La controversia sobre el Museo de los Premios ha dejado heridas en las instituciones y en las formaciones políticas de la región
AL conocerse la declaración del Patronato de la Fundación Príncipe de Asturias, Álvaro Álvarez, 'hombre fuerte' del socialismo avilesino, sentenció: «Hay vencedores y vencidos. Los vencedores fueron Asturias y Avilés y los perdedores, Gabino de Lorenzo y el PP de Avilés». Una curiosa forma de evaluar en la que la victoria se identifica con los territorios y la derrota queda reducida al rostro o las siglas de los rivales políticos. Por desgracia, el paisaje después de la batalla es muy otro. La agria disputa sobre el Centro Internacional Oscar Niemeyer y el Museo de los Premios sólo ha producido destrozo. Hagamos inventario de daños.
La primera víctima de la polémica es la propia Fundación Príncipe de Asturias, que se ha visto sorprendida entre el fuego cruzado de los máximos representantes institucionales del PSOE y del PP, el presidente del Principado, Vicente Álvarez Areces, y el alcalde de Oviedo, Gabino de Lorenzo. Tras 25 años de suscitar consenso, al que sólo fueron renuentes los adalides de un republicanismo residual, se encontró la Fundación en medio de la principal controversia política de la legislatura, con recogida de firmas incluida. El comunicado del Patronato de la Fundación es una forma elegante de abandonar el campo de batalla, para dejar que los partidos políticos discutan entre ellos. Una cosa es polemizar sobre el Centro Internacional Oscar Niemeyer y otra muy distinta es hacerlo sobre el Museo de los Premios. Ahora cabe aplicar a la Fundación los cuidados propios de toda convalecencia, pero el mal ya está causado, aunque quizás sus efectos no se vean hasta que transcurra un cierto tiempo.
Si la Fundación Príncipe de Asturias ha quedado dañada por la controversia, los intereses de nuestra región han sido igualmente afectados. La excelente gestión de la Fundación a lo largo del último cuarto de siglo ha tenido su principal beneficiario en nuestra comunidad autónoma. La Fundación es el gran icono de la Asturias democrática, la imagen de una región con gran arrastre histórico, sensible a los valores de la cultura y atenta a los fenómenos que se producen en el mundo globalizado. Digamos que la contraimagen de ese mensaje es la que ahora se ha vertido, con la aparición en escena de un territorio desvertebrado, articulado sobre intereses localistas. Considerar que una posible salida honrosa al conflicto consiste en que nunca se construya en ningún sitio el Museo de los Premios, como ha dejado entrever Gabino de Lorenzo, evidencia la mentalidad del que prefiere la entrada de un defensa en falta a colaborar en la elaboración de un gol. Por desgracia, no creo que esa forma de pensar sea exclusiva de Oviedo, sino que resulta representativa del pensamiento dominante en nuestra región.
Otro efecto nefasto de la polémica es que ha introducido la división en el interior de los partidos. El caso más visible es el de Izquierda Unida, donde las antiguas tendencias ideológicas toman ahora forma de territorios: Oviedo, Avilés, Langreo. En IU hay una larga tradición de debates autodestructivos, con anatemas y expulsiones. El posicionamiento de la consejera Laura González, de raíces avilesinas, y del coordinador regional, Jesús Iglesias, en contra del grupo municipal ovetense encabezado por Roberto Sánchez Ramos, puede llevar a una larga cadena de descalificaciones que repercutirá en la gobernabilidad del Principado. Tratándose de un museo, cualquiera de ellos puede sufrir el síndrome de Sansón y, aferrado a sus columnas, hundir el edificio sobre las cabezas de todos.
En el PP, la división es una consecuencia del pronunciamiento netamente localista de Gabino de Lorenzo. En el grupo municipal de Avilés hubo quién prefirió ausentarse a tener que votar; el apoyo de Ovidio Sánchez al alcalde de Oviedo no deja de ser la demostración de una renuncia al identificar los intereses de una ciudad con los de la región. El PP de Asturias pasó de basar su estrategia en los logros de sus ministros (Rodrigo Rato, y Francisco Álvarez-Cascos) a apoyarse en la figura del alcalde de la capital.
Expectativa de voto
Los socialistas fueron los que aparecieron menos divididos en la polémica, con el argumento común de cerrar filas contra Gabino de Lorenzo. Esa postura parte de un análisis previo, al considerar que en Oviedo tienen unas expectativas de voto tan bajas que no pueden perder nada por enfrentar su criterio al de decenas de miles de firmas. Cuando nadie se acuerde ya de la polémica en torno al Museo de los Premios, debe el principal partido de la región abrir una reflexión sobre su política en la capital. Una reflexión que debería de partir de dos premisas. El PSOE gobernó en Oviedo durante ocho años, y la población tenía las mismas afinidades ideológicas que ahora. No es un gramo más de derechas el Oviedo de 2006 que el de 1986. La otra premisa tiene que ver con la perspectiva electoral. Faltan catorce meses para las elecciones locales y todo el mundo reconoce, en privado, que Gabino de Lorenzo va a renovar su mandato como alcalde por mayoría absoluta. Una garantía de la que carecen los socialistas en Gijón, en Avilés, o en el Principado.
El presidente Areces señaló que la disputa en torno al Museo de los Premios tendría como resultado el fracaso del localismo rancio. Sin embargo, nada indica que los intereses localistas hayan retrocedido. Es evidente que la supuesta proyección regional de Gabino de Lorenzo queda truncada, pero el alcalde de Oviedo jamás participó en batallas políticas con argumentos regionales; siempre tuvo un discurso de hincha de fútbol como forma de expresión de un populismo radical que se refleja en esa estética recargada de farolas, fuentes y estatuas por doquier.
Los intereses localistas van a sesgar la vida cultural, de forma que el Palacio de Congresos de Calatrava quedará reducido a un símbolo ovetense, como la Universidad Laboral lo será de Gijón y el Centro Niemeyer de Avilés. Edificios poderosos, equipamientos costosísimos, que encuentran su réplica en las cuencas mineras, en la imponente planta del macroedificio del campus de Mieres. Fortalezas aptas para que den la batalla los señores de la guerra, esa curiosa orden de nuevos cruzados en la que velan armas algunos alcaldes del brazo de líderes sindicales.

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