VAN a por ella como en su momento fueron a por Nico Redondo, los últimos vestigios de un tiempo en el que el PSOE aún apostaba por un frente constitucionalista en el País Vasco. Con Zapatero al frente, por cierto, aunque ya queda claro que el ahora presidente iba a regañadientes en esta estrategia, en la que quizá nunca llegase a creer. Nico dio un paso atrás cuando lo defenestraron, porque se siente socialista desde la gestación y jamás hará nada que pueda perjudicar al partido, pero Rosa Díez, que aún no está liquidada, parece dispuesta a dar la batalla mientras le quede un soplo de aliento político. Y tiene un acta de europarlamentaria que no le pueden quitar. De momento.

Lo que molesta de Díez no es que sus tesis sobre el terrorismo puedan coincidir con las del PP, sino que muestra, como Redondo y algunos otros -cada vez menos, porque la mano del poder es muy larga-, que puede hacerse otro discurso desde el PSOE. Y como no tiene las hipotecas de un Bono o un Ibarra, está dispuesta a pronunciarse en público cada vez que alguien le pone delante un micrófono o una página. Además, su voz resuena bien fuerte en la Eurocámara, donde el Gobierno necesita un altavoz que amplifique sus consignas sobre el «proceso de paz», una rueda de molino con la que Rosa no acaba de tragarse la comunión del optimismo antropológico. Nunca ha sido cómoda, ni tampoco lineal en sus idas y venidas por el interior del partido, pero ya se ha vuelto definitivamente un estorbo. De modo que la han sacado de la comisión en la que se debaten los asuntos de terrorismo. Depuración se llama esa figura.

La disidencia respecto al diálogo con ETA es ya muy espinosa para el zapaterismo, en vista de que el tiempo pasa y no aparecen los esperados signos «del otro lado». En estas condiciones, y con mucha gente preguntándose ya desde dentro hasta cuándo va a dejarse chulear el Gobierno, los Pepitos Grillos resultan demasiado embarazosos. La acusación de compartir las tesis con el PP es significativa de este estado de nervios: precisamente lo que la mayoría de los españoles quisieran es que PP y PSOE unificasen de nuevo sus criterios antiterroristas. Que están por escrito, dicho sea de paso, en ese Pacto ahora convertido en papel dolorosamente mojado, tinta que ha de borrar el agua, que diría Alberti.

Lo que más vale no pensar es que la depuración de Rosa Díez responda al deseo de ofrecer a Batasuna un panorama institucional más despejado. Digo que más vale no pensarlo porque, de ser cierto, supondría nada menos que dejar en manos de los etarras la estrategia socialista en un foro como el Parlamento Europeo. Pero hay precedentes: a Paco Vázquez lo han mandado a Roma para que no entorpezca el pacto con el nacionalismo gallego. Igual a Díez le acaban ofreciendo otra embajada. Me decepcionaría que, llegado el caso, la aceptase.