La última vez que le vi llorar en serio fue cuando se murió su madre, doña María. Esto no quiere decir que el Rey no llore sino tan sólo que yo lo veo poco; me cuentan que últimamente anda con la lágrima fácil. Pero es que lo del otro día fue una puñalada trapera que nos atizaron a todos sin anestesia, sin compasión y sobre todo sin avisar.
Auditorio Nacional, concierto homenaje a las víctimas de los atentados terroristas de Madrid y Londres. Philharmonia Orchestra, una de las más fiables formaciones del mundo. A la batuta, una chica: la joven vasca Inma Shara, lo cual no deja de ser sorprendente porque el mundo de la dirección orquestal de primer nivel sigue siendo el mismo de siempre: un coto exclusivo al que poquísimas veces se deja entrar, por ejemplo, a mujeres o a personas de raza negra. Miren las listas si no lo creen.
Estaba todo el mundo. El Rey, la Reina, el presidente Zapatero con su esposa, medio Gobierno, Mariano Rajoy con otros dirigentes del Partido Popular, representantes de Isabel II de Inglaterra, medio Cuerpo Diplomático. El Auditorio, hasta arriba… salvo esas ominosas sillas vacías en los mejores lugares, ya saben, las entradas que la organización regala a muchas autoridades que luego se quedan en casa viendo Salsa rosa, que es lo que de verdad les gusta.
Yo tenía, por primera vez en casi veinte años, entrada “de coro”, esto es, que estaba sentado detrás de la orquesta. Esto tiene el inconveniente de que acabas tarumba perdido por culpa de la percusión y de los metales, que están ahí mismo, a dos metros, y el sonido de las cuerdas llega, muchas veces, como entre nieblas de invierno. Pero tiene la deliciosa ventaja de que le ves la cara va todo el mundo, desde la directora –Inma Shara es de las que dirigen también con la cara; abría una boca tremenda, como hace, por ejemplo, Daniel Harding– hasta el público. Por eso puedo contar lo que voy a contar.
Todo iba bastante bien. Tras las palabras de homenaje y respeto, tras el minuto de silencio con todos en pie, tras una hermosa interpretación del Himno Nacional de España (a un trompa se le fue la pinza y, en el acorde final de Si Bemol Mayor, se fue de cabeza a la tónica, o sea al Si Bemol, en vez de al Fa que tenía escrito; no desafinó, porque la nota estaba en el acorde, claro, pero medio tono más y provoca un incidente diplomático), empezó el programa. Muy bien elegido. A las tres obras les pasaba igual. Tanto la obertura de concierto In the South, de sir Edward Elgar, como el Capricho gitano de Rachmaninov y la irregular Sinfonía escocesa de Mendelssohn comienzan con movimientos lentos en los que puede hallarse un severo dolor, o al menos tristeza, o nostalgia, y luego se van animando hasta terminar de modo majestuoso, brillante y confortador. Un buen mensaje para lo que estábamos conmemorando allí: hay que sufrir el dolor, no hay que olvidarlo, pero sin ignorar que, al final, está la esperanza.
La interpretación fue espléndida, como no podía ser de otro modo con semejante orquesta. Hombre, hay que admitir que a nuestra animosa vasca no es que le hicieran demasiado caso los egregios maestros londinenses. Estoy convencido de que no habían ensayado mucho juntos. Inma se empeñaba en marcar todos los tempi y todas las entradas con denodada paciencia, como si aquella colección de viejos zorros no se supiesen a Elgar (y a los demás) de memoria. Luego tenía algún problema en la mano izquierda: daba la sensación de que, si la estiraba, iba a tropezar con una pared o con algo que le quemase, y rara vez lo hacía. Y luego, claro, hay que decir esto: que es una chica. Es duro, pero también es una verdad como la copa de un pino. La mayoría de las grandes orquestas del mundo (sobre todo las centroeuropeas) adolecen de un machismo que no termina de remitir. No le hacen el mismo caso a Riccardo Muti que a Inma Shara, se ponga ésta como se ponga.
Pero todo fue muy bien. Al final estábamos todos ya tranquilos y contentos cuando, de pronto, sin mediar provocación, Inma regresa al podio y comienza a sonar, de “propina”, el Adagio for Strings del norteamericano Samuel Barber.
Yo me eché las manos a la cara.
Sin duda conocen ustedes esa música, una de las mayores descripciones del dolor que nadie haya escrito jamás. Sonó en las películas Platoon, El hombre elefante, El Norte y seguramente en otras que no conozco o recuerdo. Sonó en los funerales de Gracia de Mónaco y el pobre Rainiero, ante el ataúd de su esposa y oyendo aquello, estuvo a punto de quedarse en el sitio, fulminado por deshidratación.
A nosotros, en el Auditorio, nos pasó lo mismo. Por las altas penumbras de la sala empezaron a cruzar, como fantasmas, las terribles imágenes del 11-M, las del metro de Londres; la sonrisa de José Luis López de La Calle, de Joseba Pagaza, de la masacre de Hipercor, las piernas amputadas de Irene Villa; la cara de buenazo de Miguel Ángel Blanco, las de tantos cientos de personas asesinadas en nombre de una farfolla mental irredentista de la que prefiero no acordarme. A esos recuerdos unía cada cual, sin duda, sus propios dolores personales, y allí fue Troya.
