Llega la primavera, pero no se despisten con aromas florales de ningún tipo y recen para que llueva hasta que los pantanos revienten. De lo contrario, la letanía sobre la pertinaz sequía y las amenazas de restricciones volverán a ser el pan nuestro de cada día. Nuestros consejeros y altos cargos sostenibles parecen deleitarse cuando reprochan a los ciudadanos sus supuestos excesos. Somos reprobados por los administradores como si derrocháramos agua, cuando todo el mundo sabe que el consumo doméstico es notablemente inferior al agrícola o al industrial, por mucho que nos propusiéramos tirar de las cisternas del lavabo de una forma compulsiva o construyéramos un campo de golf de medio hoyo y con piscina en cada una de nuestras terrazas. El derroche del agua se produce en las conducciones y, sobre todo, en sistemas de regadío agrícola ineficaces y totalmente periclitados.
Así que si no tenemos la fortuna de que llueva, exijamos a los funcionarios de la sostenibilidad que dejen de acosarnos. Hemos seguido el IV Foro Mundial del Agua, en Ciudad de México, y hemos sacado algo de agua clara. Entre otras cosas, que el líquido elemento se ha convertido en un oro azul que empiezan a explotar todas las multinacionales imaginables, que su rentabilidad es superior a la del petróleo y que tanto Catalunya como el resto de España deben de figurar en los primeros lugares del ranking mundial de consumo de agua embotellada, pese a que cada litro de ésta cuesta casi trescientas veces más que uno de agua corriente.

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