Primero Julio:
Gavito. Julio Gavito Omaña, sobre el que alguna prensa regional no pudo evitar la tentación amarillista de hacerle objeto de la búsqueda y captura de un celoso fiscal boliviano, en primera página. Asturiano de Caborana, nacido en 1947, estudiante en el Instituto Alfonso II el Casto de Oviedo, carrera universitaria en la Escuela Superior de Minas de Madrid, trotamundos ligado a empresas petroleras por los países árabes, consejero de Industria en uno de los gobiernos de Pedro de Silva, director del grupo Astano, responsable de la famosa factoría Juliana Constructora Gijonesa, y otros muchos cargos directivos que harían esta lista aburrida y cabalística para todos los que no conocemos más mundo empresarial que Electra del Viesgo, Campsa y otra docena de empresas de toda la vida. Finalmente, Julio fichó por Repsol y como alto directivo de la multinacional estuvo en Boston y luego en esta Bolivia de sus pesares, en la que, a pesar de todo, su mujer Inés y él fueron razonablemente felices durante unos años, integrándose en la vida cotidiana del altiplano, cuyo tejido social conocen a la perfección, y del que nos han contado muchas veces sus frustraciones y miserias.
Porque Julín Gavito que, pese a figurar como nacido en Caborana, es un ovetense de reconocido pedigrí (su padre, Julio Gavito, fue uno de los pocos ingenieros españoles que alternaban sus estudios madrileños con las tertulias y la convivencia de la Residencia de Estudiantes. Es decir un ingeniero culto y liberal, como aquellos precursores del siglo XIX que salen en las novelas de Palacio Valdés, Galdós y la Pardo Bazán), Julín Gavito, digo, es un claro exponente del humor y la coña ovetenses, un asturiano que coloca a Asturias por el mundo, justo allí donde él fija su, siempre provisional, lugar de residencia.
O SEA, QUE Julio, el ingeniero Gavito, hace perfectamente compatible la militancia en el bando de San Roque de Llanes desde hace cincuenta años, con la convicción universalista de que nada es menos que nada ni nadie es menos que nadie, y que uno puede vivir muy a gusto a la sombra del Cuera, pero percibiendo también el encanto de las noches desde una base extractiva del golfo arábigo. Allí, en los emiratos árabes, se tiró Julio cinco años, en una estructura petrolífera de perforación marina, rodeado de mar por los cardinales al completo. Y si se aburría se dedicaba a leer. En una carta que me envía desde Dubai, en enero de 1973, escribe: "Llevo en la mar once días. Los días se hacen muy largos. Ya se me terminaron las siete novelas que traje en español, y hace un rato que desistí de leer El amante de Lady Chatterley , no sólo porque me estaba aburriendo, sino porque, tras un desapasionado razonamiento, concluí que era mala. Malas también, aunque quizás necesarias, son las dos novelas de Goytisolo: Las afueras y Fiestas . Tiempo de silencio , tan necesaria como ellas es, sin embargo, buena". Verdad que resulta bastante atípico que un ingeniero de veintiséis años escriba estas cosas?
Pero, en fin, yo en realidad lo que quería decir aquí es que la honorabilidad profesional de Julio Gavito se demostrará en las diligencias judiciales que la justicia boliviana pueda llevar a cabo. No me cabe la menor duda, porque conozco bastante bien a Julio para dudar ni un solo instante de su rectitud moral y de su sentido de la responsabilidad y la ética empresariales, aunque siempre haya algún cretino que se deje llevar por el amarillismo informativo de algunos medios. Y como soy de los que creo firmemente en que las causas justas exigen solidaridad por parte de los que están obligados, por el afecto, a mostrarla (como ha hecho recientemente el periodista Faustino Alvarez, desde estas mismas páginas, con la maltratada figura de Graciano García), quiero dejar constancia ahora mismo de que Julio Gavito Omaña es inocente y de que, si el mundo no se ha vuelto loco, este verano bailará el pericote en la plaza de Parres Sobrino, recordando como un mal sueño lo que hoy vive como una realidad, paradójica e injusta.
Y segundo, Eduardo:
Zaplana, que así se llama el señorito, gracioso, ocurrente y cachondo a más no poder. En la última sesión de control del gobierno, este tarugo de secarral se erigió en el arbiter elegantiarum del Congreso, dirigiéndose despreciativamente a la vicepresidenta Fernández de la Vega, para recriminar su tendencia a disfrazarse en sus viajes por el mundo, ignorando, este ceporro contumaz, que en muchos países africanos invitan a vestirse a sus visitantes con esas ropas como símbolo de hospitalidad. Vaya metedura de gamba, Edu.
Un colega amigo mío de la universidad de Valencia, profesor de Historia Económica por más señas, me aseguró hace unos meses que el metrosexual de secano Zaplana era conocido, cuando ocupó la presidencia de la comunidad valenciana, con el simpático sobrenombre de el follardet , que en castellano viene a traducirse por lo que está usted, querido lector, pensando. El follardet y su querido amigo y compañero de fatigas, el diputado Martínez Pujalte, otro personaje jovial, desprejuiciado y cachondo como Edu, hicieron las delicias de las comidillas ciudadanas, por sus bromas y su afición a los placeres de la vida. Jesús, Jesús, qué cabaña.
Julio y Eduardo. Una persona y un personaje. Dos paradojas. Ni uno ni otro deberían estar donde están.
Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de Literatura en la Universidad de Oviedo.

Escribe un comentario