A media mañana, sólo ‘La Vanguardia’ se había presentado para cubrir el acto. El día era muy claro y soleado, pero con una brisa helada que hacía incómoda la espera. Tras los controles de rigor, a este corresponsal le franquearon el paso hacia una zona, rodeada de barreras, reservada para la protesta. Delante, uno de los gigantescos aparcamientos al aire libre del Pentágono. Detrás, los cuidados jardines en honor del presidente Lyndon Johnson y un bucólico puente de madera sobre el canal. Más allá, el río Potomac y el Washington monumental.

‘¿Les interesa esto en España?’, me preguntó un policía, con tono incrédulo y semblante aburrido. ‘¡Amo a España!’, exclamó. ‘Pasé dos años en Rota (la base aeronaval estadounidense), a principios de los noventa’, agregó.

La paz del lugar se interrumpía, cada minuto y medio, por el rugido de un avión en su maniobra final de aproximación al aeropuerto nacional ‘Ronald Reagan’, distante apenas unos kilómetros hacia el sur. Ni rastro de prensa ni de manifestantes. Al cabo de un rato fueron llegando otros colegas periodistas, la mayoría de emisoras de televisión locales y con el encargo rutinario de tomar algunas imágenes. Sabían de antemano que no sería un tema destacado de la jornada.

Pasó casi una hora hasta que el grupo de manifestantes se congregó al otro lado del canal para realizar su mitin. Estaban en familia. No llegaban a los doscientos. Pero entre ellos había algunas figuras conocidas del movimiento pacifista, como Cindy Sheehan, madre de un soldado muerto en Iraq y que se hizo famosa en el verano pasado por su acampada frente al rancho de Bush, en Texas. También estaba Peter Berg, padre de Nick, un joven contratista estadounidense que fue decapitado por los insurgentes. Los demás eran personas de edad diversa, idealistas fieles a la causa pacifista. Un par de chicas había venido desde Baltimore. Un minusválido en silla de ruedas repetía en voz alta las consignas que iban dando los oradores. Algunos vestían un mono naranja para denunciar el trato a los prisioneros de Guantánamo. Otros portaban un ataúd simbólico.

Antes de aproximarse a la valla, uno de los organizadores preguntó en voz alta, con aire de normalidad: ‘¿Quiénes quieren ser detenidos hoy? Que se pongan delante’. Algunos comenzaron a saltar y, de inmediato, eran detenidos, esposados con cintas de plástico y trasladados a un furgón. No oponían resistencia. Todo parecía perfectamente coreografiado: los arrestos, las fotos, los cánticos.

¿Cómo es posible que el movimiento pacifista norteamericano sólo pueda convocar a ese puñado de románticos en un lugar tan emblemático como el Pentágono y en el tercer aniversario de la guerra? Es verdad que en Chicago, San Francisco y Portland fueron varios miles los manifestantes. Pero en Washington, dos días antes, apenas 250 protestaron frente a la residencia del vicepresidente Dick Cheney. En Nueva York y Los Ángeles rondaron el millar. En conjunto, una movilización bajísima.

Las encuestas detectan una erosión muy notable del apoyo a la guerra y constatan la impopularidad de Bush. Pero eso puede ser más un síntoma de fatiga, o de pasiva indiferencia, que de firme oposición a la política del Gobierno. Al descontento contribuye también el efecto acumulado por otros problemas como el huracán ‘Katrina’ o algunos escándalos políticos. Iraq no es Vietnam por muchas razones. La primera, porque no existe como entonces el servicio militar obligatorio. El sufrimiento era entonces más democrático. La guerra de hoy se cobra un precio elevado entre las familias militares –ya sea por verse afectados directamente o por la angustia de estarlo-, pero la repercusión en el resto de la sociedad norteamericana es limitada. El tremendo coste financiero se expresa en unas cifras macroeconómicas que se escapan al ciudadano corriente. ¡Qué significan 100.000 millones más o menos para un déficit ya de por sí astronómico! No se olvide tampoco que el conflicto no sólo genera gastos sino una dinámica actividad económica de la que se benefician muchas empresas.

La Administración Bush juega con la ventaja de que no existe una alternativa opositora sólida a la política actual. Los demócratas están divididos en la cuestión de Iraq. Quienes promueven una retirada rápida son una minoría. Los demás critican con mayor o menor saña los fallos del Gobierno pero no ofrecen una vía muy diferente para encarar el futuro a medio plazo. Ven insensato un repliegue precipitado.

Los Bush, Rumsfeld y Cheney no deben volver a rendir cuentas a los votantes. Saben que, después de esta etapa, les espera un retiro en sus fincas de Texas, Nuevo México y Wyoming, respectivamente. Disponen de casi tres años, hasta enero del 2009, para tratar de mantener su política contra viento y marea. El presidente es obstinado y consciente de que su lugar en la historia dependerá del desenlace de Iraq y de si no se repite otro 11-S. En su cálculo no pesan tanto las encuestas coyunturales como lo que aquí se llama la ‘gran foto’. Esa ‘gran foto’ es compleja e inconclusa. En ella ve todavía que, hace 16 meses, los estadounidenses le otorgaron la confianza en las urnas. También ve que el descontento ciudadano, aunque real, cruza el Potomac con magras huestes y se diluye, digna pero mansamente, frente al Pentágono. En la brisa de una fría mañana de marzo.