Que vivimos en el mejor de los mundos conocidos no cabe la menor duda, pero tampoco que continúa albergando la gangrena. Así, dos hechos impresionan estos días, en lívido maridaje: los centenares de subsaharianos que llegan o no llegan en las fatídicas pateras a Canarias procedentes de Camerún, mientras en Francia miles y miles de jóvenes se han lanzado a la calle en revuelta algarada. En ambos casos, se trata de la economía, sea la miseria, el hambre o la precariedad. Los jóvenes rechazan un contrato basura de dos años, que sin duda daría trabajo a muchos en esa época de penuria económica francesa, pero a cambio de mantenerlos en vilo laboral precisamente en la época en que deben afianzarse. Mientras, los africanos huyen de sus países impulsados por el absoluto desastre: no hay trabajo, no hay dinero, no hay hospitales, a la vez que hay tiranía, hay guerra, hay sida, por lo que prefieren morir en su huida que angustiarse hasta extinguirse.
Es decir, que no existe solución posible real para impedir las revueltas francesas ni la inmigración subsahariana, pues Francia es hoy incapaz de dar trabajo a su juventud y la Unión Europea y/ o España retornan a su país de origen a cuantos fugitivos pueden. Precisamente Francia padeció unas recientes algaradas debidas a hijos de inmigrantes. Yesa alocada y pueril alegría del botellón hispano, ¿no revela también algún tipo de vacío, de dudosa sublimación de las incertezas que acosan a los jóvenes? Las que se extienden a nuestros ancianos y a mucho jubilado. Cierto que siempre han existido la explotación y la inseguridad, pero por ello también ha reinado la injusticia y han estallado las revoluciones. El fatalismo aboca a una fatalidad aún superior, una sociedad y una persona sólo vivirán si lo erradican, la prédica fatalista es inmoral por falsa, someterse no arregla nada, sino que empeora. Así los subsaharianos prefieren exponerse a la muerte a seguir postrados; igualmente los palestinos de Hamas y quienes sean se apuntan al terror porque temen menos morir matando que continuar en el estercolero. De los terroristas islámicos choca que una porción de ellos se haya convertido al islam y al asesinato estando en la cárcel por cualquier delito.
Actualmente los libros que más se venden son los de autoayuda y los fantasmagóricos conspirativos, mientras los programas televisivos con audiencia son seriales chocarreros y guirigáis sobre famoseo. Y cada español ve al día más de 4 horas de televisión. ¿Por qué tanto dinero y energía consumidos por un hedonismo evasivo y cerril, mientras junto a estos televisores mueren los negros y padecen los jóvenes?

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