En el día del Padre, de Josep María Fonalleras en La Vanguardia
La publicidad utiliza a menudo (y en cuanto se acerca el día del Padre, más) los dibujos infantiles perpetrados por menudos artistas que transmiten ingenuidad, autenticidad y mensajes ocultos. No hay que adentrarse demasiado en la bibliografía sobre psicología infantil para darse de bruces con interpretaciones que analizan el trazo y su intensidad, el sitio exacto de la hoja donde el niño empezó a dibujar, las diferentes medidas con las que identifica a papá o a mamá o los colores utilizados: el rojo para la vida, el amarillo para la curiosidad, el naranja como necesidad de contacto social, el azul decodificado como tranquilo, el negro como representación del inconsciente..., y así con toda la gama. De todo ello se deduce que el niño tiene algún déficit, que no logró superar no sé qué estado de inmadurez, o que justamente acaba de superarlo. El dibujo infantil promete todo eso y mucho más, y es tremendamente sincero. El discurso entero se sustenta en la sinceridad. El niño no miente cuando dibuja, sólo se trata de adivinar qué quiso decir desde la caverna de su cerebro. No voy a negar, por Dios, que tal cosa sea cierta. Conozco a unos cuantos psicólogos que se indignarían conmigo sime atreviera a poner en duda la efectividad del dibujo para la diagnosis y la terapia. Pero es igual de cierto que a veces vamos más allá de lo convenido. A veces queremos disponer de mucha más información de la que nos da el dibujo, un simple, inocente y, por supuesto, auténtico dibujo infantil.
La publicidad conoce el impacto emocional de los garabatos y los aprovecha sin ningún tipo de mesura. Y en el día del Padre, más. Inducen a la sonrisa y puede que a la lágrima, alguna lagrimita conmovida ante el amor filial traducido en vida, curiosidad, tranquilidad o inconsciente. Es decir, en rojo, amarillo, azul o negro. La gran aportación del aparato consumista es una pegunta que no tiene pérdida: "Puestos a impactar al comprador con el trazo de la pureza, ¿por qué demonios tenemos que recurrir a un niño que no sabe dibujar para dibujar como lo hacen los niños?". Se saltan el paso intermedio, el del niño dibujando, y pasan directamente al adulto que es capaz de dibujar como él, que para eso cobra. De esta manera, no es necesario pedir al niño que se adapte al mensaje, sino que es el mensaje el que llega como si fuera de veras infantil.
Una agencia de viajes propone que la familia entera celebre el día del Padre ( "te lo están pidiendo") con un fin de semana a lo grande. En el dibujo está "yo" (que es el supuesto dibujante), la hermana de "yo", y la mamá y el papá de ambos, lo suficientemente correctos (mamá con falda; papá con corbata) para que sean percibidos como una familia del montón. ¿Dibujó un niño de verdad esa familia? Creo que no. Sería un detalle que ese anónimo "yo" tuviera nombre, pero el problema es que no existe. Pasa igual con un anuncio radicalmente distinto, el que publicó la Diputación de Barcelona el pasado 8 de marzo. El padre de María y la madre de María son oficinistas y trabajan, los dos, cada día, de ocho a cinco. María es la supuesta dibujante, que ve al papá con americana y maleta, y a la mama con escoba y sartén con huevo frito. ¿Existe la tal María? ¿Dibujaría de veras así a sus progenitores? ¿Dónde quedan la ingenuidad y la autenticidad? ¿Es necesario siempre recurrir a la trampa para parecer sinceros?
