El jueves, Maragall adjuró en público del Estatut, que estaba llamado a ser el logro histórico de su presidencia y del tripartito

Aquí lo tienen. ¡Pataplás! Pasqual Maragall lo ha vuelto a hacer, le ha pegado un viaje al tablero y las fichas han volado por los aires. ¿Recuerdan la crisis del 3%? Intentar deconstruir la personalidad compleja y burbujeante del nieto del poeta es un afán inútil. Su espontaneidad, que incluye toda clase de cabriolas, tropiezos y curiosos movimientos en diagonal, se completa con severas explosiones de carácter. Así es que siempre sorprende, ya rozando lo genialoide, ya hundiéndose en oscuros y voraces pantanos. Ocurre que lleva una larga temporada sin dar pie con bola, sorprendiendo, sí, pero para mal. Está solo. En cierto sentido siempre lo ha estado, si se exceptúa a su hermano. Él y Ernest son como el yin y el yang, como Zipi y Zape, iguales pero diferentes. Dos caras, complementarias, simbióticas, de la misma moneda. No se entendería al uno sin el otro y al otro sin el uno. Luego está el primer anillo, el de los más fieles, el de sus colaboradores más allegados. Pero ya nada es como diez o doce años atrás en el Ayuntamiento de Barcelona. El anillo se ha debilitado y aquel aroma floral del Camelot postolímpico se ha extinguido hace mucho, ya no está en el ambiente
Fue el jueves. El president se sacó un papelito y lo leyó en su toma y daca con Artur Mas en el Parlament. No era un papelito como los de siempre. Esta vez no lo había visto Miquel Iceta.Increíblemente, cargó contra el pacto alcanzado entre Zapatero y Mas el pasado 21 de enero en La Moncloa. Estaba abjurando en público del que debía ser el gran hito histórico de su gobierno, contra el Estatut, la obra teóricamente llamada a procurarle a su figura un aurífero contorno. Acababa de desenterrar el hacha de guerra para abalanzarse sobre Zapatero, el PSOE, Montilla y el PSC. También contra CiU, que ha jugado tan bien como ha sabido las buenas cartas que el jefe del Gobierno español le ha servido. Si a finales de 2003 Carod-Rovira y ERC adoptaron la «decisión estratégica» de convertir a Maragall en el sucesor de Jordi Pujol, en verano de 2005 fue Zapatero quien tomó la suya y apostó por cambiar de tercio y buscar el entendimiento con Mas y CiU.

Maragall, como ERC, se revuelve contra el Estatut. Carod-Rovira, al que hace más de dos años el presidente echó del tripartito, se ha convertido en su compañero de fatigas. A la vista de la inercia de los acontecimientos, probablemente Maragall ha llegado a la conclusión de que Esquerra no dispone de margen para corregir el rumbo y acabar votando que sí en el referéndum estatutario.Y si ERC no rectifica, va a ser muy complicado acabar la legislatura y, con ello, que la percepción que los catalanes tienen del tripartito y de él mismo pueda mejorar. El viento aúlla huracanado y el president está completamente rodeado por el Séptimo de Caballería, pero, sin embargo, no parece dispuesto a negociar un arreglo digno, sino a vender muy cara su piel política. Por eso se ha lanzado ciegamente contra sus asediadores. Resulta improbable que Maragall pueda salir bien librado de ésta, pero todo indica que no va darse por vencido sin antes causar graves destrozos o, incluso, llevarse por delante a alguno de sus enemigos. Todo conduce a pensar que no hay vuelta atrás. A los socialistas, de aquí y de allí, les encantaría que Maragall se fuera a su casa. Veremos si eso sucede.