Javier Carvajal comentaba como un alumno prepotente le decía en clase: «Le Corbusier está muy "superao"» a lo que el desbordante profesor le contestó: «Es posible, pero no por usted». Le Corbusier en el 36 estuvo en Brasil y plantó una semilla que, como todo en aquel clima, prosperó con fuerza y vigor. Tratar de criticar la obra de una personalidad como Oscar Niemeyer, a estas alturas, no nos llevaría más lejos que el ridículo soportado por aquel estudiante. Valorar la idoneidad de la decisión de la Fundación Príncipe tampoco sería cometido fructuoso. Lógicamente, la Fundación da prestigio y se prestigia de aquellos a quienes galardona y es quizá Niemeyer la única figura viva de aquel racionalismo orgánico que revolucionó todo el panorama arquitectónico del siglo que acaba de terminar. Niemeyer, como reza un corto sobre su figura, es un hombre comprometido con su siglo. Calatrava ya ha sido, y está siendo, suficientemente representado, con unas estructuras -con unos costillares de hormigón diría yo- que, a medida que los vemos crecer, nos dan cuenta del gran organismo que vamos a encerrar en una ciudad pequeña. Sáenz de Oiza, por desgracia, nos ha dejado. Así pues, tampoco es muy grande el elenco de posibles receptores de este difícil encargo (quizá Foster, en calidad de consorte de la doctora Ochoa, miembro del jurado). Si vamos a la crítica fácil y cicatera, les invito a mirar con que años pintó Ingres «La Fuente», o ver los últimos óleos de Tiziano. Es más flojo el último Wright, probablemente, pero no me hubiera gustado que Le Corbusier se jubilara a los 65 y quedarme sin «La Tourette». Cuando un artista nos sale así, la sociedad debe de exprimirlo hasta el fin. No parecía deprimido ni cansado Niemeyer en la última entrevista suya que he leído; el gran arquitecto decía que su arquitectura estaba inspirada en las curvas de las playas y montañas y de las mujeres de Copacabana. Quiero, antes de acometer para quitar la última crítica que escucho a este proyecto, recordar, para que no se nos olvide, los desatinos que vamos provocando. Quiero recordar, digo, que tuvimos un proyecto de Moneo, en la parte norte de Oviedo, con unos cubos similares a los que ahora admiramos en San Sebastián y también un proyecto suyo en la Gesta y los perdimos. Quiero recordar, también, que teníamos a Juan Navarro Baldeweg hace dos días dispuesto a acometer el Hospital de Asturias y que desde su adjudicación estuvo sufriendo críticas de escolares. Ahora ya descansamos, ya se fue. Quiero recordar que, en estos momentos, se expone en el MOMA de Nueva York el proyecto «Salamandra» para la talasoterapia en Gijón que tampoco veremos hecho aquí. Ahora hemos visto la propuesta de Niemeyer, quien, como comprenderán, ha hecho ya grandísimas obras, contrastando lo cóncavo y convexo, como hizo en el Parlamento de Brasilia; creciendo desde la base, como en el Museo de Caracas; con un platillo volante, en el Museo de Niteroi. Seguro que está copiándose a sí mismo, pero sigue siendo él. Ya no tendrá el calor de Lucio Costa, ni podrá colaborar en los jardines Burle-Marx, habrá perdido fuerza. Dejémosle trabajar. Arropémosle y sobre todo respetémosle. Yo soy de Avilés, de Gijón, de Oviedo y de Mieres, y también de Taramundi, Tios y Covadonga. Es más, oyendo a Oscar, parece que uno oye a Walt Whitman (o alguna parte de Byron ) y apetece decir que en realidad: yo soy la ría de Avilés, yo soy la Campa de Torres, soy las nieves y las flores pequeñas y la sierra del Aramo; yo soy también la catedral de Oviedo, geografía de grande y hermosa que es, y siento en el interior de mi torre, encerrado en un eterno retorno, a Fermín de Pas, mirando a otros barrios con chimeneas donde cree que tiembla su poder terrenal, que no el divino, que no es suyo. Como ven también soy Clarín y Nietzche. Seamos todos todos, para ayudarnos, para crecer juntos. Tenemos un invitado universal, escondamos nuestras miserias si, como veo, no podemos eliminarlas; seamos unos buenos anfitriones: el mejor mantel, matemos el mejor cordero. Adelante maestro, mi casa es su casa.
Rogelio Ruiz Fernández es doctor arquitecto.

Este mensaje es para Rogelio Ruiz Fernández, desde Montserrat-Valencia
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