LA ARTICULISTA CRITICA LAS DESCALIFICACIONES DE EDUARDO ZAPLANA A LA VICEPRESIDENTA DEL GOBIERNO, PERO TAMBIEN SE MUESTRA CONTRARIA AL PLANTE REALIZADO EN EL CONGRESO POR LAS MUJERES SOCIALISTAS Y DE IZQUIERDA UNIDA QUE CAYERON EN LA PROVOCACION

Hoy celebramos la festividad de San José y, con ella, la figura del padre adquiere un protagonismo en muchas familias, con mayor o menor incidencia comercial. En todo caso, y desde el punto de vista de la reflexión política, podríamos aprovechar esta celebración para cerrar el círculo iniciado el pasado 8 de marzo, con la conmemoración del Día Internacional de la Mujer. En efecto, considero conveniente reclamar que, más allá del recurso fácil y rentable a discursos políticamente correctos, se trabaje de una manera efectiva, y no simplemente efectista, para un mejor acomodo de hombres y mujeres en una sociedad que pretendemos moderna, equitativa y avanzada. Ciertamente, en este empeño tendremos de trabajar arduo por mejorar la condición de las mujeres, en nuestro país y en el resto del mundo. Queda mucho trecho por cubrir en la lucha contrarreloj por unos entornos seguros para mujeres y niñas, en los que quede plenamente erradicada la violencia de género; o en el proyecto -de todos y todas- de propiciar un acceso equitativo de las mujeres a la vida pública, al poder y a la empresa. De hecho, hay diversos techos de cristal que impiden que muchas mujeres se desarrollen plenamente, que les condenan a una situación subalterna de la que resulta difícil salir.
Pero no podemos olvidar que los hombres tampoco están a resguardo de la incertidumbre. A ello han contribuido la propia revolución cultural que estamos viviendo, y que ha llevado al desmoronamiento de verdades muy consolidadas, o la incidencia de un discurso feminista reivindicativo que, si bien fue necesario, se concebía o interpretaba como un ataque frontal a la condición masculina.Lejos de la confrontación, estamos por la suma. Y, por ello, debemos tener presente que los hombres no tienen problema de techos de cristal, pero sí de suelos inestables. La convivencia entre mujeres y hombres reclama, precisamente, que nos fijemos en este segundo aspecto. Y que dediquemos empeño e imaginación para instaurar verdaderas políticas de conciliación de la vida familiar con la personal y profesional, así como de gestión más creativa del tiempo, con el objeto de que éste deje de ser una fuente de discriminación para las mujeres. Además, hay que favorecer una paternidad responsable y socialmente valorada, así como procurar que se acepte culturalmente un acceso normalizado de los hombres a la sensibilidad y a la realización personal en el entorno privado, del que tradicionalmente se les ha excluido.

Podríamos dedicar a esta cuestión mucho espacio, porque entendemos que una redefinición de cómo acordamos gestionar nuestro tiempo es una opción básica para el progreso material y espiritual de la sociedad. Sin embargo, la actualidad política lleva a resaltar un incidente parlamentario del pasado miércoles que ha sido amplificado mediáticamente, pero sobre el que necesito posicionarme, porque, más allá del ruido, resulta especialmente nocivo. Se trata de las palabras que el conservador Eduardo Zaplana, a quien no puede achacarse inexperiencia política, perpetró contra la vicepresidenta del Gobierno. No discuto si fueron motivadas por planteamientos machistas (nos equivocaríamos si nos quedásemos aquí), pero lo lamentable es, sin duda, que se recurriera a la descalificación personal.

No es un buen servicio a la democracia caer tan bajo, y menos en sede parlamentaria. Creo que, de una vez por todas, deben recapacitar aquellos que basan su estrategia de oposición en la bronca, en el ataque visceral, en la descalificación metódica, en la desproporción. Pero también reclamaría de las diputadas de la izquierda cierta reflexión: me pregunto si, cayendo -como cayeron- en la provocación, contribuyen a la causa de las mujeres o, por el contrario, la condenan al terreno peligroso del folklore y del exabrupto, distrayéndose de lo esencial. ¿Tienen sentido los plantes, cuando la democracia nos ofrece un arma certera: la palabra, con toda su contundencia? En caso afirmativo, ¿por qué no los han protagonizado cuando se ha insultado a Catalunya y a sus instituciones legítimas, por ejemplo? Quizás sería reclamarles coherencia, y esto es algo escaso entre los 'progresistas', como se empeña en ilustrarnos el tripartito catalán, el cual, en el colmo de la hipocresía, nos ha crucificado por los informes que, hace quince años, encargó el Govern de CiU, pero que no ha dudado en despilfarrar dinero público en informes sobre codornices y sobre la felicidad, por ejemplo, ni en emplear en ello a familiares y allegados. En definitiva, los derechos de hombres y mujeres en una sociedad democrática no pueden estar a merced del mercadeo, los fuegos artificiales y la bronca. Son mucho más importantes: reclaman buenas dosis de mesura y de pedagogía, que, lamentablemente, ciertos diputados no supieron tener ni proyectar públicamente, despistados como estaban entre disfraces y plantes.

Joana Ortega i Alemany es vicepresidenta de Comunicación y portavoz del Comitè de Govern de UDC.