En la euforia estudiantil de Mayo del 68, los adoquines eran rescatados del pavimento parisino para ser lanzados al aire hasta oscurecer el cielo antes de impactar contra los escudos de los gendarmes acorazados. Los estudiantes descubrían así que bajo la calzada no estaba el mar antes de darse cuenta de que lo realista no era pedir lo imposible. El general De Gaulle no sólo sacó a la policía a la calle, sino que movilizó a los padres de los manifestantes hasta abarrotar los Champs Elysées desde el Arco de Triunfo a la Concorde. No hubo revolución, ni siquiera algunos cenaron caliente durante unas noches. Y la utopía se guardó en las enciclopedias y los agitadores se convirtieron en ejecutivos.

Casi cuarenta años después, la Sorbona vuelve a estar en ebullición y de nuevo los adoquines son reconvertidos en misiles domésticos, pero esta vez los universitarios no quieren transformar el mundo, sino sólo cambiar un contrato del primer empleo que permite que a un joven se le pueda despedir sin más justificación durante los dos primeros años. Los estudiantes ya no gritan "la imaginación al poder", porque algunos de aquellos revolucionarios del pasado, cuando han llegado al poder, han utilizado la imaginación para autorizar unos contratos como los que les han puesto en pie de guerra.

Francia asiste a la revuelta popular sabiendo que el final de la misma estará condicionado por el pulso entre Villepin-Mimosín y Sarkozy-Vive Mariano!, dos candidatos a la sucesión de la presidencia francesa, que aspiran a la silla de un Chirac que no puede acabar en paz su mandato. Algún problema tienen los actuales aspirantes; cuando todavía arden las brasas de las rebeliones de las periferias francesas se les enciende una hoguera en el centro de París. Si los jóvenes inmigrantes de los barrios marginales no encuentran salidas, los jóvenes franceses de las metrópolis tampoco. Si los primeros son víctimas del fracaso escolar, los segundos parecen damnificados de su éxito. Dos de cada tres franceses consideran que los estudiantes tienen razón, así que no es Houston como en el Apolo XIII quien tiene un problema, sino el Eliseo como hace 38 años.

Uno de los más íntimos colaboradores de Dominique de Villepin, Renaud Muselier, dijo en una ocasión la siguiente frase demoledora: "Villepin se ocupa de todo, del resto ya me ocupo yo". Alguien deberá ocuparse de un momento delicado de un país donde cada vez ocurren más cosas sin que nadie sea capaz de explicarlas, como si los gobernantes estuvieran en el limbo. Y París podrá ser un paraíso, pero de limbo no tiene nada.