El Rey, aplastado por la terrible música de Barber, tenía los ojos más que húmedos. Y la Reina. Y Zapatero, y Sonsoles, y Toño Alonso, y Saramago, y Espe, y Gallardón. Rajoy cambiaba de posición en el asiento cada seis segundos, daba la sensación de que no encontraba el pañuelo. Todos, o casi todos, estábamos alanceados de parte a parte por aquella música brutal. Yo no había visto jamás que a un director de orquesta, en mitad de la interpretación, se le quebrase el alma y se limpiase las lágrimas con el dorso de la mano que empuñaba la batuta. Eso le pasó a Inma Sharan. Los músicos siguieron solos durante los dos o tres compases en que la chica estuvo bloqueada; luego volvió a tomar el mando. Tampoco había visto yo que uno de los miembros de la orquesta –en este caso, uno de los ocho contrabajistas– dejase de tocar unos segundos para restregarse los ojos con los puños, como hacen los niños cuando sufren.
No se debe hacer eso. En un concierto como este, y tras el triple mensaje de esperanza que envolvían las piezas del programa, no se toca el Adagio de Barber, coño. Eso es una barbaridad sadomasoquista que no se justifica de ninguna manera. A no ser que se pretenda que nadie olvide jamás aquel concierto.
Salimos a la calle arrecidos, con mucho más viento frío por dentro que por fuera. Dormí muy mal, desde luego. Quienquiera que fuese el que tuvo la idea de dar aquella propina, logró su propósito: no creo que nadie olvide fácilmente esa noche.
QUÉ BIEN TOCA “NETO”
Los amigos le llamamos Neto desde que nació y lo llevábamos en brazos. En realidad se llama Adolfo Gutiérrez Arenas y es uno de los mejores violoncelistas jóvenes de Europa (de España, mejor ni hablamos, claro). Tiene a quién salir: su padre es el gran organista Adolfo Gutiérrez Viejo y su madre es la mezzo Lola Arenas, así que comprenderán ustedes que todos les llamásemos la familia Bach.
Como suele suceder en los casos de talentos excepcionales pero sin muchos padrinos en las alturas, a Neto no le hacen mucho caso en España, a pesar de sus excepcionales discos y de que ha tocado numerosas veces la Integral de las Suites para violoncelo de Bach, que viene a ser para un violoncelista lo que la catedral de León es para un estudiante de Arquitectura. Por eso se pasa media vida en Estados Unidos, donde se mueren por sus huesos. Pero el otro día, también en el Auditorio Nacional, tocó Neto. Caramba. Ciclos Musicales de la Comunidad de Madrid, orquesta de la CAM con José Ramón Encinar a la batuta.
Empezó el asunto con Le tombeau de Couperin, de Ravel. Muy bien, muy bonito todo, muy correcto, muy agradable, muy limpito. Aplausos y tal. Luego, claro, salió Neto Gutiérrez Arenas, que es lo que la mayoría del público estaba esperando, y empezaron a sonar las deliciosas Variaciones rococó de Chaikovski, que para la orquesta son coser y cantar pero para el solista es como sentarse en un cojín de pinchos: dificilísimo. Desde el principio me di cuenta de que algo no andaba bien. Neto iba sobrado, como siempre, pero no dejaba de mirar hacia el director con la cara de quien está recordando aquella vieja canción de tuna: “Despierta, mi bien, despierta, / despierta que estás dormido…” Encinar, a lo suyo: iiiún, y dó, y tré, y cuát, tirorí, tiroriro, despacito y buena letra. A Neto se lo llevaban los demonios, pobre hijo. Trataba de tirar de la orquesta, amagaba con escaparse por delante, hacía cuanto podía por imponer a aquello un ritmo más vivo y desde luego más lógico, pero, si es inútil pedirle peras a un olmo, qué decir de pedírselas a un encinar: el hombre llega hasta donde llega y de ahí no es fácil que pase. Y no pasó.
Hubo bravi a mansalva, como es lógico, pero Neto tenía puesta esa cara de viernes santo que tan bien le conocemos los amigos. Luego, ya sí. Luego lo dejaron solo y nos atizó en todos los lomos la Alamanda de la tercera Suite de Bach, y aquello se venía abajo. Le di un abrazo en los camerinos. Sudaba el chiquillo como un pato, firmando autógrafos.
–Enhorabuena, Neto. ¿Qué tal ha ido?
–Pues… Bien, bien.
–Un poco pesante el maestro, ¿no te ha parecido? –le sonreí con todos los dientes.
Ahí Neto me miró arrugando el entrecejo, inspiró hasta llenarse los pulmones, meneó un poco la cabeza y creo que decidió no soltar tacos:
–Pues… Náaa, bien, bien, bien.
Y encima es que es buena persona.
A los lectores norteamericanos de esta página no les digo nada porque, con toda probabilidad, ya conocen de sobras a Adolfo Gutiérrez Arenas, pero sí me permito un consejo para los españoles: sigan ustedes a este excepcional violoncelista. Mientras puedan, porque, como a tantos otros talentos, nos lo van a birlar los norteamericanos. Y bien que harán. Al que seguro que no se llevan es al maestro Encinar…

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