A los aficionados a la literatura y al cine de ciencia ficción no les extraña el recurso a los llamados "mundos paralelos". En un mismo espacio se superponen personajes y situaciones distintas que conviven ignorándose y nunca se encuentran, salvo cuando se produce una ruptura imprevista. Entonces, mediante un agujero en el tiempo, los personajes de ambos lados se mezclan y surge el conflicto. Entre el asombro y el pánico, la crisis descubre que los otros existen. La política catalana es hoy un festival de mundos paralelos.
En una dimensión, conviven CiU y ERC librando una batalla agónica, visceral y autodestructiva, en un desierto virtual pintado por Dalí donde el PSC ha desaparecido pero, de vez en cuando, asoma la cabeza explosiva de Maragall para dar la razón a los independentistas. Es la dimensión dura del sentimiento trágico convertido en argumento, un país delirante donde Mas y Puigcercós realizan un cara a cara terminal, como si los socialistas (que lo gobiernan todo) fueran una mera entelequia. En la otra dimensión, todas las encuestas indican que la frontera de competencia electoral más importante de los próximos comicios catalanes es la de siempre, la que hay entre los dos grandes. Es en la marisma de votantes que hay entre PSC y CiU allí donde el hartazgo por la mala gestión del tripartito ha colonizado amplias capas ciudadanas que se mueven más por el contexto que por la ideología explícita.
El debate del nuevo Estatut prima la primera dimensión, la que reduce Catalunya a una interminable bronca familiar entre CiU y ERC. A medida que los republicanos se han visto descolocados por el acuerdo Zapatero-Mas, han acentuado su especialidad como partido líder en la gestión de los sentimientos. Por eso sus bases (no sabemos sus votantes) están hoy encantadas con sus dirigentes y, por eso, como recordaba el conseller Carretero en estas páginas, "el 100% de la militancia se está pronunciando por el no". Hay que leer con atención lo que dice el titular de Governació, pues anuncia la teoría del crecimiento de ERC mediante el conflicto: "Calculo que en Catalunya hay un millón de personas que ya tienen claro que quieren la independencia y tenemos que conseguir que nos voten".
El PSC, que es el partido líder en la gestión de los intereses, está cómodo refugiado en la segunda dimensión, mientras CiU pierde el tiempo prestando atención a una ERC que ha decidido apostarlo todo a doble o nada y que no saldrá del Govern a pesar de pedir el no en el futuro referéndum. La federación nacionalista es, a la vez, un partido que debe gestionar sentimientos y debe gestionar intereses. Por eso, los convergentes se mueven peligrosamente entre la primera y la segunda dimensión, cruzando los agujeros negros entre mundos paralelos y chocando con espíritus en zozobra, como el del president. Cuando Pujol gobernaba, CiU sabía sacar ventaja de esta doble identidad sentimientos/ intereses. El reto de Mas es hacerlo ahora desde la oposición y apuntalando a Zapatero, pero sin esperar premios fáciles: la sociovergència que algunos le reclaman es una idea totalmente proscrita en la calle Nicaragua. Tan cierto como que el mismo Pérez Rubalcaba que elogia a Artur Mas se entiende con Zaplana en las cuestiones de Estado, a pesar de las mochilas del 11-M. Los poderes fácticos que viven del aeropuerto de Barajas pueden certificar que lo único transversal es el PSOE-PP.
Claro que con Maragall nunca se sabe. Nunca.

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