Hace muchos años, recién fallecido mi padre, un antiguo amigo suyo, que se había responsabilizado de un asunto familiar, traicionó la confianza que mi padre había puesto en él y nos dejó con el culo al aire. La primera vez que mi madre se vio delante de tal individuo quiso insultarlo con el calificativo más apropiado. Tras evidentes e ímprobos esfuerzos, luego de dificultades que ya nos hacían pensar no en un ataque agudo de tartamudez sino incluso en una afasia que derivaría en crónica, pues tal fue el interminable lapso de tiempo transcurrido desde el primer intento, hasta la expulsión del primer sonido inteligible, mi madre acabó insultando a aquel individuo llamándole por su apellido. Me explicaré.

Pongamos que haya alguien apellidado Mindundi; pues bien, luego de haber advertido previa y repetidamente que no encontraba ninguna palabra que calificase su conducta y de atravesar la ya citada etapa de balbuceo afásico, mi madre le dijo: "Si la hay: ¡Mindundi! ¡Eres un Mindundi!". En ese momento, toda una saga familiar, toda la leyenda que rodeaba los negocios de aquella familia, de una solvencia económica considerable, pero carente del prestigio social que una mínima solidez ética requiere, quedó al descubierto y lo explicó todo muchísimo mejor que cualquier insulto que hubiese resonado justo, si, pero vulgar y acaso inapropiado, incluso por defecto.

Personas como aquel Mindundi las hubo siempre. Hoy también las hay, como también siguen existiendo palabras que califican hechos y personas con la contundencia necesaria. Pero las cargas semánticas que, con economía de medios y precisión extrema, las dotan de la fuerza que cada ocasión les reclama, han variado sustancialmente.

HACE UNOS días, mi mujer tenía que haber llamado hijoputa a un individuo, a un Mindundi de la vida, de esos que siempre seguirán existiendo y que tan lejanos están de la condición de los hijos de puta, que pueden ser personas tan respetables como cualesquiera otras. Luego de unos breves e intensos intentos, que me recordaron a los de mi madre, mi mujer se pronunció: "¡Es un inmoral, es un inmoral!" y aquello sonó, como una buena definición, con la precisión justa. De haberle llamado hijoputa, como hubiese parecido en un principio ("¡Es un hij..." habían sido los comienzos) le hubiera hecho un favor. ¿Qué pasa con estos tiempos, que todavía son los de mi madre, pero en los que ya son otras las palabras?

Cuando alguien dice de otra persona que es un hijoputa de cuidado, o cuando directamente le decimos a alguien "menudo hijoputa estás tu hecho", estamos aludiendo a que, cuidado, esa persona dispone de unos valores que habrá que tener en cuenta pues son de los virtualmente necesarios para conducirse en sociedad. ¿Vivimos entonces en un medio en el que la hijoputada es moneda de cambio habitual que cotiza al alza? Ser un hijoputa se nos ha vuelto algo positivo. ¿O no? Es de temer que sí, que en ésas y no en otras sean en las que estemos. El problema consistirá ahora en saber si el ciclo está en sus comienzos o próximo ya a que celebremos sus exequias.

Los tiempos van y vienen, se llevan unas cosas, nos traen otras, y todo se sucede con una secuencia de robo y devolución, de devolución y robo, en la que lo robado y lo devuelto se reduce siempre a lo mismo, pues sigue siendo cierta la sentencia del clásico que avisa que nunca hay nada nuevo bajo el sol. Habrá pues quien piense que se anuncia una etapa de moralidad exacerbada, quien que se tema una de hijoputez extrema y delirante. ¿Cuál es la consideración justa?

El otro día cuando "inmoral" sonó como un latigazo en vez del hijoputa que nos hubiese obligado, más que obligado, inducido a pensar en algún valor positivo del individuo en cuestión e, incluso, a reaccionar con cierta y oculta simpatía hacia alguien que acabase de ser así calificado, el adjetivo inmoral me retrajo a tiempos idos, a la literatura correspondiente a etapas históricas muy lejanas, a un sistema de valores que hoy, con toda evidencia, no resultaría "operativo". ¿Qué sucede?

SUCEDE, probablemente, que durante otro tiempo, quizá el que fue de mi infancia a mi primera madurez, fueron tantos los moralistas, tanta la moralidad administrada que la palabra y el concepto salieron lo suficientemente mal parados como para que, durante décadas, desconfiásemos de quien hiciese el más mínimo uso de cualquiera de ellas. Todavía dura. Son los herederos de aquellas gentes más que de presunta, de supuesta moralidad extrema, los que aún se siguen arrogando el término y disfrutándolo. Por eso convendría ir rescatándolo de sus manos. No deberemos llamarles Mindundis a los hijoputas. Quizá simplemente haya que llamarles inmorales, restándole los valores que determinadas acepciones les hayan ido incorporando. Solo así la moralidad reinante podrá ser la pretendida.