Pasan los años y cada día eres más consciente de que pensar diferente del que tienes al lado es bueno para la evolución intelectual de las sociedades. Lo digo con militancia y sabiendo que el esfuerzo que se debe realizar para ello es superior a otras formas de plantearte la vida.
Existen dos métodos. El que sirve para dejar claro que la razón está siempre de tu parte, o el método que permite descubrir qué hay de razón en el otro que, de existir, puede ser añadida a tu propia argumentación. Algo complicado, pero útil para que cada uno sepa donde se mueve.

Es como estar a favor o en contra de las lenguas. El caso de las dos que cohabitan en Cataluña, por fortuna para todos, o al menos para los que se sienten a gusto en una sociedad bilingüe hasta la saciedad.

Sin cifras oficiales, sólo oficiosas, en Cataluña somos siete millones de personas. De estas, y con mas cifras oficiosas, casi la mitad hablamos con regularidad el catalán o castellano. Un 40% entienden el catalán y el castellano, aunque normalmente se inclinan por el segundo. Existe un 10 por ciento que nunca habla en catalán, aunque una parte recién llegada lo entienda con esfuerzo. Estos no son datos de ningún estudio. Son un acercamiento a la intuición de la calle. La que siempre se espabila más que la clase política para estar en su puesto y gestionar las situaciones con inteligencia.

Por lo tanto existe más de un 50% de la población que no considera el catalán una lengua prioritaria, pero convive con ella con naturalidad, en algunos casos con amor y en otros con resquemor; un resquemor del día a día.

Vayamos por partes, y una vez más puntualizando: en Cataluña no existe persecución del castellano, como aseguran algunos dirigentes del PP. Puede ser un buen titular, pero esa supuesta prohibición no existe. No es nuevo, ya lo hemos escrito en más de una ocasión.La cuestión es mucho más sibilina, retorcida o ambigua.

Una vez superado ese molesto escollo, es cierto que desde algunos estamentos catalanes se pretende borrar el castellano de la vida cotidiana. Es evidente. Si la sociedad catalana es bilingüe y alardeamos de ello, ¿no debería utilizarse el castellano en las escuelas con más normalidad, o en la Administración? Así pues, o algo no funciona o alguien miente.

El castellano no es un idioma perseguido, sí despreciado por algunos. Por omisión o por devoción, que también los hay. Esta es la parte más política de la lengua y, de rebote, también de la cultura. Política y cultura, nunca se llevaron bien. Básicamente porque la política ha querido siempre cercar la cultura para su beneficio particular. El de unos y el de otros.

La mejor propuesta para que las lenguas se consoliden entre las sociedades y formen culturas, que en ocasiones comparten lenguas, es convertirlas en instrumentos simpáticos de la cotidianidad.Sé que para muchos el término simpático ya les resultará chocante.En algún caso hasta insultante. Demasiado débil. Pero las lenguas que uno debe aprender cuando llega a una nueva sociedad es mejor que las cultive por deseo propio que por imposición.

Sobre estas cosas, discutíamos con un Protos en la mesa y la resaca del maldito destino, con la directora de la revista Granta, Valerie Miles. Esta mujer de Pennsylvania, que llegó a Barcelona en el año 1991, se reafirma en la simpatía de las lenguas y me explica la experiencia de muchos estudiantes de Latinoamérica que llegan a Barcelona teniendo un concepto cultural de la ciudad que después se les desploma. «A muchos les dicen que el catalán es fácil; ¡no hay problema, en dos días lo entiendes! Y una cosa es hablar en la calle y la otra es seguir una clase sobre Hölderlin en catalán».

Dos cuestiones a este comentario. Primero: el catalán no es una lengua fácil porque también es una lengua culta. O sea, muy mal por los que venden que es una mala copia del castellano. Como buena lengua tiene su parte culta y su parte estándar. Y eso lo entienden, a la fuerza, los becarios internacionales.

Y dice Miles, que ellos se hacen una pregunta: «Si tan importante es la lengua para la cultura ¿porqué no explican lo significativo de ello, en lugar de obligar?». Es la cuestión principal. La de la simpatía de las lenguas. Pero después de mucho esfuerzo por algunos, existen colectivos que están cansados de la lentitud del método. Mejor la obligación que la simpatía.

Sin ir más lejos en una comida/debate en la Fundació Trias Fargas hace años, mi idea de lengua simpática tuvo como oposición a Isabel-Clara Simó, que no lo veía claro, ante mi asombro, por considerarla una buena escritora. Pero, y en los tiempos que corren, los defensores del catalán a ultranza (a la larga enemigos) con sus sanciones al comercio, su obsesión por conocer la lengua que se habla en la intimidad entre un paciente y un médico y su esfuerzo para que el castellano desaparezca de las escuelas, sólo consiguen que las simpatías por la lengua de Fabra estén en retroceso. Aparece un gesto vil de los más fundamentalistas, que no son muchos, pero que ahora mandan mucho. Habrá que esperar tiempos de azahar/tarongina.

alex.salmon@elmundo.es