Años ha, cuando era universitario, la Facultad de Filosofía y Letras de Oviedo estaba trufada de grupos políticos. Allí había gente de la Liga Comunista Revolucionaria, con sus dos facciones, de la ORT, del MC, de Bandera Roja, etcétera. Por supuesto, los del PC éramos mayoría, pero la variedad era tan grande que hasta teníamos una compañera que era simpatizante del PSOE; la tratábamos con especial mimo, como «rara avis» que era (los tiempos cambian que es una barbaridad). De lo que quería hablar es de que también teníamos grupos ácratas. El más singular se denominaba «Felicidad Permanente». Como su nombre indica, su ideario se centraba en obtener un estado próximo a la «gracia divina». A ser feliz, en resumen. Estamos en «este valle de lágrimas» para disfrutar, para degustar sucesivas descargas de endorfinas, para el deleite y el placer.
Aquel grupo ácrata se movía con un cierto aire de misterio. Nadie conocía a sus miembros. No se le conocían actividades, solo manifiestos y comunicados en forma de cuartillas pegadas en los pasillos. Ahora pienso que podría tratarse del invento de una única persona. Pero aquella existencia idílica no podía durar; a mitad de curso se produjo una escisión; apareció un grupo alternativo. Se nominó a sí mismo «Felicidad Intermitente». En su manifiesto fundacional explicaba los motivos de fondo: «la felicidad no puede ser permanente, pues se volvería tedio y aburrimiento, debe sufrir altibajos, variaciones en su textura; solo hay felicidad si es intermitente». A mí esto siempre me recordó el cielo de los católicos, o el estado de «gracia divina». Se suponía que era la felicidad absoluta, la beatitud, y consistía en la contemplación eterna de Dios. ¡Menudo aburrimiento! Más que un premio, era un castigo, una eternidad mirando a una persona.
La «Felicidad Permanente» y sus escisiones suponían la apuesta hedonista en un entorno presidido por la rigidez marxista. El estado ideal, al que debía tender el proceso revolucionario, era el «jardín del edén», el paraíso de las huríes. La revolución se confundía con la religión, pero el cielo se trasladaba a la Tierra (cuando esto ocurre, los entes angélicos se manchan de barro y terminan oliéndoles los pies).
Los jóvenes españoles de hoy, nuestros hijos, han retomado el espíritu de la acracia. La Felicidad Permanente se materializa en La Macro Kedada Botellón (todas las cosas sufren un desgaste con el tiempo). El llamamiento de los convocantes reza lo siguiente: «Venga... todos los jovenes a la calle esta noche a reivindicar el derecho al ocio y la diversión al aire libre, donde todo lo que saludablemente se haga, está permitido».
Pues sí, señores, la gente se moviliza y congrega para esto. No lo hace para otras cosas. Lo hace para la diversión más primaria y epidérmica (nunca mejor utilizado el término). Es la clara expresión de que «España va bien», de que somos un país cada vez más próspero y desarrollado. Me explico, la macro-kedada implica capacidad de consumo. Implica la existencia de grandes superficies comerciales donde comprar las ingentes cantidades de alcohol. Implica capacidad para gastar dinero en bebida. Implica un coche para llegar al lugar. Implica también un equipo de sonido en ese coche para «ambientar». El Tanzania no se hacen Macro-Kedadas (salvo que lo hagan los niños europeos, desplazados hasta allí en vuelo-barato de avión). Pero es que solamente aquellas sociedades que tiendan al estatismo se pueden permitir el lujo de derrochar energía en una actividad tan despilfarradora.
Son los ricos, que han tomado las riendas del asunto. ¿O será que no las han soltado nunca? Existe una tesis económica, que puede ser aplicable al resto de categorías sociales: las revoluciones solo las hacen los ricos. Solamente los sectores que disponen de abundantes recursos, están en disposición de arriesgarse afrontando cambios. Cuando una sociedad tiene resueltos sus problemas más perentorios, puede permitirse el lujo de plantear nuevos objetivos, cambios y mutaciones en su estructura. El ejemplo más claro es el Estatuto catalán: una de las regiones más ricas de España quiere variar su organización, para ser más rica aún. Esta tesis es absolutamente contraria a las hipótesis marxistas (las cuales hablan del potencial revolucionario de los desfavorecidos), pero aun así parece funcionar. Un vistazo a la historia lo corrobora.
Todo se parece cada vez más al Imperio romano. Ahora también hay un Imperio del que somos colonia. Ahora también hay ciudadanos de primera, ciudadanos de segunda y esclavos. Los ciudadanos de primera tienden al hedonismo y la degradación. Pan y circo; fútbol y botellón. Los romanos conquistaron las tierras de los astures (guerras cántabras) para controlar las minas de oro, que financiaron el Imperio (cuando éstas decayeron, el Imperio entró en crisis y se derrumbó). Los yanquis han conquistado Irak y Afganistán, tienen gobiernos amigos en la península Arábiga y en breve conquistarán Irán. Del petróleo depende nuestro Imperio, como el romano dependió del oro astur.
La verdad es que no sé qué es eso del botellón. Me asombra que esas cosas puedan convocarse mediante los teléfonos móviles. La verdad es que no me interesa lo más mínimo, me parece una auténtica tontería quedar en un sitio para emborracharse en grupo. No creo que pueda contener nada de divertido. Lo que sí pienso es que se trata de un síntoma de una sociedad enferma de frivolidad. Un sociedad cargada de cinismo y hedonismo. Somos un colectivo dominado por el «todo vale en tanto me reporte beneficio».
Ciertamente estoy un poco viejo (mal que le pese a mi suegra). Continúo respetando a la gente íntegra, a aquellos que saben que las cosas cuestan sacrificios y esfuerzos. Sigo siendo de los que admiran a la hormiga y desprecian a la cigarra. Los viejos anarquistas eran individuos de rígida disciplina moral, de comportamiento ejemplar. Por ello, siempre desconfié de «Felicidad Permanente», de la nueva acracia; tampoco tengo mejor opinión de sus escisiones. La felicidad cuesta, solo se obtiene por la vía del esfuerzo y el trabajo. Desconfíen de los atajos, no existen.
Avelino Alonso es director del Ateneo de La Calzada

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