala, además de un excelente narrador, es también un gran memorialista, precisamente de una época irrepetible. Su libro «Recuerdos y olvidos» es de obligada lectura no sólo como una señera muestra del género, sino también por lo que en él se consigna y se testimonia de una época irrepetible de nuestras letras. Francisco Ayala es, pues, un excelente narrador, un memorialista de referencia y un testigo privilegiado de la Edad de Plata de nuestras letras, acaso el único que nos queda. Por si todo ello fuera poco, es también un representante del exilio. Invito al lector a que lea en sus memorias las muchas anécdotas en las que da cuenta de sus vicisitudes en el exilio, incluyéndose en ellas los encuentros con coetáneos suyos, especialmente en la Argentina.

Y es el caso que nuestra España oficial, que diría Ortega, le rinde un más que merecido homenaje. Lo que había que preguntarse es si el homenaje es completo, es decir, si, de paso que Ayala es un prosista del 27, esto pudiera servir también para que desde las esferas oficiales se les diera realce a escritores como los antes mencionados.

Porque, a pesar de la oceánica bibliografía existente, tengo para mí que no se ha reparado a fondo en que la prosa de la generación del 27, la prosa narrativa, la prosa ensayística y la que incurrió en el género biográfico y también autobiográfico, todas ellas tienen como telón de fondo el auspicio y el magisterio de Ortega.

Pensemos, por ejemplo, en cuanto ensayistas y filósofos, que Zubiri nace en 1898, José Gaos, en 1900; María Zambrano, en 1904; Granell, en el mismo año que Ayala, 1906. Y, en cuanto a narradores, que Jarnés nace en 1888; Pedro Salinas, en 1891; Antonio Espina, en 1894, y Rosa Chacel, en 1898.

Prosa de la generación del 27. Prosa narrativa, ensayística y biográfica. Añadamos algo más. Hay dos autores adscritos en lo cronológico a la generación del 14, Rafael Cansinos Assens y Ramón Gómez de la Serna, pero que, sin embargo, su estética se corresponde mucho más con las vanguardias del 27. Ambos son figuras egregias también del género memorialístico. «La novela de un literato», de Cansinos Assens es un libro de referencia indispensable para conocer esa época de nuestras letras y de nuestra historia.
Por su parte, «Automoribundia», de Ramón Gómez de la Serna, si bien mucho menos conocida que sus «Greguerías», es una obra maestra de lo que puede ser la genialidad en ese género. Sin que olvidemos, de otro lado, que Gómez de la Serna es uno de los grandes biógrafos de la literatura española, así lo testifican sus libros sobre Goya y Valle-Inclán que constituyen auténticas catedrales del género.

Los datos hasta ahora referidos son un buen botón de muestra de algo que hasta hora no ha sido abordado con la profundidad debida. Y es que nunca el nombre de una generación, la del 27 en este caso, puede ser más parcial y discutible. Como bien se sabe, la denominación referida obedece al tricentenario de Góngora, que concitó a los grandes poetas de esa generación, tricentenario que tuvo lugar en 1927. Pero si Góngora es un punto de encuentro indiscutible para los poetas de esa generación, apenas tiene relevancia para los prosistas y ensayistas a los que se agrupa también bajo ese rótulo.

Y ello nos llevaría también a estudiar el magisterio de Ortega sobre una de las generaciones más brillantes de nuestra literatura contemporánea. Porque no fue sólo un maestro para los filósofos de esa generación, sino que fue también el teórico de una forma de hacer novela que se publicó en una colección dentro de la «Revista de Occidente» y fue también el que estableció las líneas maestras del género biográfico, que tan bien supieron llevar a cabo Jarnés y Espina, asimismo novelistas que siguieron los parámetros orteguianos.

¿Podrá servir el feliz centenario de Ayala para que la España oficial, el mundo universitario incluido, ilumine, clarifique y muestre el esplendor de lo que fue la prosa en todos sus géneros en la mal llamada generación del 27? Sería muy deseable académica y literariamente.

En todo caso, es un lujo contar en pleno siglo XXI con un escritor y testigo de esa época tan esplendorosa, con Ortega como máxima autoridad intelectual del país y como principal promotor de la vida intelectual y cultural.

Don Francisco Ayala es ahora lo más vivo e insigne de la Edad de Plata. Un lujo.