Mírese al espejo un sesentayochista ya casi jubilado. Observe sus arrugas. Y sonrójese cuando el azogue le recuerde sus años más mozos y vocingleros. Dese a la fuga, a no ser que reconozca que él también bebió, que él disfrutó de lo lindo viendo cómo se escandalizaban sus progenitores (A y B). Pero ahora son gentes de orden estos que fueron rojos y revolucionarios. Ahora todo sermonear. Y decirles a sus nietos que no beban, que no se dejen alienar por el consumo, que sean lúcidos y libres, que hagan como ellos y que lleven la imaginación al poder. ¿A alguien se le ocurre un ejemplo mejor de cinismo estomagante? No es fácil, a decir verdad.

Ahora que consiguió su Audi y su adosado. Ahora que habla con sus compañeros de actividades deportivas por aquello del colesterol, de lo mal que van los fondos de inversión. Ahora que el mundo es a su imagen y semejanza, después de haberlo taponado casi todo, es el turno para escandalizarse; para hablar de sendas equivocadas; para la moralina de una generación que lo traicionó casi todo.

Abuelo sesentayochista que estuvo en París. Nieto que, a golpe de teléfono móvil, va con sus bártulos a la reserva india que es el botellón. Chozas construidas con las bolsas de los supermercados, acampada con tetra brick. Consumo de alcohol desenfrenado. Grito en contra, no ya de la marginalidad más genuina, sino de esta otra que tan bien conocen los adolescentes, aquella que les señala que el futuro y ellos no existen. Los adolescentes son el arma cargada de futuro a la que se le quitó toda la munición. En sus reservas indias lo que dicen es que ellos también existen y que el mundo les resulta no sólo ancho y ajeno, sino también extraño. Pueden sentirse de otro planeta, pues en éste, a los ojos del presente, no hay futuro para ellos, colectivamente hablando.

Son molestos y además quieren serlo. Quizá, sin ser muy conscientes de ello, atisben que una actitud amable y sumisa no les sirve para reivindicar su existencia.

Invasores del espacio urbano con vocación masiva gracias al poder de convocatoria de un artilugio tan cotidiano como el teléfono móvil. Se sienten más fuertes cuanto más espacio ocupe su acampada, siempre provisional. Saben que sólo dejarán tras de sí material de reciclaje. Y poco más. La nada en el sentido más genuinamente sartriano.

Noches sin arrugas para pieles firmes. Noches de alcohol y de ritmos musicales frenéticos. Bebida y decibelios. Un tiempo, la noche, con espacios que invaden sólo por horas. Esto es algo más que una adolescencia que incurre en el refalfio. Esto es el grito de guerra de los que no tienen sitio en la sociedad, ni en los medios de comunicación. Esto es la acampada de quienes el resto del tiempo no salen de la virtualidad más o menos interactiva de los móviles y de los ordenadores. Esto es la provocación de quienes no pueden estar conformes con un presente cómodo y con un futuro sin sitio.

Hagan ustedes, señores de la sociología, el retrato del adolescente refalfiado. Hagan ustedes el retrato de quien posee los últimos juguetes tecnológicos, de quien dispone de muchas comodidades. Háganlo. Y atrévanse a pedirle que sea lúcido sin acidez, que se comporte según los patrones más tópicos. Se reirán de ustedes de forma estentórea y ostentosa. Díganles que dentro de diez años estarán en la misma habitación y que desde ella cada cual elaborará sin cesar su currículum. No va a ser por carreras ni por másteres. Va a ser por que se encontrarán en muchísimos casos sin sitio.

Este mundo en que vivimos impide que los adolescentes y jóvenes puedan desarrollar lo que es su derecho y su deber más irrenunciable: soñar. Es ello así por la ausencia de perspectivas en el futuro. Si no hay sueño que valga, ni individual ni colectivo (el abuelito sesentayochista se encargó también de cerrar esto último), ¿hay altura moral para esperar de ellos que no se desahoguen con un presente dionisíaco, efímero por definición?

Y es que el botellón significa, además de otras muchas cosas, la salida por horas de la virtualidad. La realidad es del abuelito, del que habló de la imaginación al poder, del que ahora predica aquello que les quitó a los jóvenes y adolescentes: el arsenal onírico y desiderativo, individual y colectivo.

Por lo demás, ¿es que abuelito no bebió, es que abuelito desconoció los peajes en paraísos de usar y tirar? ¡Venga ya!