Nada divierte más a cada generación que echar pestes de la siguiente o, por lo menos, perdonarle la vida y darle consejos no solicitados. Es lo que hicieron con nosotros nuestros padres y lo que muchos de mi quinta hacen con sus hijos y con los de los demás. Todo parece indicar que no tuvieron bastante con las tabarras que encajaron sobre la guerra civil y que las suyas deben ser soportadas por quienes han venido después a este mundo cruel. Aunque se enteraron de las algaradas parisinas de mayo del 68 por los periódicos, como todo el mundo, muchos las recuerdan como si hubieran participado directamente en la toma del Odeón y las ponen de ejemplo de lo que tienen que hacer los jóvenes concienciados. Por eso babean últimamente con la revuelta estudiantil francesa contra el empleo precario, mientras lamentan que a nuestros jóvenes sólo se les ocurra montar botellones como el del pasado viernes.
Aunque muchos de mi generación se han metido sus ilusiones juveniles por salva sea la parte y llevan bastantes años acumulando dinero y segundas residencias, han encontrado en lo que creen que fue su juventud una buena manera de reforzar su ya maltrecha autoestima. "¡Nosotros sí que teníamos ilusiones!" --claman-- "¡No como vosotros, que solamente pensáis en pimplar y en grabar vuestras gamberradas con el móvil!" En esa línea de pensamiento, no es de extrañar que el fenómeno del botellón se identifique con lo peor de lo peor.
¿Lo es? Bueno, yo creo que no es peor que ir a un partido de fútbol a berrear junto a otros trogloditas o que acudir a un mitin político para que cuatro cantamañanas te digan lo que tienes que pensar. Se trata en los tres casos de actividades gregarias de ésas en las que incurre el ser humano para sentirse acompañado y hacerse la ilusión de que no está solo en el mundo. En el pasado reciente, el desahogo juvenil se centraba en la política o en el rock and roll; pero ahora, cuando el comunismo y demás ismos del siglo XX se han revelado como unos siniestros tocomochos y cuando la música pop está en manos de demagogos como Bono y Manu Chao, puede que reunirse a beber en público sea lo más parecido a un golpe al sistema.
¿Nihilismo juvenil? Sólo en apariencia. Tras la torrija del fin de semana, todos los chicos del macrobotellón seguro que han vuelto a clase porque aún creen que habrá empleos cuando acaben la carrera. Casi todos se convertirán en miembros sensatos de la sociedad y acabarán utilizando ese macrobotellón como arma arrojadiza contra la generación que les suceda: la tajada colectiva alcanzará así un tono épico tal que dará vuelta y media a cualquier relato, real o imaginario, de la guerra civil o del mayo del 68. Tranquilícense los biempensantes, pues todos estos chicos que tanto les preocupan cada vez están más cerca del campo de fútbol, del mitin político, del coche y de la segunda residencia.
Quienes deberían preocuparles son esos chavales que no se apuntan al macrobotellón porque el gregarismo no va con ellos y porque tienen cosas mejores que hacer que reunirse con 2.000 mostrencos para trabajarse el coma etílico. Los molestos individualistas, presentes en cada generación desde el principio de los tiempos, son quienes deben inquietar a nuestros moralistas de salón, pues no se sabe por dónde nos pueden salir. Los adictos al botellón no sólo no representan ningún peligro, sino que, a diferencia de okupas y antiglobalizadores, hasta los puedes moler a palos sin que nadie se queje.

Escribe un comentario