La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

20 Marzo 2006

El azar, la sospecha y la discreta ley que se nos escapa, de Enric Juliana en La Vanguardia

Cuando un pingüino entra en tu vida es difícil que la abandone. Hace unos meses, este cronista eligió la figura del pingüino como metáfora, mejor dicho, como alegoría de la perplejidad que el enconamiento del debate político provoca en aquellos que se resisten a tomar partido de una manera ciega. Que todavía son muchos. Si la cabeza de un toro disecado es capaz de hablar en Madrid con sabiduría y nostalgia de una España senequista que probablemente no existe, el pingüino también puede retomar a Séneca y cultivar un estoicismo moderadamente alegre y con ganas de conocer mundo.

El caso es que de un tiempo a esta parte el cronista cree ver pingüinos por todas partes. El viaje del emperador, epopeya de los palmípedos de la Antártida, acaba de ganar el Oscar al mejor documental; Muerte con pingüino es el último título reseñado en la prensa del escritor ucraniano Andrei Kurkov, autor de una interesante serie de novela negra que tiene como protagonistas a Viktor, apurado redactor de necrológicas, y a su pingüino Misha, recogido de un zoológico en quiebra. Amigos muy leídos hablan con insistencia de La isla de los pingüinos de Anatole France, pero no hay manera de encontrar en las librerías de Madrid esa sátira de la historia de Francia que tanto éxito obtuvo en 1908. Y pintada en las paredes de la calle Romero Girón, adyacente al domicilio de quien estas líneas suscribe, acaba de aparecer una misteriosa procesión de pingüinos que concluye, parsimoniosa, en el quiosco de todas las mañanas.

Curiosa aparición. Ahí hay materia para un brote paranoico, esa patología que, en mayor o menor grado, todos llevamos dentro y que nos puede empujar a ver cosas raras allí donde sólo existe casualidad, que es la materia básica de la existencia y sus engranajes y, por lo tanto, de las no casualidades.

"Hay episodios de nuestra vida dictados por una discreta ley que se nos escapa", escribe Enrique Vila-Matas en Doctor Pasavento cuando la novela empieza a narrar las impresiones de un escritor al que todo parece empujar a la calle Vaneau de París, donde también vivieron André Gide, Julien Greene, Antoine de Saint-Exupéry... y Karl Marx, quien a su vez en la calle Vaneau entabló amistad con Federico Engels, redactando ambos en el apartamento parisino El manifiesto comunista. Vila-Matas, que es un escritor excelente, rehúye el azar y la casualidad y habla de datos que se manifiestan; no que se entrelazan o engarzan caprichosamente, sino que aparecen, como si estuviesen suavemente predispuestos por esa discreta ley. "Si naciste para martillo, del cielo te caerán los clavos", cantaba Gato Pérez en las noches celestes de Barcelona, cuando las cosas de este mundo se expresaban con un lenguaje quizá algo más directo.

Y si naciste para conspirador, en todos los sumarios judiciales hallarás materia para grandes fabulaciones, podría decirse esta semana a propósito del presunto embrollo del 11-M. Alguna cosa importante puede que haya cambiado en España cuando los escándalos a cinco columnas ya no son lo que eran; ya no se manifiestan igual que antes. Como si hubiese un hartazgo de fondo. A principios de los años noventa, la irrupción de la cultura de la sospecha, basada en hechos que resultaron ser bastante ciertos, condujo a la democracia española a la edad adulta. Diez años después, con el mundo descuajeringado, la conspiración y el misterio pululan en las librerías como gran telón de fondo. Nos evadimos leyendo que una racionalidad secreta, el Patronato de Sión o la secta de los Illuminati, rige el caos.

Por lo tanto, la teoría conspirativa del 11-M, basada en la sospecha de que el atentado pudo haber sido orquestado por uno o más servicios secretos, es un producto de gran potencialidad comercial. Es tanta, sin embargo, la competencia, que todo nuevo relato de intrigas necesita un armazón mínimamente sólido. No basta con la ambición sin límites. Ése es el error cometido, de momento, por los amantes del complot no islámico. Y más grande aún es el error de Mariano Rajoy dejándose utilizar como gregario de una operación que ha indignado a la magistratura. La gran novedad de la semana es ésta: la irritación de los jueces y la policía. Y la súbita reacción de un sector de opinión del centroderecha que parece emerger con una visión más realista e inteligente del cuadro político. Porque una cosa es creer, como Vila-Matas, que hay cosas en la vida y en la política que se rigen por una discreta ley que se nos escapa, y otra soñar con vender más que Dan Brown. Y creer, quizá porque tantos lo escriben de manera obsesiva, que en España el Estado ya ha dejado de existir.

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