Los juicios de los criminales de guerra solían ser un asunto serio. Recordemos las fotografías de Hermann Göring y Rudolf Hess sentados, taciturnos, en el banquillo en Nuremberg. Algunos líderes nazis incluso fueron colgados después de juicios relativamente cortos pero justos.
Actualmente, los procesos legales contra los líderes más malvados del mundo se han convertido en una farsa. El juicio a Saddam Hussein y sus secuaces del partido Baas es una serie interminable de vergüenzas. Los acusados usan una treta tras otra y Hussein muestra su desprecio de todas las formas posibles. Es difícil esperar un resultado que sea legítimo a ojos de los iraquíes o del mundo.
Mientras tanto, el juicio a Slobodan Milosevic se convirtió en funeral después de cuatro años de testimonios aburridos y un coste de más de 200 millones de dólares. En Camboya, las Naciones Unidas y el Gobierno llevan casi diez años titubeando sobre la forma de llevar a juicio a los miembros sobrevivientes de los jémeres rojos.
Los asesinos de masas que tomaron el poder en el siglo veinte estuvieron condenados a morir en revueltas populares o a que se les juzgara por sus crímenes -si no morían en el cargo-. ¿A quién le puede enorgullecer que el último jefe comunista de Rumanía, Nicola Ceaucescu, y su esposa fueran ejecutados sin siquiera la menor apariencia de un juicio justo? Las formalidades de un tribunal real siempre parecen mejores que la justicia instantánea, aunque el resultado final también sea la muerte.
Actualmente hay dos formas posibles de actuar contra un tirano depuesto. Una nación puede llevar a juicio a sus propios ex dirigentes, como hicieron los argentinos en los años ochenta con los generales responsables de la desaparición de más de 5.000 de sus conciudadanos. En el ámbito internacional, el modelo de Nuremberg todavía está disponible para generar juicios adicionales, aunque bajo las condiciones equívocas con que las potencias vencedoras en ocasiones asignan la responsabilidad de los crímenes, como en el caso de los crímenes contra la humanidad, que no estaban propiamente definidos en el momento en que se cometieron.
Hubo un tiempo en que se podían ver las ventajas tanto de los juicios nacionales como de los internacionales. Los juicios internos permitían a la comunidad local aliviar su tristeza al participar de cerca en el proceso. Como jueces y jurado, los compatriotas de los acusados también podían imprimir una mayor sensibilidad al evaluar la culpa porque se daban cuenta de las duras condiciones en las que un dictador depuesto había tomados sus decisiones. El juicio de los generales en Argentina fue un ritual exitoso en la dolorosa transición de la junta militar a la democracia, pero al final de la experiencia hubo muchas dudas. Aun después de las condenas, los generales fueron lo suficientemente poderosos para lograr que terminaran los juicios y después obtener el perdón del presidente entrante. La política de Argentina sigue enredada en las consecuencias legales de esos juicios de hace veinte años.
En el ámbito internacional, la decisión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de establecer el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (TPIY) también fue recibida con gran confianza. El TPIY tomó en efecto varias decisiones fundacionales bajo el liderazgo de Antonio Cassese. Pero después, los jueces tuvieron la desgracia de que se les cumpliera su sueño más anhelado: juzgar en su tribunal al archivillano Slobodan Milosevic.
Ahora no resulta claro cómo habrían manejado los serbios a Milosevic en un juicio local. Mucho habría dependido del partido político que controlara el tribunal. A escala internacional, el temor no era que hubiese demasiada política sino demasiado derecho. El juicio a Milosevic tenía que ser más que justo; tenía que ser un emblema de la justicia de la ONU. Por ello se le permitió a Milosevic defenderse a sí mismo -un gran error en términos de la duración y eficiencia del juicio-. No se puso un límite al número de testigos que los fiscales llamaron a rendir testimonio sobre las mismas historias espantosas de la agresión y brutalidad serbia.
Tomará muchos meses determinar qué fue lo que salió mal y por qué el juicio duró cuatro años, lo que es un escándalo. Mi corazonada es que los funcionarios bien intencionados del tribunal se dejaron influenciar demasiado por la Comisión para la Paz y la Reconciliación de Sudáfrica, un modelo pregonado en las escuelas de derecho como la alternativa deseada a la justicia de castigo. En los procesos sudafricanos el asunto más importante no era el futuro del acusado sino el pasado de las víctimas. Se alentó a todas las víctimas a que contaran su historia y el acusado escuchaba.
En el caso de las masacres que se dieron en el siglo XX, dichas narraciones pueden significar décadas. Alentar a las víctimas a hablar y dar después al acusado el derecho a obstruir el proceso proclamando sus méritos como líder político equivale a una fórmula para el aplazamiento infinito.
Una lección que hemos aprendido de los juicios a Milosevic y a Hussein es que no se debe llevar a juicio a hombres o mujeres con el fin de acabar con su atractivo carismático.
Trastornarán el juicio -sobre todo si se les permite defenderse a sí mismos- y utilizarán el tribunal para reivindicar sus carreras. A los tiranos sólo hay que juzgarlos después de que hayan sido claramente derrotados.
Irónicamente, fue una ventaja para las cortes de Nuremberg estar compuestas por representantes de las potencias vencedoras. Eran un constante recordatorio para Göring, Hess y sus secuaces de que los aliados tenían el control y de que los nazis estaban irreversiblemente derrotados. El objetivo claro del juicio siempre fue castigar a los culpables, no decidir la forma en que se escribiría la historia.
La tragedia en los casos de Milosevic y Hussein es que la historia todavía no acababa de escribirse y se estaba enjuiciando a la historia misma. La indecisión resultante de los que estaban a cargo dio lugar a procedimientos - tanto internacionales como nacionales- que facilitaban las fantasías de reivindicación y regreso. En el caso de Hussein, esa fantasía aún puede volverse realidad.
GEORGE P. FLETCHER, cátedra Cardozo de Jurisprudencia en la Universidad de Columbia. Autor de ´Romantics at war: glory and guilt in the age of terrorism´
© Project Syndicate/ Instituto para las Ciencias Humanas, 2006. Traducción: Kena Nequiz www. project-syndicate. org

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